Un fantasma anida en Euskadi

En una conversación reciente, mi interlocutor expresó una idea que comparto plenamente: incluso cuando desaparezca ETA, en la sociedad vasca seguiremos teniendo un problema serio con los esquemas mentales que se nos han hecho habituales, con las formas de pensar condicionadas por la existencia de ETA y acomodadas a ella, por sus planteamientos, por su dominio del lenguaje, por las reacciones, o falta de ellas, que hemos desarrollado ante la experiencia de la violencia y el terror. Todo esto nos acompañará durante mucho tiempo, también cuando desaparezca ETA. Y nos costará mucho conquistar un mínimo de normalidad de pensamiento. Tendremos que aprender a pensar y a hablar de nuevo.

Los términos de la convocatoria para protestar por las detenciones ordenadas por el juez Garzón de miembros del entorno de ETA -aunque parece que algún tipo de convocatoria estaba ya decidida antes de esas detenciones- me han recordado hasta qué punto ese fantasma sigue rondando los recovecos de la sociedad vasca: en defensa de ‘todos’ los derechos de ‘todas’ las personas. Esta frase, este eslogan permite perfectamente calibrar en qué consiste la tragedia que nos acompaña desde hace demasiado tiempo en Euskadi, cuál es la naturaleza de ese fantasma que recorre nuestra sociedad. Porque nuestro problema es la violencia, es el terror, por supuesto. Pero también es la mentalidad de la que ha nacido ese terror, esa violencia, también es la atmósfera de pensamiento y de lenguaje que se ha ido conformando en torno a esa violencia y a ese terror. Y en el eslogan citado aparece perfectamente el núcleo de todo ello.

‘Todos’ los derechos de ‘todas’ las personas. Una frase que aparenta el máximo que se pueda lograr en la defensa de las personas, en defensa del Estado de Derecho, en defensa de los derechos y del derecho. Y esa apariencia la logra por la inclusión del término todos y todas. Construye una frase inatacable. No deja nada fuera. Incluye a todos, sean personas o derechos. Nadie puede estar en contra. Todos debieran estar a favor.

El problema de este eslogan radica, sin embargo, en esa voluntad omniabarcante, en su pretensión de omnipotencia. Porque da a entender que es posible la política sin tener que optar. Porque da a entender que es posible la convivencia en sociedad sin ningún tipo de norma limitante, sin ningún tipo de regulación que obligue, coarte, limite las posibilidades de cada uno de los que actúan en sociedad. Porque da a entender que para los humanos todo es posible. Como lo da a entender otra frase que ha circulado impunemente por los discursos de los políticos nacionalistas: basta con tener voluntad política para arreglar los problemas. No hay más limitación que el querer arreglar los problemas. Y si no se arreglan, no se debe a limitaciones objetivas, de hecho o de derecho, sino a la falta de suficiente voluntad.
Nada se puede oponer a una voluntad suficiente. No puede haber obstáculo alguno, no hay que pensar que los intereses de las personas puedan entrar en colisión. Que incluso los derechos de unas personas puedan entrar en colisión con los derechos de otras. Que el núcleo de la política reside en buscar un equilibrio entre distintos derechos, a sabiendas de que no es posible la satisfacción de todos al mismo tiempo, sin limitación alguna. Un equilibrio guiado por la convicción de que unos pocos derechos -M. Walzer- no están a disposición de ninguna voluntad, por muy soberana que se crea ésta. Y que entre esos derechos está el derecho a la vida.

El fantasma que recorre la política nacionalista, y que a través de ésta infecta toda la política vasca, es el fantasma de la omipotencia, de la idea de que somos dioses, el fantasma de la idea de que los sentimientos lo son todo, que todo reside en poder satisfacer las pretensiones de una subjetividad sin límites, de una subjetividad expansiva, a la que no se pueden poner cortapisas, porque se limita la libertad, el derecho del pueblo.

No es posible satisfacer todos los derechos de todas las personas al mismo tiempo. Y menos si no se quiere entrar a establecer un esquema de prioridades en los derechos. La política no es, como lo formuló algún líder nacionalista de forma muy reveladora, el arte de hacer posible lo imposible, sino, más humilde y humanamente, el arte de lo posible, simplemente. Si se quiere hacer posible lo imposible se puede terminar, o empezar, pensando que existe una violencia capaz de acabar con todas las violencias.

La democracia no es el campo en el que se intenta una y otra vez la conquista de los imposibles, la satisfacción de todos los derechos de todas las personas al mismo tiempo, la cuadratura del círculo, sino que es el espacio de la gestión de las limitaciones necesarias para conseguir libertad para todos los que se prestan a asumir la limitación de su subjetividad, renunciando a toda pretensión absolutista. Pero para el nacionalismo todo es posible, todo debe ser posible. Sólo así se entiende que alguien pueda hablar, refiriéndose a las detenciones de Otegi y compañía, de genocidio: el sentimiento nacionalista es tan grande, la subjetividad nacionalista puede tanto que tiene que abarcar el todo de la sociedad vasca, de forma que no cabe ningún otro sentimiento, ninguna otra subjetividad que no sea la nacionalista. Sólo así pudiera tener algún sentido hablar de genocidio cuando se trata de detenciones de personas que no terminan de desligarse del uso ilegítimo de la violencia.

Pero ello mismo pone a prueba la validez de la frase ‘todos’ los derechos, de ‘todas’ las personas: es un todo que implica necesariamente exclusión, exclusión de todo lo que no sea sentimiento, subjetividad desbordante nacionalista. Sólo así se puede entender que hablen de genocidio aquéllos que no condenan la única violencia que es ilegítima, y que, además, es la única que mata a otros por no ser, sentir y representar de una forma aceptable al pueblo vasco. El ‘bietan jarrai’ de ETA y de su entorno, pues no se puede seguir en ambas cosas si sólo hay ETA y no hay entorno, el entorno es el segundo del ‘bi’, es también manifestación de la misma fe en la omnipotencia: para algunos no puede haber limitación alguna, es posible jugar en el campo antisistema y en el campo del sistema al mismo tiempo. Sencillamente porque poseen la razón nacionalista.

El llamado nacionalismo democrático en tiempos tuvo la sospecha de lo que se encerraba en el recurso a la violencia, de esa manía de omnipotencia que acompaña a la cultura moderna desde la destrucción de los dioses tradicionales, y que con tanta claridad aparece en los hombres del subsuelo de Dostoievski. Y por eso vinculaba la violencia de ETA a sus planteamientos marxistas y revolucionarios.

Pero cometieron el grave error de pasar de ese planteamiento a achacar la violencia y el terror a la existencia del conflicto, del conflicto nacionalista. Y desde entonces andan sin poder desandar el camino marcado por el fantasma: se han dejado contagiar de la pretensión de omnipotencia del nacionalismo revolucionario de ETA, han vinculado su futuro a esa voluntad, y se han pasado al ejercicio del ‘bietan jarrai’: aprobar los Presupuestos del Gobierno central, tratando así de quitar validez de interlocución al Gobierno vasco que ya no controlan, y al mismo tiempo caminar bajo la pancarta del entorno de ETA que dice claramente ‘todos los derechos de todas las personas’. Ejemplo perfecto de la máxima antidemocrática que dice que, para el que quiere con suficiente fuerza, todo es posible, sin límite alguno.
Y tenemos al PNV jugando en el sistema y contra el sistema, facilitando la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, y negando las decisiones de la justicia de ese mismo Estado de la mano del entorno de ETA y de ETA, apoyando sus reclamaciones y su interpretación del genocidio, compartiendo sus sueños fantasmagóricos de omnipotencia.

El nacionalismo tuvo su razón de ser cuando reclamaba el derecho a la diferencia contra tendencias homogeneizadoras que negaban cualquier diferencia. Pero hoy representa lo peor de la cultura moderna, su tendencia a llenar el vacío dejado por la desaparición de cualquier dios del espacio público con los sueños y fantasías de omnipotencia de unas subjetividades para las que sus propios deseos y ensoñaciones se han convertido en la única razón de ser y de actuar. Contra viento y marea. Contra los hechos del pluralismo y los derechos de los que no son como ellos.

Es una enfermedad bien extendida en toda la cultura moderna, frenada con dificultades por la razón democrática que se desarrolla como idea de la limitación y del control de todo poder. Pero dos frases de dos miembros del Gobierno central dan idea de hasta qué punto el sueño de la omnipotencia, de que todo es posible, constituye la enfermedad mortal de la modernidad. Dice Rubalcaba que el PNV apoya en las calles a ETA. Y dice Fernández de la Vega que el PNV actúa con sentido de Estado. Se requiere mucha omnipotencia para conciliar ambas afirmaciones.

Joseba Arregui