Un fantasma recorre España

La tempestad financiera continúa arreciando, con la prima de riesgo coqueteando con los 450 puntos básicos, unos valores desconocidos desde la galerna del pasado verano. ¿Qué ha pasado? ¿No iban las reformas a calmar los mercados? Lo que ha sucedido, simple y llanamente, es que se ha evaporado la tregua que provocó la inundación de dinero del BCE, con sus créditos a la banca a tres años y al módico 1% de interés. Y lo ha hecho porque, de nuevo, hemos perdido el tren y no hemos utilizado la ventana de oportunidad que se nos concedió.

¿Qué ha hecho el Gobierno estos últimos tres meses? Pues intentar pasar la maroma, con una de cal y otra de arena, a la espera de Godot, es decir, de las elecciones andaluzas. Por un lado, rápidas y drásticas medidas, como las modificaciones fiscales de finales de diciembre, la reforma laboral y la financiera. Por el otro, en el ámbito de las finanzas públicas, mirando para otro lado y esperando al resultado andaluz para presentar el presupuesto.

Y no solo esto. El mismo 1 de marzo en que se aprobaba el acuerdo intergubernamental (por el que se cede soberanía fiscal a la UE), el presidente Rajoy alardeaba de soberanía nacional a la hora de fijar el déficit, poniendo en tela de juicio los acuerdos anteriores con la UE. Además, el Gobierno español ha dado la callada por respuesta a las sugerencias europeas de utilizar recursos del fondo de estabilidad europeo para recapitalizar el sistema financiero español. Y, añadiendo desconcierto a la falta de rigor, el Presupuesto presentado hace escasamente 10 días ha tenido que ser corregido deprisa y corriendo, añadiendo un recorte adicional de 10.000 millones.

Este conjunto de actuaciones, o la falta de ellas, apunta a algo más grave que los errores de comunicación. Sugiere una manifiesta incomprensión de la gravedad de la situación actual. El Gobierno leyó incorrectamente la calma que se instauró en los mercados a finales de diciembre, cuando el BCE inyectó casi medio billón de euros a la banca europea. Quizá porque coincidió con su llegada al poder. Craso error. Que la situación era, y es, muy grave lo demuestra tanto la necesidad de una nueva inyección de fondos por el BCE en febrero (esta vez por un importe superior a los 500.000 millones) como la difícil situación italiana de los últimos días. Estamos, otra vez, en la casilla de salida de agosto pasado.

Además, desde el Bundesbank alemán y la Banque de France presionan para que el BCE defina estrategias de reducción de esas masivas inyecciones de liquidez por los problemas que podría generar en los precios de los activos y porque tamañas disponibilidades están permitiendo a una banca descapitalizada evitar los ajustes que debería efectuar.

La progresiva desaparición del efecto placebo que significaron las inyecciones de liquidez del BCE, los tambores de retirada de parte de esas medidas y la falta de rigor y rapidez en la respuesta del Gobierno español definen el escenario que nos ha conducido de nuevo hacia la tempestad. Con un añadido: con cada episodio de crisis se pierde otra porción de autoridad, se debilita la confianza en el país, la ciudadanía desconfía crecientemente de los poderes públicos y la situación deviene cada vez más difícil de controlar.

Estamos donde nos dejó el Gobierno Zapatero. Es decir, jugando peligrosamente con el fuego del final del experimento europeo. La incapacidad de nuestra clase política para visualizar lo que se ventila en esta crisis es, simplemente, pasmosa. Si continuamos con estas tensiones, la moneda única quizá sí pasará a los libros de historia como otro experimento fallido, uno más, de unión europea.

Y frente a las estupideces de los que enredan con la posibilidad de que el euro se rompa, les recomiendo que lean, por ejemplo, la biografía Bismarck: a life, de Jonathan Steinberg, el excelente trabajo de Sean McMeekin sobre los conflictos intraeuropeos The russian origins of the first world war, o para el periodo entre las dos guerras mundiales el de Donald Kagan On the origins of war. Entenderán, o recordarán, lo que puede significar para Europa el fracaso de la moneda única y, con ella, del proyecto europeo. ¿Una Europa de naciones otra vez? No hay nada escrito que lo impida. Y sabemos cuál ha sido, siempre, su resultado.

Las medidas de reforma estructural no van a dar sus frutos más que en el medio y largo plazo. Ahora hay que reparar de inmediato los destrozos en la confianza provocados por la crisis. Hay que situar a España en la senda de la credibilidad. Y solo hay un camino: el del consenso intrapartidario y social. Estamos en estado de excepción económica. Es momento, lo es desde hace años, de dejar aparte las diferencias que nos separan. Es momento de consenso y de unión. Si los políticos de hoy anteponen sus míseros intereses partidistas a la solución de los problemas colectivos, la ciudadanía no se lo perdonará. Y sus hijos y sus nietos, tampoco. Porque es con su futuro con el que están jugando.

Josep Oliver Alonso, catedrático de Economía Aplicada (UAB).

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