Un impulso para la ciencia

En febrero de 1988 echaba a andar el primer Plan Nacional de I+D, dotado con 15.210 millones de pesetas (unos 91 millones de euros) para financiar proyectos dentro de 23 programas iniciales, para un periodo de cuatro años de duración. Aunque el presupuesto se antoja hoy muy modesto, el propio nacimiento del Plan, primogénito de la Ley de la Ciencia aprobada dos años antes, sirvió entonces para sacar la investigación científica y el desarrollo tecnológico de la oscuridad en la que había estado aletargada durante la dictadura y las convulsiones de la Transición, e iniciar un periodo de expansión, en el que se multiplicó la actividad, el número de investigadores y su productividad los dos primeros aproximadamente por cuatro. No fue un desierto reverdecido, porque no se partía de un arenal sino de una sabana salpicada de brillantes ejemplos de esfuerzo y valía personal, pero se consiguió unir esos oasis y formar una red, un sistema, un edificio de cierta solidez y envergadura. Y, sobre todo, se consiguió entusiasmar a quienes creían que el futuro de un país depende, fundamentalmente, de su capacidad de generar conocimiento y de aplicarlo.

Sin duda, puede hablarse de un antes y un después de aquella Ley y de aquel Plan. A pesar de algunos vaivenes, avances y retrocesos con frecuencia ligados a las vicisitudes del ciclo económico, la I+D española marcó durante dos décadas una tendencia de fondo ascendente. No todo lo necesario, teniendo en cuenta que la media europea de porcentaje del PIB dedicado a I+D era en los 90 de 1,8%. La cumbre de Lisboa de 2000 marcó como objetivo de la UE alcanzar el 3% en 2010, pero para España, que apenas acababa de superar el listón del 1%, el propósito era llegar al 2%. En 2009 aún se estaba lejos de esa cifra, al alcanzar el 1,39%. Parecía decepcionante, pero sigue siendo el récord nacional.

Aquella tendencia lenta pero firme de ascenso se truncó con la crisis económica, que se cebó con especial saña con la investigación y erosionó los muros del modesto edificio tan laboriosamente levantado. La nueva Ley de la Ciencia de 2011, que debería haber servido de nuevo impulso, apenas ha podido levantar cabeza hasta ahora. Sirva como ejemplo que el gasto medio por investigador no llega a los 105.000 euros anuales habiendo descendido en más de 6.000 desde 2008 y que el número de personal de apoyo por investigador es de apenas 0,6. Pese a todo, fruto del esfuerzo de las dos décadas precedentes, la ciencia española aún muestra músculo en el ámbito internacional. Según fuentes oficiales, aún hoy supone el 3,2% de la producción científica global y el porcentaje de artículos de excelencia (que están entre el 10% más citados del mundo), pasó del 11,2% en 2005 al 13,4% en 2014. En conjunto, según diferentes fuentes, España se sitúa todavía entre la novena y la undécima posición mundial, y en algunas áreas, como biomedicina, astrofísica y química, entre otras, en puestos mucho más relevantes.

Pero no es tiempo de sacar pecho por la capacidad de nuestros científicos para superar las dificultades ni de lamerse las heridas por el tiempo perdido y el deterioro del sistema. Lo que se demanda ahora es una apuesta decidida por dejar atrás las penurias y enderezar el rumbo para que la española sea una sociedad con futuro, donde el conocimiento, la innovación y el emprendimiento iluminen el camino de un desarrollo sostenido y sostenible. No se puede vivir ad aeternum de la inercia del empuje formidable de los 90 y del primer decenio del presente siglo, hace tres decenios.

También se cumplen ahora 30 años de la institución de los Premios Rey Jaime I, que reconocen la trayectoria de muchos de los científicos e innovadores que han desarrollado la mayor parte de su labor en España y han contribuido a situar la ciencia española en el mapamundi y a mejorar y profesionalizar la empresa española. Con la presencia habitual de numerosos galardonados con el Nobel en sus jurados, estos premios gozan hoy de un enorme prestigio, tanto debido a su elevada dotación económica, 100.000 euros, como a la excelencia de los investigadores y emprendedores premiados a lo largo de todos estos años. Además, vienen a cubrir involuntariamente el vacío dejado por los desaparecidos Premios Nacionales de Investigación, que no se convocan desde el año 2012.

Somos conscientes de que el proceso que lleva de la investigación básica a su repercusión social no se agota en la investigación y el desarrollo, sino que realiza un largo recorrido, aunque a veces, cada vez con más frecuencia, se recorra con enorme rapidez. La I+D+i genera productos novedosos, mejora nuestra salud e impulsa la economía, y permite hacerlo de forma cada vez más respetuosa con nuestro medio ambiente. Por eso, hemos querido reflejar todo ese trayecto premiando seis de sus hitos esenciales: la investigación básica, la investigación médica y clínica, las nuevas tecnologías, la protección ambiental, la economía y el reconocimiento a los emprendedores que llevan a cabo la tarea esencial de implantar los frutos de la investigación en la vida cotidiana. Nuestros premios promueven no solo que el sistema crezca hasta el nivel que tiene en los países más avanzados, sino que lo haga integrando mejor la ciencia en la empresa y viceversa, convencidos de que los dos mundos ganarán mucho más si en lugar de darse la espalda se apoyan mutuamente. Y por eso estamos orgullosos de que en esta aventura nos acompañen numerosas empresas que permiten, año tras año, que gracias a su patronazgo los Premios Rey Jaime I sigan reconociendo el trabajo de quienes se esmeran por mejorar nuestra sociedad. Probablemente se trate de uno de los mejores destinos a los que se puede orientar la actividad filantrópica de particulares y empresas que quieren deja una huella duradera que de sentido a sus vidas pasajeras.

Con motivo del 30 aniversario de los premios, la Fundación que los otorga ha querido celebrarlo de manera especial y servir de plataforma que colabore a exigir a quienes corresponde que se tomen las decisiones adecuadas para afrontar no solo el futuro inmediato sino también el de medio y largo plazo. Si tantas voces, de tesituras tan variadas y desde posiciones procedentes de todos los rumbos de la rosa de los vientos, reiteran públicamente la importancia de la investigación y el emprendimiento para toda la sociedad, ya es hora de convertir las palabras en hechos. Y con ánimo constructivo y para contribuir a esa toma de conciencia, coincidiendo con muchas otras instituciones que en los últimos tiempos han hecho demandas en la misma dirección, una inmensa mayoría del centenar largo de galardonados durante estos 30 años, con el apoyo de los 18 premios Nobel de Física, Química, Medicina y Economía que estarán presentes este año en los jurados, harán público hoy, 4 de junio, un Manifiesto en favor de la ciencia, la innovación y el emprendimiento.

Javier Quesada es catedrático de Economía de la Universidad de Valencia y presidente ejecutivo de la Fundación Premios Rey Jaime I.

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