Un español cumplido

Esperó dulcemente a la muerte dibujando. Porque dibujar no era para él un oficio sino su vida. Y vino la muerte a su encuentro diciéndole, como al Comendador Manrique, «¡buen caballero!»: que buen caballero era Antonio Mingote. Aragonés de Daroca, de Calatayud, de Teruel, aunque nacido en Cataluña, fue un niño feliz que pudo ir para músico, como su padre —dos veces Premio Nacional—. Pero a él le tiraban el dibujo y la escritura.

Cuando tenía 17 años llegó la guerra y, nieto de carlistas, derivó en requeté. Dos imágenes de entonces anticipan su retrato moral. Teruel había sido tomada por los republicanos y reconquistada por el llamado bando nacional. Antonio contaba cómo en medio de las ruinas —todo era ruina— se vio allí solo en la calle, literalmente solo, con tres o cuatro personas que miraban desorientadas. Sentirse un «hombre solo» en el centro del absurdo lo convirtió para siempre en un filósofo de la escuela machadiana de Juan de Mairena. Ya hacia el final de la contienda, llegó con las tropas a las puertas de Barcelona. Se detuvieron en el Tibidabo porque la orden era entrar en la ciudad al día siguiente. Pero a él le urgía abrazar a su familia que estaba allí abajo. Pidió permiso al capitán, que le preguntó si estaba loco. Loco no, pero era aragonés. Tanto porfió, que el capitán le dijo: «Hágalo, si quiere, pero sin que yo lo sepa». Y él, acompañado de su asistente, empezó a caminar, erguido y con aire marcial, solo, calle Muntaner abajo hasta la casa de sus padres. Así tomó Barcelona. Y así la devolvió, porque una vecina le dijo que se habían ido a Sitges, y él, con su asistente, volvió a donde estaba su unidad.

Terminada la guerra y convertido ya en capitán —más tarde le darían el sable honorífico de general—, combinaba sus clases en la Academia de suboficiales, donde explicaba la teoría y práctica del mortero —lo que, según sus discípulos, hacía muy bien—, con las demoradas tertulias del Café Varela, del Gijón, del Comercial y del Maraca (Madrid era entonces un café, y las tertulias, su vida). Allí convivió con poetas, artistas y humoristas. Entre estos últimos, con los herederos de la que suele llamarse «la otra generación del 27». La lista de sus devociones era muy larga: Miura, Tono, Edgar Neville, Wenceslao Fernández Flórez, Jardiel Poncela, Álvaro de la Iglesia, López Rubio…

La verdad es que él tenía entronizados en su altar privado a Vallé Inclán, por sus esperpentos; a Juan Ramón Jiménez, por su lirismo, y a Ramón Gómez de la Serna, que fue quien le enseñó que el arte nuevo consiste en quitar la máscara de la realidad; y que para ello hace falta saber mirar. Empezó Antonio a colaborar en La Codorniz. Su dibujo, inicialmente realista, se hizo enseguida picassiano —Picasso proclamó a Mingote gran dibujante— y, pronto, ese lápiz que escribe lo que dibuja empezó a crear la comedia humana española y, más allá de ella, la danza universal de la vida. Él explicaba que «el humor verdadero es aquel en el que el humorista se toma a sí mismo como objeto de meditación y análisis». De hecho, cuánto Mingote hay en los dibujos de Mingote. Y de esa convicción y de esa práctica de examinarse en el espejo, brota su humildad. A ello añadía una convicción radical: «La estupidez es el mal». De ahí que Mingote haya sido el maestro del sentido común, con aversión a todas las tonterías políticas o sociales. Animado por un compromiso ético —«el verdadero humor es el que pone en su sitio el dolor, la miseria, el desamor, el que comprende todo eso»—, el filósofo machadiano se fue haciendo de ese modo cervantino.

Con la época en que le tocó y nos tocó vivir, nada tiene de extraño que Antonio confesara: «Yo tengo que esforzarme muchas veces para no regalarle mi lápiz a un pobre y echarme a llorar». Pero los pobres de sus dibujos están llenos de dignidad en su miseria, lo que nos hace verlos como superiores a nosotros. Si ensanchamos, sin embargo, la mirada y recordamos la inmensa galería de personajes de esa comedia humana española, de esa danza universal de la vida —en realidad, de la muerte— en la que Mingote ha ido suprimiendo máscaras y borrando oropeles, comprobamos que la revisión no nos deja un regusto amargo. Porque al fondo, en el trasluz del conjunto de su obra descubrimos una afirmación del orden del mundo a pesar del absurdo. A medida que han ido pasando los años, en los últimos actos de esa comedia española, justo los que corresponden a nuestros días, Antonio Mingote vio algo positivo, y es que nos damos cuenta de las cosas, de dónde están los problemas, y eso puede ser el comienzo de una superación.

Dibujante y escritor, Antonio Mingote nos deja obras literarias estupendas. Pienso en Las paredes de cartón, una novela que toca todos los palos —imaginación, reflexión, sentimentalismo, humor— y que a Antonio le costó muchas lágrimas. Resulta que se enamoró perdidamente de la protagonista —Isla se llamaba—, a la que la novela llevaba de manera inexorable hacia la muerte, contra su voluntad… Y venga a llorar (porque Antonio era un sentimental). Pienso, sobre todo, en Hombre solo, donde, partiendo de un personaje solitario en un dibujo de humor mudo, construye lo que ha sido llamado con acierto un prodigio de «humanismo metafísico». Todo ello —me importa subrayarlo— en un castellano terso, limpio, espontáneo, con sabor a pueblo; en suma, cervantino.

Mis compañeros de la Real Academia Española no me perdonarían que callara que él ha sido el más querido y respetado. Llegaba todos los jueves y se aislaba, antes de las sesiones, en su sillón de la sala de plenos. Abría el Diccionario, tomaba notas y empezaba a dibujar. «Este libro es una mina de oro», me dijo un día. Austero de palabra, se constituyó para todos nosotros en un referente definitivo de autoridad. Y, a mayor abundancia, cuando lo hicimos tesorero —déjame contarlo, Antonio— nos dio las más regocijantes y efímeras alegrías. Al rendir cuentas al fin de año, leía los papeles que los auditores habían preparado… en euros. Y, con toda tranquilidad, decía, por ejemplo: «En esta partida hay —¡menos mal!— un pequeño superávit de tres millones doscientos cincuenta mil euros». Y nosotros: «¡Oh!…». «¡Ah!, no —precisaba él—, tres mil, digo doscientos cincuenta… ya no sé si pesetas o euros o rupias…».

ABC era su casa. Umbral dijo que ABC era Mingote y la grapa (Antonio le dio las gracias en nombre de la grapa). En los ojos de los lectores de ABC tiemblan hoy las líneas del periódico por las lágrimas. La comedia humana española se queda sin su mejor cronista. Ha muerto, «¡buen caballero!», un español cumplido.

Víctor García de la Concha, director honorario de la Real Academia Española.

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