«Un hosanna sin fin»

«Un hosanna sin fin» es el precioso título del último libro que escribió Jean d’Ormesson y que acaba de editar su hija, Héloïse, en la editorial que dirige. Lo terminó apenas dos días antes de su muerte, fecha en la que entregó el manuscrito -D’Ormesson escribía a mano- a la dactilógrafa encargada de transcribirlo. Por esto, al menos en alguna de sus partes, el libro no ha sido objeto de la maduración e incisiva corrección a la que sometía sus textos. No por ello sus páginas resultan menos bellas: palpita inteligencia y contenida emoción, y está escrito en una prosa sencilla, tersa y poética, por momentos alada.

El libro, que es desde luego un testamento, recuerda esa exquisita y secular costumbre japonesa que consiste en escribir un poema de despedida de la vida (jesei) y que ha producido algunos de los más conmovedores haikus que podemos leer, los llamados haikus de la muerte. El haijin, el escritor de haikus, se despide con entereza de la vida y lega en su breve poema un mensaje a la posteridad. Un mensaje que, en la mejor tradición nipona, evita lo enfático o ampuloso: es más bien un apunte que encierra una reflexión sobre la propia vida y la vida. Como ejemplo, me viene ahora a la memoria el último haiku de Basso, que escribió, creo, cuatro días antes de morir: «De viaje enfermo:/ mi sueño vaga/ por los campos sembrados».

Como corresponde a un escritor en el que Francia, casi unánimemente, ha visto la mejor encarnación de sí misma, el texto de d’Ormesson no es obviamente un haiku sino un breve ensayo, por momentos, de tintes pascalianos. Un ensayo de poco más de un centenar de páginas, que esperamos ver pronto traducido a nuestra lengua.

Jean d’Ormesson ha sido considerado el «escritor de la felicidad», porque en un siglo -el que abarca casi su vida: ha muerto con 93 años- en el que la Literatura se ha regodeado en lo lóbrego y lo sórdido y ha ofrecido, como en ningún otro, una imagen pesimista del ser humano, ha tenido en su obra -treinta y ocho títulos de lo más variado- la osadía de cantar la libertad y la «joie de vivre». Elegante, inteligente, cultísimo, divertido, ingenioso, simpático hasta el punto de parecer y ejercer de frívolo, disfrutaba en los platós de televisión que frecuentó hasta el final. Recomiendo vivamente la visualización de cualquiera de los muchos videos que de sus intervenciones se encuentran en «Youtube» porque son una verdadera gozada. Antiguo director de «Le Figaro», del que asimismo fue una firma asidua, tras su muerte el periódico sacó un suplemento especial sobre su figura con el título «L’esprit français», el espíritu e ingenio francés podríamos mal traducir. En la misma línea, el presidente de la República, François Macron, en el solemne discurso que pronunció en su funeral de Estado, y en el que dijo algo tan hermoso como que lo que Francia tiene de más bello y duradero es su Literatura, señaló que era «superficial a fuer de profundo» y que «parecía nacido para transmitir a los melancólicos el gusto de vivir y a los pesimistas el de la esperanza».

«Un hosanna sin fin» es, su propio título lo indica, un nuevo canto a la vida. «Todo nacimiento -escribe d’Ormesson- es un enigma». «Nuestra vida no nos pertenece. No la hemos querido, ni elegido, ni aceptado incluso. Nos viene dada -o más bien prestada- a la fuerza. Nos ha sido endilgada en usufructo. O quizás impuesta».

Mas «vivir es una ocupación plena. Una experiencia del más vivo interés. Una aventura única. La más lograda de las novelas. A menudo un latazo. Con demasiada frecuencia un sufrimiento» del que nos lamentamos. Pero «por más larga, cruel y miserable que pueda parecer, resulta siempre demasiado corta». Porque, al mismo tiempo, es un «sueño y una delicia». «En la felicidad, en el placer, en el amor, la vida es una bendición…» «Sea como fuere -concluye nuestro autor citando a Goethe-, la vida es bella».

¿Cómo afronta la muerte cercana quien ha visto así la vida? «Gracias a Dios -principia d’Ormesson su libro-, voy a morir». Nuestro autor mira la muerte con serenidad y con lucidez, desde las dudas de su agnosticismo, probablemente en su caso manifestación de humildad. La verdad es que ninguno tenemos «la menor idea de lo que nos espera para siempre» y que la ciencia, pese a su desarrollo prodigioso, tampoco ofrece respuesta a nuestras dudas. El proceso mil milenario de formación del universo, a la espera de la vida, lo fascina y desazona, como lo fascina el misterio del origen de la vida y la evolución humana. ¿Por qué hay algo en lugar de la nada? ¿Por qué después del nacimiento del universo aparece la vida? ¿Qué criterios rigieron la transformación del primate en hombre? -se pregunta-.

«Sobre qué ocurre después de la muerte y sobre nuestro destino de eternidad», la ciencia se muestra impotente: es incapaz de apaciguar nuestra angustia. ¿Lo hará la religión? «Por su fuerza, por su evidencia, la fe es lo contrario de la ignorancia y, sin embargo, se funda en la ignorancia» y por momentos se confunde con el absurdo. «Creer es una gran suerte», la fe una gracia divina que d’Ormesson confiesa no haber recibido. «Yo no sé si Dios existe». «Deseo, con una especie de pasión que exista» y «sustituyo la fe por la esperanza»: «Si esperar que exista es ya creer en Dios, entonces creo en Dios». «Dios tiene todas las apariencias de una ilusión consoladora -se dice más adelante-. Dios es inverosímil pero no mucho más que todos los milagros que hemos visto desfilar ante nuestros ojos abiertos: la gota de agua, el grano de arena, la luz, el tiempo del que no sabemos nada, la historia…».

La última frase del libro, que concluye esta emocionante y sagaz divagación, es la siguiente: «Si alguien ha dejado un rastro deslumbrante en el espíritu de los hombres, ha sido Cristo Jesús».

Se trata de una frase que deja el libro abierto y que de algún modo enlaza con la cita de las «Memorias de ultratumba» -Châteaubriand era el escritor predilecto d’Ormesson del que nos ha dejado una certera biografía- que el título del libro evoca: «No le falta al amor sino que dure para ser a la vez el Edén antes de la caída y el Hosanna sin fin. Haced que la belleza se conserve, que la juventud permanezca, que no se fatigue el corazón, y reproduciréis el cielo».

Francisco Pérez de los Cobos Orihuel es Presidente Emérito del Tribunal Constitucional.

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