Un exlíder de ida y vuelta

Será que la semana venía en clave de teatro del absurdo o simplemente que requería desembocar en algún tipo de cuento de Navidad. Pero tan pronto como supe el martes que Aznar renunciaba a la presidencia de honor del PP, en el contexto de su escalada contra las políticas de Rajoy, me acordé de la función, basada en una de las obras clave de Jardiel Poncela –Un marido de ida y vuelta– que había visto el domingo en el María Guerrero.

No faltarán lectores que lo achaquen a mi tendencia a mirar cualquier creación artística con los anteojos de la actualidad. Ante ellos invoco, de entrada, dos textos de Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional y artífice directo del propio montaje de Jardiel, un escritor de ida y vuelta.

Se trata, por un lado, de tres líneas en el resumen de la función que cualquiera puede consultar. Se refieren al momento clave de la trama en el inicio del segundo acto: “El fantasma de Pepe, disfrazado de torero, comienza a hacerse visible para pedir cuentas a la familia sobre la promesa incumplida. ¿Recuperará Pepe el amor eterno de Leticia?”.

Es verdad que nadie ha llamado nunca a José María Aznar “Pepe”; que no le gustan los toros; y que tampoco se le conoce ninguna conquista con el nombre de la reina consorte. En realidad no se le conoce ninguna conquista con ningún nombre. Pero todo ello juega a mi favor, según el sentido del humor que bordó Jardiel: lo menos obvio es lo que mejor se entiende.

un-exlider-de-ida-y-vuelta-01¿O acaso, aun sin utilizar el apelativo coloquial, gran parte de la derecha no sigue sintiendo a Aznar como el Pater Putativus –créanlo o no, de ahí viene lo de Pepe-, que la tradición medieval empleaba para referirse al primer José de la historia, es decir al esposo de María? ¿O acaso ese sector de la sociedad no sigue añorando las vueltas al ruedo de sus tardes triunfales, liderando la oposición o el gobierno frente a felipistas y separatistas? ¿O acaso él mismo no tiene la sensación de que los lazos que le unen con esa España son tan fuertes como los del amor y tan imprescriptibles como la eternidad?

Lo que ni siquiera está en duda es que entre ese sector de votantes del PP ni las elecciones de 2015 ni las elecciones de 2016 han diluido la sensación de que existe una “promesa incumplida” y de que es al “fantasma” de Aznar, en el sentido más blanco de la palabra, a quien le corresponde “pedir cuentas” por ella.

De hecho la segunda cita de Ernesto Caballero alude, involuntariamente, a esas realidades políticas. Pertenece a la entrevista incluida en el programa de mano: “La obra misma es la metáfora de lo irrecuperable… es el desgarro, la historia de amor imposible, el recuerdo, la nostalgia por recuperar lo que ya pasó”. O sea la versión española de ese esplendor en la hierba, de esa gloria en las flores, que prima el recuerdo subjetivo de lo que ocurrió sobre lo que de verdad ocurrió y se resiste a aceptar lo irreversible del devenir humano.

El montaje del Centro Dramático Nacional es “teatro dentro del teatro”, no sólo en el sentido canónico de Pirandello sino en el estrictamente material pues el decorado reproduce a escala la bombonera del propio María Guerrero. Algo así como lo que durante tantos años ha sido la FAES para el PP: un espejo de sí mismo, en el que era imposible partir la imagen reflejada por ninguna cuarta pared.

Con esa tramoya Ernesto Caballero convierte a Jardiel en intérprete de su propia comedia y le coloca en los entreactos en la tesitura de responder tanto de su peripecia vital como de su ambigüedad política. El juego tiene enjundia e ingenio aunque soslaya la fecha del estreno de Un marido de ida y vuelta: ¡octubre del 39! Un dato que produce el doble escalofrío de imaginar el patio de butacas en aquel Madrid de la caza de brujas del primer año triunfal y de constatar la capacidad de abstracción de Jardiel a través de un humor esencialista, tan limpio de coyuntura como para resultar ácrono.

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Cartel de “Un marido de ida y vuelta”, de Jardiel Poncela.

El primer acto se desarrolla durante el baile de disfraces que Pepe y su esposa ofrecen en su domicilio de burgueses bien acomodados. De ahí el atuendo de torero del anfitrión, absurdamente combinado con una frondosa barba. Pronto sabremos que Pepe va a pasar de forma consciente –casi deliberada- a mejor vida y confía en su amigo Paco; pero Paco tiene sus propios planes para quedarse con el santo y la limosna, es decir con todo lo que hay en la casa, viuda incluida. Más o menos lo que se vivió en el verano de 2003 en la Moncloa cuando Aznar entregó el mando in articulo mortis a Rajoy.

El segundo acto tiene lugar dos años después, más o menos cuando comenzaron las desavenencias entre quien se sentía creador y quien rehusaba comportarse como su criatura. Paco se ha casado con Leticia y ejerce de dueño de la casa en plena crisis económica familiar. Entonces empiezan a suceder fenómenos extraños: luces que se apagan y se encienden solas, objetos que cambian incomprensiblemente de sitio, ruidos que perturban la nueva felicidad conyugal. El mosqueo de Paco es monumental. Así debió de sentirse Rajoy durante su primera legislatura cuando percibió que alguien le movía la silla dentro de su propia casa.

La trama alcanza su punto álgido con la aparición de aquel a quien la servidumbre denomina “el espectro del señor”. Sucede que Pepe ha decidido luchar por su legado, embutido en el mismo traje de torero del día que falleció pero ya sin barba y con el aura resplandeciente de los zombies -Jardiel, precursor de tantas cosas- antes de que nadie los inventara.

“El espectro del señor”, un espectro de la Navidad campechano y pinturero, tiene sus buenas razones: Paco es un piernas, la casa no está bien llevada, Leticia no es feliz, hay una “promesa incumplida” en suma. Es lo mismo que viene alegando Aznar desde aquella famosa entrevista con Gloria Lomana en Antena 3 hasta los últimos análisis de FAES: ni las subidas de impuestos, ni los mensajes sobre Cataluña ni la condescendencia hacia el castrismo se corresponden con las expectativas que él mismo depositó en su sucesor.

Tal y como ya advirtió en el Congreso de Valencia, una y otra vez el PP de Rajoy da la sensación de asumir el discurso político del adversario. Y ahora lo hace con la cómoda coartada de la necesidad de pactar. Al “espectro del señor” se lo llevan los demonios porque está convencido de que los votantes del PP merecen una representación más genuina de sus ilusiones e intereses.

Con el tercer acto llegará el desenlace pero antes queda constancia del sentimiento que embarga a todos los habitantes de la mansión: “la angustia ante los problemas que plantea la aparición del espectro del señor”. De puertas afuera los altos cargos de la calle Génova optan por el disimulo pero es inevitable que la procesión vaya por dentro. Sobre todo porque, por muy grande que sea el cabreo de Paco –o de Mariano-, como bien dice una de las doncellas, “al espectro del señor, por más que haga, ya no lo mata”.

No sabemos los términos de la conversación que mantuvieron cuando Aznar le llamó para comunicarle que dejaba la presidencia de honor del partido y quedaba por lo tanto libre de toda atadura para ejercer la crítica, pero seguro que Rajoy tuvo en la cabeza reproches parecidos a los que Paco vierte sobre Pepe al afearle su perfidia: “Yo hubiera sido muy feliz con ella, si tú no te hubieras interpuesto entre los dos. ¡Llevas meses enteros rompiendo cristales y apagando luces y tocando timbres cada vez que ella y yo nos íbamos a decir una palabra amable!”.

Aunque Paco trata de pararle los pies en vano con un categórico “¡Tú ya no existes!”, Pepe gana la partida en el corazón de una Leticia tan voluble como la opinión pública. “Anoche creí que quería a Paco… Hoy me he convencido de que quiero a Pepe… De que también le quise en vida… De que nunca he dejado de quererle…”

Muchos votantes del PP inclinarían de ese mismo lado la balanza si pudieran elegir en igualdad de condiciones; pero en España la vida política sigue secuestrada -como apunta Guillermo Gortázar, en buena medida por culpa del propio Aznar- por las cúpulas de los partidos. Y no digamos si se trata del que sigue en el poder. De ahí el momento de la renuncia a la presidencia de honor: “el espectro del señor” no podía plantear ante el congreso del “espíritu del 12 de febrero” una declaración de amor, que necesariamente debía convertirse en un alegato contra Rajoy, y exponerse a ser rechazado.

Puesto que la función sigue en cartel, no diré, para que nadie me acuse de hacer un spoiler, cómo resuelven Pepe y Leticia, Jardiel y Ernesto Caballero la situación irresoluble; pero si Aznar quiere que sus ideas impregnen de nuevo la acción política del centro derecha sólo tiene dos caminos: dar la batalla orgánica en el PP o fundar un nuevo partido. A lo primero ha renunciado al apartar de sí el mal trago del cáliz del congreso, en lo segundo se autolimita al recordar que mantiene su condición de militante popular.

Por eso Rajoy y los suyos están convencidos de que Aznar vuelve sin poder volver en él porque vive sin vivir en sí y de tal manera espera que muere porque no muere. No faltará incluso en Moncloa quien le aplique el verso de Shakespeare que Pepe chapurrea de modo ininteligible -ah, la sutil ironía de Jardiel- entre las carcajadas del público: “Lillies that fester smell far worse than weeds”.

Sí, es verdad que “los lirios que se pudren huelen mucho peor que las malas hierbas”. Pero precisamente por eso Rajoy debería habérselo pensado dos veces antes de emprender la huida hacia adelante que le encamina a prolongar su tiempo de permanencia al frente del PP de 13 a 17 años y a vulnerar el acuerdo con Ciudadanos que le impide optar a un tercer mandato. Su problema es que de vez en cuando se le viene a la cabeza lo que le dijo Ana Botella en el más desagradable de sus encuentros: “Recuerda que tú también serás un día expresidente”. Pero esto ya es menos navideño.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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