Un ‘ethos’ asimétrico

Por Joaquín Navarro-Valls, periodista, fue portavoz del Vaticano durante las últimas dos décadas. Traducción del italiano de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 10/11/06):

De los acontecimientos políticos internacionales de este otoño, las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos, celebradas el pasado martes, han sido uno de los más importantes. El enfrentamiento electoral se ha centrado hasta el último momento en la política del Gobierno, convirtiéndose en el tema estrella de la campaña electoral. Ante ello, la estrategia de los republicanos ha sido la de insistir en acusaciones de carácter ético contra los candidatos antagonistas, denunciando actitudes personales y formas de vida consideradas como opuestas a los sentimientos más profundos del pueblo norteamericano. Incluso la embarazosa situación suscitada por Kerry, debido a una ocurrencia irónica acerca de la guerra, puso en evidencia ese contraste de valores presente en la sociedad norteamericana: por un lado, los valores militares de defensa de la libertad y, por otro, el resto de los valores irrenunciables del ethos nacional.

El tema central de discusión de la campaña ha sido, como era lógico, la valoración de la guerra de Irak. En efecto, tras un primer periodo de amplio acuerdo sobre la política de Bush, después del 11 de septiembre, el consenso de la opinión pública ha ido descendiendo progresivamente. Y es que en la opinión pública norteamericana ha ido cuajando, en los últimos meses sobre todo, un juicio globalmente negativo sobre la política llevada a cabo por el Gobierno. Ya casi nadie está dispuesto, prácticamente, a negar que se trata de una auténtica catástrofe. Se discute, en todo caso, acerca de las modalidades y los plazos para abandonar definitivamente los compromisos adquiridos.

Pero está claro que hablar de la guerra en Irak como de “fracaso catastrófico” no es un juicio ético sobre la propia guerra, sino que se trata si acaso de una valoración geopolítica o simplemente militar. La cuestión plantea una pregunta inevitable, sin respuesta en ámbito puramente táctico: ¿es realmente posible separar de manera total el juicio sobre estos acontecimientos de los presupuestos de un ethos invocado continuamente en otros campos? No hay más que pensar en el desconcertante hecho de que un republicano tal vez reconozca de buena gana la derrota ética que se deriva de la relativización de la familia o del uso de células estaminales de embriones para la investigación, pero no estará tan fácilmente dispuesto a reconocer los aspectos éticos implícitos en la decisión de iniciar esa guerra y en las desgarradoras consecuencias que ésta sigue provocando. Es más, para algunos “teocon”, apoyar la guerra es en sí mismo una cuestión ética situada en un nivel muy superior respecto a la defensa del ambiente o a la construcción de escuelas en el Tercer Mundo.

El problema central es que la cuestión de la paz no puede ser considerada como un tema secundario desde el punto de vista de los valores. No es posible, en efecto, defender que existan instancias éticas que justifiquen intervenciones militares que acarreen muerte y destrucción de vidas humanas, excepto en circunstancias muy precisas determinadas por el propio ethos. Esas circunstancias no concurrían en el momento en el que se tomó la decisión de dar comienzo a la guerra de Irak y el devenir del conflicto lo puso ulteriormente en clara evidencia.

La paz es el fundamento y el fin hacia el que debe tender una política auténticamente consecuente con el derecho. Y no puede ser sacrificada ante otras reglas o intereses. Incluso un jurista clásico como Grocio, que tan a fondo reflexionó acerca de los aspectos ineluctables de la guerra, nunca dejó de reconocer que el fin de la política debe ser la paz entre los hombres. Tales principios no pierden nunca su valor ético por más que resulte difícil mantenerlos. En tal sentido, resulta obvio que para los conservadores ha sido muy importante poner de relieve los aspectos éticos más lábiles de la oposición, que son valorados como parte de una visión de la vida escindida de la ética. Pero también ha de ponerse de relieve que la decisión de empezar una guerra no está justificada sin que sólidas consideraciones éticas, más que aconsejarla, la hagan éticamente obligada.

La pugna entre republicanos y demócratas ha permitido extraer de problemas éticos de este tipo significativas conclusiones de carácter aplicativo. Los argumentos contrarios a ciertos métodos de investigación esgrimidos por los conservadores tienden precisamente a resaltar los aspectos éticamente intolerables de las posiciones contrarias, mientras que los demócratas ven en esas técnicas de experimentación un claro progreso de la libertad y de la civilización. La importancia de este debate ético nos resulta particularmente evidente si recordamos hechos como, por ejemplo, la pérdida de consenso que sufrió el candidato demócrata James Webb en Virginia a causa de ciertas tesis, consideradas por los republicanos como “immorales”, presentes en una de sus novelas. Ahora bien, ¿es todo ello éticamente congruente y compatible con la reciente decisión gubernativa de levantar un muro para proteger las fronteras del sur de la inmigración clandestina procedente de México?

Por otra parte, observando el contenido de las propuestas de la oposición demócrata se aprecia claramente cómo ésta es portadora de un ethos propio. En este sentido, el reciente caso de Missouri aclara perfectamente la situación. Es evidente, en efecto, que la defensa de la salud, del derecho público a la educación, del salario mínimo, de un ambiente respetuoso con la ecología son elementos éticamente decisivos para una propuesta progresista atenta a las cuestiones de los derechos civiles.

En definitiva, debe reconocerse que la contraposición entre las dos formaciones ha adquirido en su conjunto el tono de un choque ético entre dos visiones del mundo, animando la lucha política de los partidos y los candidatos en liza, y debe reconocerse también que el carácter casi perfectamente bipolar de la política norteamericana ha transformado la decisión electoral de los ciudadanos en una elección entre modelos alternativos. Un ethos es auténticamente tal, con todo, cuando es capaz de conformar una visión completa de la vida, pues en caso contrario pierde toda credibilidad. Un ethos asimétrico, sectario carece de racionalidad. Una visión ética sectorializada, planteada como a manchas de leopardo, se asemeja a una persona que sólo dice la verdad de vez en cuando y pretende ser creído siempre. Un valor ético no puede ser utilizado contra otro, de la misma forma que no puede destruirse la vida para defender la vida.

Aristóteles, en su Ética Nicomaquea, nos enseñó que las fuerzas -pero no los principios- que concurren para promover y conservar la vida son las mismas que pueden destruirla. Todo depende de los criterios que se adopten y de las acciones que de ello se deriven. Ello ocurre precisamente porque esos criterios constituyen el ethos para el hombre, pues o éste es congruente en su totalidad o se carece de él.

¿Puede justificarse moralmente la guerra y, desde esa misma posición ética, defender un programa de tutela de la vida o sostener la estabilidad de la familia? Creo que es ésa la auténtica cuestión crucial que ha de resolverse.

El ethos que propende hacia la guerra debería ser el mismo que propenda hacia la búsqueda de la paz, y el de quien defiende la vida debería ser el mismo de quien defiende el derecho a la vida de los enfermos incurables. No es casual que el jurista alemán Kelsen haya afirmado que “el sentido más hondo de la democracia es que cada uno desee la libertad no sólo para sí mismo, sino también para los demás”. Y ello sólo será posible dentro de un ethos en el que todas las personas y, sobre todo, todos los aspectos de la vida encuentren cabida en un sistema coherente.

En el fondo, a Hobbes no le faltaba razón cuando sostenía que el verdadero presupuesto de la guerra es la unilateralidad y la parcialidad de los puntos de vista, porque ello lleva a contraponer un interés parcial a otro, desconociendo el ethos común. Y sin una mirada a los aspectos fundamentales comunes para todos se destruye la validez ética de cuanto viene propuesto por cada uno. ¿Cómo no ver en ello un elemento de disolución que amenaza la propia política? De ahí que la inseparabilidad de todos los problemas actuales de la sociedad, unida a las dificultades de afrontarlos todos a la vez, sin incoherencias exasperadas, sea precisamente lo que está inmovilizando las decisiones políticas, y no solamente las americanas. La propia Europa se encuentra dividida por análogas cuestiones de coherencia.

Buscar la perspectiva del bien de todos y para todo se revela, en definitiva, como un itinerario siempre difícil pero también como el único realmente válido, precisamente porque, como sostenía Pieper, el todo nunca es solamente la suma de las partes.