Un himno sin alma

Washington, 20 de enero del año posterior a unas elecciones. Enfrente del Capitolio un nuevo presidente norteamericano jura su cargo. Están presentes el presidente saliente y los miembros de las Cámaras, tanto demócratas como republicanos. Una multitud llena la explanada. La orquesta interpreta el himno de los Estados Unidos; se hace el silencio y todos, el presidente, los congresistas y la multitud, cantan el himno y se llevan la mano al corazón en señal de respeto. Todos, unidos, dan testimonio con sus voces de que son americanos, que aceptan el pasado que los une, y que desean lo mejor para su nación en el futuro.

En París, una fecha cualquiera, una celebración totalmente diferente. Quizás una manifestación contra el propio Gobierno, quizás el regreso de un contingente militar después de una misión de mantenimiento de la paz, quizás las propias movilizaciones de 1968. Una multitud distinta. No les hace falta ni la música. La multitud canta la Marsellesa. Cantan unas estrofas ardientes que hablan de la defensa de la nación. Ahí está Francia.

Roma en un estadio de fútbol. Un ambiente menos trascendente pero también más cercano al ciudadano en estos días. Un partido internacional de fútbol. Salen los jugadores al campo, suenan los himnos. Medio estadio (el otro medio son visitantes extranjeros) canta su himno ahogando el sonido de los altavoces. Todos se unen y desean el triunfo de sus colores. Dan ánimos a sus jugadores.

Aquí y ahora no pretenden estas líneas hacer un sesudo estudio comparativo ni histórico de los diferentes himnos nacionales. Pretenden hacer tan solo unas breves reflexiones sobre el objetivo de la letra de un himno y llevar al lector algunas consideraciones respecto a su interés desde el punto de vista de la sociedad a la que pertenecen.

Puede parecer una perogrullada, y posiblemente lo sea, decir que no hay himno nacional sin música, y que la letra es un complemento de la primera. Es obvio. En cualquier caso, como me comentaba mi amigo Eduardo Zamarripa, ese himno tiene, con letra o sin ella, dos objetivos primarios: unir y entusiasmar. El primero es unir a los ciudadanos presentes en el acto, que escuchan el himno o que se incorporan activamente al mismo al cantarlo. Una señal compartida de identidad nacional. El segundo objetivo, íntimamente ligado al anterior, es hacer vibrar, emocionar. Y hacerlo no de una forma individual sino colectiva. En conjunto, ambos objetivos se concretan en elevar y dar vida a un sentimiento nacional y de unión que va más allá de las ideas y de los partidos políticos, y que quiere llegar a las fibras más íntimas del corazón de los que lo escuchan o cantan.

Oswald Spengler en su «Decadencia de Occidente» analiza las diferentes culturas, y atribuye a cada una en particular unas manifestaciones que expresan y conforman su propia esencia, su propio ser. Entre ellas, es indudable la importancia de la música. Y dentro de la música, con mayor o menor acierto en sus acordes o en sus letras, están los himnos nacionales, que forman también parte de nuestros rasgos culturales.

Ya hemos dicho que los compases de un himno dan una señal de identidad a una colectividad y eleva su espíritu, pero lo hacen de una manera unidireccional: surge la música de los instrumentos que la interpretan y llega a los oídos y al interior de las personas que la escuchan. La única participación posible de los oyentes es precisamente eso, oír; como mucho adoptar una postura de respeto mientras suenan los acordes. Por su parte, la letra de un himno tiene una función similar en cuanto señal de identidad, pero no es una señal que pertenece únicamente a los que interpretan la música sino que permite una postura activa a los que la escuchan, incorporándose a los objetivos de esa expresión musical, manifestando sus sentimientos y dando así un mensaje rotundo de unión y participación. Todos los himnos tienen una historia diferente y unas letras que quieren reflejar un alma colectiva igualmente diferente. Nos hablan de una fuerza, de una voluntad de existir como pueblo, de una energía activa. Encuentran su expresión en la historia común, en los sentimientos actuales, e inyectan, con la fuerza de una descarga de adrenalina, una visión dinámica del futuro.

Nosotros no tenemos letra en nuestro himno, ¿es esto trascendente? Habrá quien piense que no lo es, que basta con la música. Este pensamiento, muy respetable, refleja una visión en cierto modo individualista: cada uno interioriza la música del himno y experimenta los sentimientos que le motiva. En cambio, la letra del himno nos permite participar; no solo escuchar y sentir sino participar. Y, de nuevo, participar es hacer un frente común con los que nos rodean y lo cantan, es «hacer piña», es sentirse unidos y dar testimonio público de ello. No deja de ser curioso que somos el único país del mundo, con San Marino y Bosnia, que no tenemos letra del Himno. Como me volvía a ilustrar Zamarripa, La Marsellesa, quizás el himno por excelencia, fue creación de una noche y, como la mayoría de los lectores sabrán, se compuso como un canto de guerra para el ejército desplegado en Alsacia en la guerra que Francia declaró a Austria en 1792. Apenas un año más tarde fue aceptado con entusiasmo por la población cuando las tropas revolucionarias reclutadas en Marsella desfilaron en París y participaron en el asalto a Las Tullerías, y se fue imponiendo progresivamente hasta que en el 1879 fue declarado himno oficial.

En España, la Marcha Real ha sido el Himno Nacional desde 1770 y luego han existido distintos intentos de dotar le de un texto adecuado sin que haya tenido éxito. Así, Ventura de la Vega en 1843, Marquina en 1927, Pemán en 1928 con adaptación posterior a la Guerra Civil, Juaristi, De Cuenca Linares y Fontes en 2005, para terminar con la de Cubero para el comité Olímpico Español en 2007 y la de Gómez Sedano en 2013. Es importante la letra pero aún más lo es que en cualquier tipo de acontecimiento y especialmente los internacionales no sigamos con el «Chunda Chunda», mirando hacia arriba, sin tener la oportunidad de cantar algo que exprese los sentimientos que nos unen como españoles.

Para que sea oficial el Himno cantado tendría que ser aprobado por el Parlamento y merecería tomar la iniciativa adecuada para que ello se produzca. No podemos seguir siendo mudos los pueblos de España.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea, académico numerario de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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