Un fiero dálmata

Por José Jiménez Lozano, escritor (02/05/04):

Un día, el Maestro fray Luis de León, que no estaba hecho para seguir el consejo de San Pablo de soportar a los imbéciles, sobre todo si eran gente socialmente empinada, altiva y enredadora, trató de encontrar al menos alguna justificación, a un cierto comportamiento suyo algo encolerizado, trayendo a colación a San Jerónimo, que fue ciertamente un fiero dálmata, como le llamara Lorenzo Riber, porque de Dalmacia era, y fiero ciertamente. Es decir, hombre de feroz cuchilla en los debates intelectuales, con ninguna paciencia con las tonterías, la ignorancia, las falacias, las argucias o maniobras mentales torticeras, las listezas y los compadreos intelectuales, pero, a veces también y mucho más, si los que se le oponían eran inteligentes. Resultaba implacable.

El león con el que Durero, y otros pintores, pintaron a Jerónimo en su apacible estancia de Belén, quiere simbolizar el poder de su inteligencia y su voz en aquellos desiertos, pero, si se le han leído, aunque sólo Dios sabe lo encantador que puede llegar a ser en algunas de sus cartas, y cómo se alza joven e ilusionado en su vejez, no se tiene ninguna duda de que, a este hombre, un león salvaje pudiera servirle de gatito de compañía. Exactamente como la calavera parecía servirle de reloj, y no de horas y ni siquiera de días y años que pasan, sino de generaciones, si es que no veía en ella un mero cachivache; en modo alguno como un Memento mori barroco.

Así que, tampoco nos extrañaría nada que la piedra con la que también se le pinta, golpeándose el pecho, la tuviera en la mano realmente como amenaza dialéctica, porque, desde luego, sus palabras fueron como piedras muchas veces. Era un polemista terrible, y no se ahorró sus cóleras ni contra el poderío de Roma, sin ir más allá. E, incluso cuando Roma cayó, él siguió llamándola Moab, es decir el nombre de la nación que había sido la gran enemiga de Israel, y que, a los ojos de éste, su mismo nombre significaba sentina de maldad, vicio, y corrupción, y todas las otras abominaciones. Y uno no está seguro de sí, en un primer momento por lo menos, no sintió algo parecido a un alivió o satisfacción cuando escribía: ¡Cayó Moab! ¡A los mil ciento sesenta y cuatro años de su fundación, ha caído Moab!;y luego, como no fiándose de sus propias palabras para señalar esa terrible caída y devastación, se las pide prestadas a los Salmos y a Virgilio, en los versos de la Eneida que hablan de la caída de Troya: ¿Quién con palabras podría explicar la calamidad de aquella noche, quién las muertes, o quién podría igualar las lágrimas con los duelos?Y resueltamente escribe también él mismo: Se ha extinguido la clarísima lumbre de las tierras todas; truncada ha sido la cabeza del romano Imperio; en una sola ciudad ha perecido todo el orbe. ¿Qué queda a salvo, fenecida Roma?

Jerónimo estaba, en efecto, en Belén, cuando Roma cayó, y un poema de Stephen Mitchell nos le pinta inclinado sobre su mesa de trabajo y preguntándose cómo la palabra de Dios podría ser encerrada entre las pastas de un libro; y luego escuchando toda la vibrante vida/de Belén que está puertas afuera. Esto es, la vida de la aldea: una carreta de bueyes que pasa, una muchacha peinándose, un niño llorando, la tierra de hojas muertas,y el aroma del pan recién cocido de la panadería de calle abajo. Pero aquel hombre de estudio, allí cerrado, sabía muy bien, naturalmente, lo que ocurría en el mundo, y calculaba mejor que muchos el alcance de lo que ocurría, y el mayor desastre que podía sobrevenir.

Y, de repente, comenzaron a afluir a aquella aldea inmigrantes que habían podido huir de Roma. Muchos habían perecido en los peligros del camino, o habían sido tragados por el mar, y otros, como los que se dirigieron al norte de África, encontrarían un destino tan cruel o más como aquel del que huían; pero, así y todo, bastantes llegaron a Belén, y Jerónimo se quedaba pasmado de que un tal pueblecillo se convirtiese de súbito en el ámbito de acogida y consuelo de los que fueron grandes al caer Roma. Todas las cosas nacidas mueren -escribe-; y envejecen todas las cosas que tuvieron crecimiento. ¿Quién iba a creer que Roma, construida, engrandecida sobre las victorias del universo mundo, se desbaratase y despeñase, y que ella, que fue madre de sus pueblos, fuera también su sepulcro? ¿Quién iba a decir que, día tras día, la santa Belén acogería como mendigos a grandes personajes de uno y otro sexo, que antes chorreaban riquezas?

Porque hasta allí había llegado, entre otras varias docenas de gentes muy altas y antes ricas, y por poner un solo ejemplo, Paula, que era de la estirpe de Agamenón, y de los Paulos y Escipiones; y, naturalmente, también gentes pobres y sencillas, igualadas todas por la misma inmensa desgracia. Pero así son las cosas de la fortuna de los hombres, y el hombre antiguo no se extrañaba demasiado si, como dice Chateubriand de su propio tiempo, se encontraba por las mañanas, al levantarse, en el umbral de su misma puerta, la noticia de que habían caído, unos tras otros y cada día, repúblicas, monarquías e imperios. Y a Jerónimo tampoco le extrañaba como acabamos de ver, pero, además, podía leer en su Biblia que, al fin y al cabo, la Historia es como una perra que vuelve a su vómito. Y debió de ser entonces cuando aquel fiero dálmata dejó de ver en el león de aquella su estancia al gatito de compañía, y escribió: ¿Quién dijo que Roma había fenecido? ¡No, vive aquí Roma, aquí Roma vive, al suave abrigo de Belén! Y le decía en una carta de pésame a su amigo Heliodoro por la muerte de su sobrino Nepotiano: Feliz Nepotiano que no ve estas cosas, feliz él que nos las oye…El orbe romano se derrumba, pero nuestra cerviz erguida no se dobla. ¿Qué ánimo crees tú que pueden tener los Corintios, los Atenienses, los Lacedemonios, los de Acadia y toda Grecia sobre los que imperan los bárbaros?

Un ánimo en pie, erecta cervix, claro estaba. Ni Jerónimo, ni quienes estaban ya bajo los bárbaros o veían el riesgo de caer, eran Átalo, afortunadamente. Esto es, aquella caricatura de emperador romano, hecho, deshecho, rehecho y vuelto a deshacer por el Senado, según el hispanorromano Paulo Orosio, que se presentó ante Alarico con su púrpura y sus insignias imperiales, y el bárbaro se las quitó, y jugó con ellas en medio de gran risa y burla. La decisión de todas esas gentes fue, por el contrario, la de que Roma no sería burlada, y no lo fue; aunque ni noticia de tales cosas tengan, hoy, las generaciones educadas en la ignorancia de esto y de casi todo lo demás; y avezadas incluso en la condescendencia con cualquier cosa, y hasta con la maldad. ¿Una virtud cívica la condescendencia? ¿O juegos de mucha risa, y de gatitos en vez de leones, para divertir a Alarico?

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