Un hatajo de fachas

Gracias a la clarividencia de algunos de los ministros que por ventura nuestra nos gobiernan, podemos comprender que eso del patriotismo, el amor a España y el respeto a sus símbolos es solamente un espantajo, un señuelo. Lo utilizan los fachas para oponerse a la modernización de nuestro país que, con admirable perseverancia, intentan llevar a cabo las fuerzas progresistas y democráticas. Conviene desenmascarar a esos fachas, poniendo de manifiesto sus errores.

Ya en el siglo XVIII, un ingenuo asturiano rechazó colaborar con el general Sebastiani, que intentaba traer a España las luces del progreso, con esta frase: «Yo no sigo un partido sino la santa causa que sostiene mi patria». En una carta, añadía: «Quien deja de ser amigo de mi patria, deja de serlo mío».

(Jovellanos estuvo preso por el absolutismo en el castillo de Bellver. Para Julián Marías, «es difícil encontrar, en toda la historia de España, una figura de mayor limpieza y mérito»).

Un hatajo de fachasDurante la II República, algún político despistado recurría también a esta retórica patriotera: «Nuestra patria: negar el afecto hacia ella pertenece a una especie de demagogia universalista sin auténticas raíces. Pongo por encima de los interes del Partido Socialista los intereses de España; y, si alguna vez, aunque no lo espero, estuvieran en pugna, yo serviría los intereses de España, sacrificando los intereses del partido». Años después, lejos ya de este país, añadía: «Todos sentimos, en el áspero destierro, además de hambre de justicia, hambre de Patria».

(Indalecio Prieto ocupó varias carteras ministeriales durante la II República. En el exilio, fue presidente del PSOE y falleció en México).

También se han equivocado algunos ilustres juristas, oponiéndose al ansiado y necesario federalismo: «Federar es unir lo que está disperso y ése no es el problema de España».

(Luis Jiménez de Asúa, miembro del PSOE, catedrático de Derecho Penal; durante la guerra, representó a España ante la ONU. Fue vicepresidente de la República en el exilio, llegó a ocupar interinamente la Presidencia. Murió en Argentina).

Son bien conocidos los desvaríos en los que han incurrido ciertos políticos : «No hay más que una nación: ¡España!… Os permito, tolero, admito que no os importe la República pero no, que no os importe España. El sentido de la Patria no es un mito».

(Manuel Azaña fue presidente del Consejo de Ministros y presidente de la República, además de importante escritor. Murió en el exilio francés.

Todavía en época reciente, ha caído en este error algún político que presumía de progresista: «Hay una izquierda boba, una izquierda de salón, una izquierda impostora, que incluso tiene miedo a usar la palabra España. Hay que ser muy tonto».

( Alfonso Guerra ha sido vicepresidente del Gobierno y número dos del PSOE de González).

Si se equivocan esos políticos fachas, igualmente yerran muchos intelectuales de la caverna. Así, un polémico pensador, preso en sus paradojas: «Soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión u oficio». Y, en la sierra de Gredos, añadía: «Aquí, a tu corazón, patria querida, / ¡oh mi España inmortal!».

(Miguel de Unamuno, que iba siempre por libre, tuvo problemas con todos los regímenes que conoció: la monarquía, la dictadura de Primo de Rivera, la República y el naciente franquismo).

También se han equivocado muchos historiadores retrógrados, como el que dijo: «Hay que poner el hombro y sacar a flote España».

(Claudio Sánchez Albornoz fue ministro, en la II República, y presidente de ella, en el exilio. Su obra intenta desentrañar el «enigma histórico» de España. Quiso ser enterrado aquí).

Caen algunos ensayistas en el trasnochado sentimentalismo, como en esta frase: «Amo tanto a España porque la conozco».

(Gregorio Marañón fue de uno de los fundadores de la Agrupación al Servicio de la República).

Otros se refugian en una quimera patriótica: «Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza… /Hombres de España, ni el pasado ha muerto/ni está el mañana ni el ayer escrito».

(Antonio Machado fue defensor de la República y murió en el exilio francés, en Colliure).

No debe sorprendernos que muchos poetas no rebasen el mundo de las emociones primarias: «Yo soy español integral, me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos».

(Federico García Lorca fue fusilado, en Granada, en 1936).

Se ilusionaba algún poeta al leer a Galdós, con una España imaginaria: «Lo real, para tí, no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado».

(Luis Cernuda fue republicano y murió en el exilio, en México).

Llegan algunos a la disparatada metáfora de identificar a España con su madre: «Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra, / con todas las raíces y todos los corajes, / ¿quién me separará. me arrancará de ti, / madre? / Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará, / si su fondo titánico da principio a mi carne? / Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa, / ¡madre!».

(Miguel Hernández, miembro del Partido Comunista, murió en la cárcel de Alicante).

Algunos versos mediocres se han popularizado por haber inspirado una canción: «España, camisa limpia de mi esperanza… /sola y soterraña /y decisiva / patria».

(Blas de Otero se afilió al Partido Comunista, viajó a la URSS y vivió en La Habana).

Llevado de la pasión, un poeta lanza una auténtica soflama patriótica: «España mía, combate / que atormenta mis adentros, / para salvarme y salvarte / con amor te deletreo».

(Gabriel Celaya perteneció toda su vida al Partido Comunista ).

Con estos ejemplos -y muchos más, que sería fácil mencionar- ha quedado clara la cuestión: es la caverna retrógrada la que saca a relucir el patriotismo y el amor a España como un baluarte frente al inexorable avance del progresismo.

Felizmente, el presidente Rodríguez Zapatero iluminó a todos y a todas, ciudadanos y ciudadanas, al definir que el concepto de nación española es algo «discutido y discutible»; sin embargo, algunos obcecados no logran todavía entender qué es una «nación de naciones» (igual que existe un libros de libros y un tonto de tontos). Otra lumbrera, un vicepresidente del Gobierno, ha sentenciado que nuestro himno nacional es una «cutre pachanga fachosa!

No cabe la menor duda: todos esos políticos, pensadores y poetas que han proclamado su patriotismo, su amor a España, eran sólo un hatajo de fachas.

Andrés Amorós es catedrático de literatura.

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