Un intelectual decente

Hay profesiones en las que la decencia va incluida. Escribir, por ejemplo, que un abogado fallecido era decente, resultaría ofensivo para el gremio. En general, todo el mundo es decente mientras no conste lo contrario. Pasa con infinidad de gremios, pero hay otros donde el añadido se complica. Un escritor decente, por ejemplo, resulta una estupidez, no significa nada. ¿Qué quiere decir que un escritor sea decente? Que no roba los textos, que no paga sus facturas, que no maltrata a su mujer ni a sus hijos. Ni siquiera así tendría valor decir que alguien es “un escritor decente”. A menos que queramos precisar que se trata de un mediocre, que escribe decentemente. Ya ven que el lenguaje tiene derivas insospechadas.

Para ser considerado un intelectual – el intelectual es consideración que se otorga o se gana-se necesita algo más que saber escribir, publicar libros e incluso ejercer de tertuliano. Un intelectual es una definición social, un rol, un papel. Para ir acercándonos al asunto: Unamuno fue un intelectual decente, Ortega y Gasset bastante menos. Se trata de una apreciación en la que entran diversos factores, no estrictamente intelectuales, como son la coherencia personal, el valor cívico, la ligazón entre su vida y su obra, y otros cuantos que tiene mucho más que ver con la honestidad que con la inteligencia. Porque Ortega disfrutó de una influencia muy superior a la de Unamuno. Uno de los intelectuales más influyentes del siglo, Martin Heidegger, fue un prodigio en el campo de la indecencia; prueba para muchos de su notable talento.

Acaba de morir un intelectual decente y deberíamos consignarlo en una especie de acta de reconocimiento a las generaciones futuras, que con toda probabilidad les interesará una higa. Porque los intelectuales, si son tipos decentes, tienen un valor especial, sobre todo, cuando se forman, crecen, trabajan, piensan y sobreviven en tiempos donde la tónica general es la indecencia. José Antonio Labordeta, por ejemplo. Se crió en familia de la pequeña burguesía ilustrada, especie rarísima en cualquier lugar de España, donde hemos sido capaces de llamar “ilustrados” a los que estaban suscritos a un semanario y habían leído a Gironella. “En mi casa igual se leía a Virgilio que a Lautréamont”, decía Labordeta, no sin cierta orgullosa pedantería. Su padre era latinista y vivió desde la primera posguerra ese malditismo que son los Cantos de Maldoror de los derrotados. ¡Lautréamont, el uruguayo! Llamativo, antes de que existiera la wikipedia, preguntar de qué va eso. Unos cursos en el Colegio Alemán y un lectorado en Aix, de la Francia. Por lo demás, los estudios acá un fraude; iniciado en Derecho y una licenciatura en Letras, terminada sin apenas pisar una clase. Oposiciones a Enseñanza Media y un Instituto de Teruel, por buen nombre “Ibáñez Martín”, ministro inolvidable del Caudillo, suegro de hombre tan importante en nuestra Transición como Leopoldo Calvo Sotelo.

Me hubiera gustado asistir a sus clases de Historia en el Instituto -“el que no quiera oír la clase que se marche…”, ahora le hubieran abierto un expediente-.Para mí, José Antonio Labordeta estará siempre ligado a su hermano Miguel, porque hay pocos poetas que tuvieran su fuerza, su capacidad semántica, su sarcasmo, su imaginación. Apenas figura en las antologías, porque las selecciones poéticas las hacen en general mediocres perezosos. No así en la de José Batlló, de El Bardo,que recoge uno de los poemas más hermosos de la posguerra, “Un hombre de treinta años pide la palabra”,allí donde figura un verso-bordón que se repite hasta intimidarnos: “en nombre de mi generación yo os acuso”. Se publicó en 1967 y Miguel se murió dos años más tarde, con 48. Conservo un volumen suyo del año de su muerte, Los soliloquios,donde hay un verso terrible que aún hoy me estremece, “oh anciano muchacho solitario”.

A su hermano muerto dedicó José Antonio Labordeta un poema antológico, “Nos haces una falta sin fondo”,que recupera ese verso inmenso de su reverencial César Vallejo. Con éste nunca suficientemente admirado César Vallejo habrá de cerrar, indignado por el desdén y el fracaso, un disco de canciones que editó en 1991, Trilce.Se retiró de la canción entonces. Pero luego volvió, porque Labordeta siempre volvía. Su historia intelectual me admira porque sólo un aragonés, para mantener el tópico, hubiera sido capaz de tantas derrotas y desánimos, y volver a seguir. Andalán,en 1972, una revista de la que sólo se conserva la leyenda. Entonces ejercía de profesor en la pública y escribía relatos – el primero se lo publicó Cela en sus Papeles de Son Armadans,a comienzos de los setenta-,aún era pronto para la poesía; el peso en la ausencia de su hermano Miguel, quizá.

No hay pelea aragonesa en la lucha por la libertad que no tuviera a Labordeta intentándolo de nuevo. La Transición y la fundación del Partido Socialista de Aragón. El ministro Rubalcaba podría contarlo, porque era uno de ellos. Pero José Antonio escogió el otro lado y no se sumó a la cantada victoria. El cantaba otras cosas. Yo creo que debió presentarse a todas las elecciones desde las iniciales de junio del 77, y las perdió todas. Incluso me acuerdo de unas por el Senado en 1989, con Nueva Izquierda, aquella organización que sirvió para colocar en el PSOE a sus dos compañeros de grupo, “Dieguito” López Garrido y Mercedes Gallizo, hoy altos cargos del Gobierno. “La política es una madrastra sin entrañas”. Escribió Labordeta. Al fin entró en las Cortes de Aragón finalizando el siglo y ganó dos legislaturas en Madrid con la Chunta Aragonesista; la del 2000, con Aznar soberano, y la siguiente, del arcángel Zapatero. Le había servido mucho más un programa en la televisión que toda su obra de discos, libros y poemas. Ganó “el de la mochila”. Yo creo que era eso lo que generaba aquella animosidad agresiva con la que le trataba la derecha, y el desdén de los socialistas, todo hay que decirlo. (El inefable presidente de la Cámara, fino estilista de la cucaña, Manolo Marín solía equivocarse cuando se refería a él y le llamaba “Fernando Sagaseta”; un abogado canario radical que llevaba años muerto) Hoy le ríen aquellas jornadas, y todos se muestran condescendientes con él y hasta compadrean – ¡quieren creer que hasta Federico Trillo, el  chacal piadoso, afirma ahora que recuerda las clases de bachillerato que le dio Labordeta!-.Pero me gustaría volver sobre aquello, porque no fue una machada de un poeta valiente sino una humillación a la que respondió con una dignidad unamuniana. No es que mandara a la mierda a los diputados del Partido Popular que le increpaban. No se lo crean cuando se lo dicen tanto. “A la mierda” no fue más que el estrambote de un gran soneto. “Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida, y ahora les fastidia que vengamos aquí a hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura. Eso es lo que les jode a ustedes, coño, y es verdad, joder. A la mierda”.

No fue la única tenida histórica con los que le gritaban “mochilero”, “vete a la tele”. Hubo otra genial, inolvidable, no menos unamuniana en el gesto, cuando el intelectual del PP, Carlos Aragonés, su eminencia gris al decir de algunos, le interrumpió en el griterío levantado el puñito en señal de burla: “¿Qué haces tú con el puño cerrado? Si el puño cerrado lo tengo yo, tío. Voy con el puño cerrado y con dignidad, no me lo cierres tú, gilipollas”.

Esos gestos, y otros muchos, conforman la decencia. Por eso Unamuno dijo aquello en Salamanca en el interminable 1936, y Ortega y Gasset lo otro en el Madrid hirsuto de 1946. Lo que ocurre es que a veces tengo la impresión de que Aragón queda tan lejos de Catalunya que parece como si hubiera desaparecido un intelectual birmano. No sé muy bien si la realidad se ha ido alejando de nosotros, o si hemos construido una realidad para nosotros solos. Con cargo al presupuesto.

Gregorio Morán