Un futuro para el sistema de salud

Se veía venir. Llevamos años reflexionando, y reconociendo en privado, que nuestro sistema sanitario está llegando al colapso como consecuencia de un aumento incesante de la oferta de servicios y también de la demanda. No debemos seguir así. En mi opinión, las decisiones en los próximos meses son absolutamente cruciales para no desvirtuar ni destruir un modelo sanitario que, hasta hoy, es elogiado en todo el mundo. Un modelo en que los ciudadanos saben que ante una enfermedad grave, todos los profesionales y la tecnología médica necesaria estarán a su disposición. Así es y así debe ser en el futuro.

Pero ese modelo viene padeciendo graves carencias económicas y, además, ahora nos piden de forma urgente recortarlo presupuestariamente todavía más. Aceptemos que hay que actuar en términos económicos, sin duda, pero también con serenidad en los aspectos asistenciales.

Hasta ahora las medidas adoptadas se han centrado exclusivamente sobre costes asistenciales, gastos de farmacia y salarios de los profesionales. Creo que las decisiones no pueden quedarse reducidas a ese ámbito y es necesario abordar medidas estructurales. Es hora de que los políticos, de aquí y de allá, expliquen pedagógicamente que forzosamente habrá prestaciones, en ningún caso básicas, que deberán ser excluidas totalmente o en parte, del sistema nacional de salud y asumidas por los ciudadanos. Porque para continuar garantizando el “a todos” debemos limitar “el todo”. Un sistema de salud que cada año requiere incrementos de presupuesto superiores al crecimiento del PIB no es sostenible. Es fácil de entender. Si el país no genera la riqueza suficiente, la Administración no puede aumentar los presupuestos destinados a prestaciones más de la cuenta.

Hemos de afrontar una reestructuración del sistema de salud. Pero debemos hacerlo junto con los profesionales. Hay que darles la palabra. Tenemos unas de las cotas más altas de prestigio asistencial y científico en el país, y este capital humano está en peligro. El clima que hoy se respira en los centros asistenciales así lo constata. Hay que motivarlos a la vez que responsabilizarlos, en base a vincular el desarrollo profesional y de conocimiento a resultados medibles de salud y satisfacción.

¿Todo esto cómo lo desarrollamos? Primero consensuemos cuáles son aquellas líneas rojas de nuestro modelo sanitario, que bajo ningún concepto debemos traspasar. Equidad, acceso a las tecnologías y tratamientos modernos y eficientes, innovación e investigación. En esto que parece un intenso debate, creo que una inmensa mayoría de profesionales y gestores sanitarios está de acuerdo en privado. Después, abramos un debate del conjunto de instituciones de la sociedad. Pero por favor, un debate sereno y amplio de miras. Estoy convencido, que mas allá de algunas excepciones, los ciudadanos comprenderán que para continuar garantizando la equidad y universalidad del sistema nacional de salud, pieza fundamental de cohesión social, así como el acceso a tratamientos de nuevas patologías normalmente más costosos, es preciso revisar prestaciones, que no son ni prioritarias ni eficientes, sino en muchos casos opcionales. Abandonemos la idea de que, cuando la crisis pase, todo volverá a ser como antes. Nada volverá a ser como antes. Nunca se generará suficiente riqueza como para que las prestaciones de los servicios públicos sean infinitas. Hemos de ponderar expectativas legítimas, con realismo, y aceptar que en política económica, por ejemplo, la decisión última ya no está ni tan sólo en manos del Estado. La Unión Europea, el mundo, los mercados nos establecen límites y compromisos.

Decía que ante enfermedades graves, todo debe estar a disposición de los ciudadanos. Esto, lo reitero una vez más, no puede ser puesto en cuestión. Pero el sistema nacional de salud necesita ser ajustado.

Me gustaría equivocarme, pero si no lo tocamos, creo que no tendría capacidad de responder a las nuevas necesidades y tecnologías, iría perdiendo calidad. Si un sistema de salud pierde calidad, dejan de utilizarlo los ciudadanos con posibilidades económicas y sólo lo utilizan los económicamente más débiles. Injusto. Indeseable. Pero posible.

Antes de terminar, un pequeño apunte en relación a la industria farmacéutica. Cuidado con señalarla como la causante principal de la crisis económica del sistema sanitario. Este, aunque pequeño, es un sector estratégico en nuestro país. Ello merece también una reflexión. Deseo, con toda humildad y esperanza, que ante esa situación crítica seamos capaces de salvar el árbol del sistema de salud. Reconozcamos que es necesario podarlo para que brote con nueva vitalidad.

Por Xavier Pomés, médico y ex consejero de Sanidad.

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