Un final decente

La aparente locuacidad que ETA reflejó durante el mes de septiembre, anunciando que tiempo atrás había decidido suspender sus acciones ofensivas y transmitiendo en sucesivas entregas el jactancioso mensaje de que el pueblo vasco está a punto de iniciar una nueva etapa histórica gracias a sus 50 años de “lucha”, se ha convertido en enigmático silencio. La trama terrorista al precer intenta aligerar sus propias contradicciones a cuenta de las expectativas que despierta la presunción de que nos encontramos en vísperas de una nueva declaración de tregua.

Se trata de un movimiento instintivo, más que de una estrategia; porque de esas expectativas depende que ETA pueda convertir su extrema debilidad en fortaleza. La sociedad vasca percibe el problema del terrorismo como un tema ya amortizado.

Lo cual, por un lado, afianza la irreversibilidad del proceso que vive la trama etarra; pero por el otro suscita tal indiferencia respecto a las condiciones que debería reunir su final que acomoda a los terroristas en lo que a todas luces sería la última etapa de su existencia.

La izquierda abertzale lleva algún tiempo pensando, a su manera, en el final de ETA. Pero conviene recordar que, según todas las evidencias, la banda terrorista ni siquiera se ha atrevido a imaginar tal supuesto; sencillamente porque sabe que hacerlo significaría su inmediato final. La izquierda abertzale piensa en una salida a la situación ordenada y ventajosa para sus intereses; algo de lo que creen poder beneficiarse políticamente quienes le acompañan en sus lentos y medidos pasos para volver a la legalidad. La visión que traslucen los partidos e instituciones respecto a ese final coincide con el de la izquierda abertzale en una cosa, en su perfección. Aunque cada cual dibuje el horizonte con anhelos y exigencias distintas. Sería recomendable que partidos e instituciones aprovecharan la espera del dichoso comunicado para abundar en la hipótesis de que en realidad el final sea imperfecto y desordenado.

La lentitud que muestra la izquierda abertzale y la resistencia de ETA a seguir siquiera el ritmo de aquella reflejan un mundo cuya cohesión interna se resquebraja desde el mismo momento en que su matriz histórica, la banda terrorista, pasa de dictar la ejecutoria de lo que hasta hace poco era su brazo político a tener dificultades para frenar a quienes persiguen la legalización mediante el acatamiento de la ley de Partidos.

La renuncia a las armas aparece como una necesidad inexorable para gran parte de las bases de todo ese entramado. Pero a sus dirigentes les resulta muy difícil presentar dicha opción como el inicio de una nueva y triunfante fase política. Es imposible sustituir sin más una vivencia colectiva sectarizada en la espiral violenta por la gestación de una nueva formación política, que no sólo tendría que cumplir formalmente con la ley.

Se vería obligada, además, a modificar sustancialmente los vínculos solidarios que han mantenido unida a la izquierda abertzale por otros tan homologables al resto de las formaciones políticas que inevitablemente suscitarían en sus filas reacciones de desafección, desinterés y desconcierto. La resultante posible era inimaginable para las bases de la izquierda abertzale. De ahí que quienes dirigen su lento movimiento se esfuercen en presentar tan radical metamorfosis como la lógica prolongación de una trayectoria que nunca deplorarán y mucho menos condenarán.

Esta historia no va a terminar bien del todo por su propia naturaleza. Es muy posible que ETA no proclame nunca su desaparición, aunque deje de existir de facto. Es altamente probable que no se cumpla la condición expuesta por las asociaciones de víctimas exigiendo que los etarras condenen su pasado. Nadie debería descartar que la izquierda abertzale regrese a las instituciones sin romper con la banda terrorista y sin que esta se disuelva. De hecho, podría ocurrir en los comicios locales y forales del próximo 22 de mayo. La razonable certeza de que ETA no volverá a matar puede llegar acompañada de la desazón que un final sin final cause respecto a la memoria de las víctimas, del desagrado que provocaría un afán desmedido de la izquierda abertzale por presentarse ganadora, de la incomodidad política que causarían sus pretensiones.

El final no será perfecto. Por eso los partidos democráticos y las instituciones han de esforzarse en que, cuando menos, sea decente. El mínimo exigible para ello es que desde la democracia se combata activamente la cruel reivindicación de los 50 años de historia de ETA y que el final verificado del terrorismo no conduzca a una impunidad retrospectiva en cuanto a las responsabilidades penales contraídas.

Kepa Aulestia

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