Un guión para el Rey

 

Un nuevo guión real se ha visto ondear desde las 9.30 horas del jueves pasado en el Palacio de la Zarzuela. Es el que corresponde a Felipe VI, quien ha querido recuperar el tradicional fondo rojo carmesí –carmesí histórico– de la Monarquía española.

De siempre fueron los estandartes reales de damasco, tela noble de seda con dibujo, de cuerpo entre tafetán y raso, que cruje de una manera característica y solemne, y de color, como decimos, carmesí, purpúreo muy subido, semejante a la rosa castellana, ya de por sí y desde la antigüedad considerado como color del imperium o poder soberano y que se institucionaliza a partir de Felipe II, tras una etapa previa de predominio con alguna indecisión. La seda roja se guarnecía con hilo de Flandes y con una orla de oro.

Felipe V, el inmediato predecesor numérico del actual Rey, lo mantuvo, aunque no hiciera lo mismo con las banderas militares. De Luis I, del que se desconoce otro tipo de manifestación vexilológica, se sabe sin embargo que por R. O. de 3 de febrero de 1724 mandó confeccionar su pendón real destinado a la correspondiente ceremonia de alzarlo en Zaragoza, cuartelado en cruz y en raso carmesí.

Esta situación continuó así hasta que en 1833 se produjo la proclamación de Isabel II, en la que se desplegó y alzó, en lugar del pendón tradicional, otro, en el que las armas reales no se vieron afectadas, pero sí el color del paño, que apareció claramente morado. No había mediado sin embargo disposición legal alguna, pero se alteraba un aspecto fundamental en una bandera moderna: el color.

Esta transformación tan brusca y tan poco justificada (aunque hubiera podido resultar justificable políticamente) ha dado lugar a que algunos autores hayan llegado a pensar en un error oficial más que en una innovación consciente, dada la similitud cromática existente, pues el morado, color compuesto, no es sino rojo mezclado con azul, y el rojo carmesí real es un rojo oscuro, algo morado, siendo confusa también la definición del púrpura histórico. La acción del tiempo, como oxidante natural del color, pudo efectivamente haber tenido que ver, siendo posible que algún estandarte antiguo, utilizado como modelo en la citada proclamación, se hubiese oscurecido hasta presentarse con un tinte parecido al morado.

Las sucesivas cortes isabelinas no se alteraron y probado parece el escaso interés oficial en dar publicidad dentro y fuera de nuestro país a una medida que pudo muy bien ser adoptada en su momento por razones políticas; no debemos olvidar la difícil situación por la que pasaba el Gobierno de la Reina viuda Doña María Cristina, que pudo aconsejar la adopción de un color que ya tenía intencionalidad política, ante la necesidad de unión de todas las fuerzas liberales para el sostenimiento del trono.

Ni el Gobierno provisional, ni el de Amadeo I ni el de la Primera República se atrevieron a tocar de las banderas más que lo obligado y accesorio. La Restauración tampoco lo hizo, pues el estandarte morado tenía ya cierta solera y connotaciones liberales, con las que el propio Alfonso XII afirmaba comulgar, pasando a ser considerado como una significativa variante de la emblemática de la Monarquía. El bando carlista se vio también contagiado por la confusión y la leyenda, y quien para muchos fue Carlos VII tuvo guión personal morado, idéntico al de Alfonso XII.

Para abril de 1931 el color morado era algo más que un capricho revolucionario que afectaría a una bandera nacional que había superado durante más de siglo y medio todos los gobiernos, todas las vicisitudes y todas las alternativas que la época ofreció. Sin embargo y paradójicamente, el estandarte presidencial republicano heredó el color rojo secular de los reyes de España, como también lo hizo el régimen de Francisco Franco, entre 1940 y 1975.

Cuando por decreto de 22 de abril de 1971 se dotó de guión al entonces Príncipe de España, el color tradicional estaba ocupado, aunque con una novedad sorprendente: la Banda Real de Castilla, olvidada desde tiempo de los Austrias. No convenía confundirlo con el del Jefe del Estado, ni a la monarquía sucesora con la histórica, ya que se trataba de una instauración tradicional; por todo ello se decidió que sus armas se colocasen sobre fondo azul. S. M. el Rey Juan Carlos I mantuvo el color azul, de tan escasa tradición entre nosotros.

La Monarquía que encarna Felipe VI, asentada como pocas en hondas raíces que hacen de nuestra nación una potencia cultural e histórica, reconoce con este gesto en su pasado uno de sus principales activos. Una Monarquía tan vieja y tan nueva, tan acorde con su enseña de valor y de coraje heráldicos, con su guión de proyectos y su guión emblemático.

Hugo O’Donnell, duque de Tetúan y miembro de la Real Academia de la Historia.

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