Un islam simplificado

La campaña de atentados del Estado Islámico durante el Ramadán suma nuevos argumentos a la tesis desarrollada por Jean-Pierre Filiu y otros especialistas según la cual el islam esgrimido por el califato como punto de partida ideológico de sus fechorías es, en la práctica, una nueva religión articulada a partir de la retorsión o falseamiento del mensaje primigenio. De acuerdo con la tradición, es doble la recompensa que recibe el musulmán piadoso por las buenas obras que realiza durante el mes sagrado, y puesto que en el programa de mano del yihadismo se cuenta entre las buenas obras dar muerte a cruzados, herejes (chiís) y apóstatas, las carnicerías de las últimas semanas tendrán un mayor reconocimiento divino ahora que durante el resto del año. Esa falsa cadena de certidumbres o ese silogismo perverso solo se sostiene si se formula a partir de una refundación del islam, de una nueva religión que se remite a los orígenes de la fundada por Mahoma, aunque sea a costa de entrar en conflicto mortal, no solo con los no musulmanes, sino con quienes tienen el Corán como primera referencia de sus creencias.

Si, como sucede en este caso, la acometida fundamentalista se produce en un periodo de retroceso manifiesto en los campos de batalla de Siria e Irak (pérdida de Faluya por los muyahidines), se refuerza el argumento legitimador del martirio en defensa del califato, y se amplía el teatro de operaciones en todas direcciones, de Orlando a Dacca, de Estambul a Bagdad. No hay nada original en la estrategia yihadista y en su base ideológica, sino más bien la justificación bastante convencional del recurso a la violencia a partir de presuntos valores trascendentes que no admiten impugnación posible, o eso creen sus defensores. En el fondo, todo es una burda simplificación, pero de una eficacia manifiesta y una capacidad de movilización nunca decreciente.

Cuando el filósofo George Steiner declara que «no se puede negociar con el islam», porque a partir del siglo XV dejó de importarle la verdad científica y por el trato que dispensa a la mujer, dos datos ineludibles, da a entender que el islam es un todo homogéneo, algo así como una comunidad monolítica, sin matices. Del acercamiento a la realidad política y social se desprende otra convicción bien distinta: la diversidad está ahí para tenerla en cuenta; complica el debate, pero no puede soslayarse. No hay una versión única y homogénea del islam, y sostener lo contrario es asimismo simplificador, esquemático, demasiado fácil para ser cierto.

Lo que han hecho el Estado Islámico y Al Qaeda por caminos distintos es «centrarse en el espíritu de la guerra, el espíritu ofensivo, y no en el espíritu moral», ha explicado en ‘The New York Times’ el profesor Fawaz A. Gerges, de la London School of Economics, al analizar los porqués de la última cadena de atentados. Con este islamismo surgido de un largo proceso histórico de pensamiento y praxis radicales no hay negociación, entendimiento y pacto posibles. Es un conglomerado antisistema en el más amplio y demoledor sentido de la palabra que solo admite la victoria por las armas o el Armagedón si la victoria no es posible. Con las otras expresiones del islam político el diálogo no solo es posible, sino necesario, siquiera sea porque la gran crisis que sacude las cuatro esquinas del planeta no puede atenuarse sin contar con los islamismos de última generación, aquellos que sorprendieron a Occidente cuando estallaron las primaveras árabes y sobreviven muchas veces en tierra de nadie, de forma a menudo azarosa -los Hermanos Musulmanes-, vistos siempre con desconfianza.

Prevalece, por lo demás, el sectarismo del chiismo iraquí y la vesania del régimen sirio, que acosa a los sunís y lleva a una minoría de ellos a abrazar la guerra santa predicada por el califa. Ahora que la ‘comisión Chilcot’ ha concluido que la adhesión de Tony Blair a la invasión de Irak fue un compendio desastroso de decisiones equivocadas, por no decir viciadas, cabe preguntarse de nuevo en qué medida aquella guerra injustificada, de efectos telúricos, contribuyó decisivamente al descoyuntamiento del mundo musulmán, no solo del árabe. Hasta qué punto otra simplificación tan perniciosa como las simplificaciones del Estado Islámico -la obsesión de la Casa Blanca de George W. Bush con Sadam Husein- fue determinante para que los profetas del apocalipsis pudieran imponer de nuevo su agenda, como sucede hoy. Porque en la articulación de un nuevo islam retardatario, violento y enfrentado a todo, los factores exógenos, incluida la instrumentación occidental de las autocracias árabes, han sido tan decisivos como la herencia del pensamiento integrista.

¿Cómo salir de este laberinto sin fiarlo todo a la fuerza de las armas?, se pregunta Edgar Morin; ¿cómo restablecer la paz sin caer en simplificaciones? Y entonces se hace el silencio.

Albert Garrido, periodista.

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