Un jardín de senderos que se bifurcan

Treinta años de investigación sobre el 23-F han servido para mostrar la complejidad del acontecimiento, enseñando casi todas sus caras y abordando su naturaleza incierta e impredecible. Porque, lejos de ser un rosario de causas y efectos encadenados de manera simple y determinista, la Historia suele abrirse en abanico, como el argumento de aquel fascinante cuento de Borges, El jardín de senderos que se bifurcan. Pero los hombres solemos caer en el error de simplificar la complejidad cuando queremos entender el mundo, por eso cubrimos al tiempo y a los sucesos que lo jalonan de un manto simple, tejido con el código binario de los buenos y los malos, los demócratas y los franquistas, los rojos y los azules. Una gradación de grises pulula por el lienzo de la realidad para recordarnos que las grandes palabras, los vastos y bastos términos, los impolutos conceptos no sirven cuando se trata de comprender un acontecimiento histórico complejo y poliédrico.

A poco que introduzcamos estas ideas en nuestra investigación del golpe llegamos a una doble conclusión: uno, que aquél órdago surgió de un contexto crítico donde muchos aprendices de brujo, dentro de la clase política y el generalato, condimentaron el caldo de cultivo, formaron la placenta, según Cercas, de la asonada; y dos, que el triunfo del golpe estuvo -al menos- a la misma distancia que su fracaso, por lo que no podemos vestir hoy de inevitable derrota golpista lo que fue un imprevisto, pero muy serio, reto a la continuidad de la recién nacida democracia.

En resumen: complejidad e incertidumbre, encrucijada y bifurcaciones, caminos de solución surgidos con la crisis y situaciones emergentes, inesperadas, producto de la coacción o interacción de esos caminos iniciales.

ETA desangraba al país, la crisis económica hipotecaba los bolsillos y el futuro de los españoles, Suárez estaba acorralado por la oposición y abandonado por muchos de sus propios compañeros de partido. Hasta el Rey, único asidero para el diezmado presidente, le restará su apoyo a finales de enero de 1981. Y todo ello en medio de un malestar militar creciente, con muchos generales escorados al franquismo donde hicieron carrera, dispuestos a dar un golpe duro, antimonárquico incluso, para volver -he ahí el papel de la nostalgia en la Historia- a una junta militar surgida de las cenizas del 18 de julio.

Al otro lado, en la orilla de la atribulada democracia, muchos políticos de todos los partidos, recién estrenados como representantes de la voluntad popular, veían a Suárez como una rémora que impedía la estabilidad democrática. Y es aquí donde la bifurcación de caminos surgida para llevar a cabo la ansiada sustitución de Adolfo Suárez tocó, rozó, interaccionó, se cruzó con la solución Armada del antiguo secretario de la Casa Real. Dicha solución consistía en la emergencia de un Gobierno de concentración formado por representantes de todos los partidos con una figura independiente -quién mejor que Armada, tolerado por los franquistas, respetado por los demócratas, hombre de confianza de Don Juan Carlos…- en su cúspide.

Esto no quiere decir que aquellos políticos fueran directamente responsables del golpe, pero sí es cierto que su afán por tocar poder, mezclado con el legítimo intento de reflotar una democracia anegada de problemas, trazaron un sendero propicio para el posterior aterrizaje de mesías con galones o tricornios. El Rey no fue ajeno a ese sendero, y su cacareado papel en el golpe no dista mucho del rol que otros políticos, empresarios y periodistas jugaron en aquel contexto: todos ellos, impulsores en su mayoría de la democracia surgida de las ruinas franquistas, podrían aceptar en momentos tan difíciles como aquellos un Gobierno de concentración -algunos, como Felipe González, lo dijeron públicamente antes y después del golpe- que garantizara la estabilidad democrática, siempre y cuando los pilares de la Carta Magna no se cuartearan y sus principios no fueran violados. Aquí cabía la versión constitucional de una solución u operación Armada que pululaba por algunos periódicos en ese incierto tránsito del año 80 al 81.

Pero el Rey eligió la vía de solución a la crisis propuesta por Suárez tras su dimisión: ni adelanto de elecciones generales ni Gobierno de concentración; el presidente sería Calvo Sotelo. Fue entonces cuando los planes golpistas se aceleraron.

Según afirman las sentencias del Consejo Supremo de Justicia Militar y del Tribunal Supremo, Armada ya se había atraído a los militares duros vía Milans del Bosch. Sus conversaciones se llevaron a cabo casi siempre a través de intermediarios, en un trasiego de información donde no faltaron tanto las medias verdades como las imprecisiones sobre puntos esenciales del plan -como el referido a la composición del Gobierno previsto tras la dimisión de Suárez – que acabaron haciendo fracasar, a la postre, la intentona. De aquel bullicio conspirador surgió la posibilidad de escenificar un Supuesto Anticonstitucional Máximo (S.A.M.) consistente en el secuestro del Congreso con los diputados dentro, la ocupación de Valencia por los tanques de Milans y de Madrid por los de la División Acorazada Brunete para, aprovechando esta sucesión de hechos consumados, presionar al Rey con el fin de que éste abriera la puerta de la Zarzuela al Gobierno de concentración definido por Armada.

Esa puerta de la Zarzuela quedó prácticamente cerrada para el antiguo secretario de la Casa Real después del famoso «ni está ni se le espera» que Fernández Campo le espetó al general de la División Acorazada Brunete, José Juste, cuando éste le preguntó si Armada, poco después del asalto al Congreso, ya estaba reunido con el monarca.

Pero, como dice en su libro Ricardo Pardo Zancada -comandante destinado en aquellas fechas a la Brunete, que apoyó a Tejero cuando el golpe ya había fracasado- la puerta de la Zarzuela no se cerró del todo, pues sólo quedó entornada. Refiriéndose a la posible masacre que en el Congreso podría darse si los asaltantes perdían los nervios, Armada logró mantener abierta una rendija en la puerta de la Zarzuela por la que intentaría colar su plan, vistiéndolo siempre con las galas constitucionales. Ante el fantasma de la masacre, el Rey acabó aceptando, por boca de su fiel Sabino, que como medida desesperada pudiera ofrecerle Armada a Tejero la vía del Gobierno de concentración como salida honrosa de la crisis. Sin mezclar el nombre de Don Juan Carlos en ello, por supuesto.

Y allá que se fue Armada, ya con la versión constitucional de su operación bajo el brazo, dispuesto a proponerle a Tejero un efímero exilio a cambio de que le dejara acceder al hemiciclo para proponerle a los diputados un Gobierno de concentración política con él como presidente -«estoy dispuesto a sacrificarme», dijo a sus compañeros-. Era la medianoche del 23-F. Pero al ver Tejero que entre los miembros de aquel Gobierno había centristas, socialistas, e incluso algún comunista, con rabia arrugó el papel, recordándole de paso a Armada que él no había asaltado el Congreso para aquello.

Es aquí donde la trama se descose, y el maridaje entre un golpe duro de corte franquista y una operación con inspiración política, basada en un Gobierno de concentración pretendidamente constitucional, salta por los aires sin remedio. Armada creyó que podía convertirse en gozne, bisagra entre ambas pulsiones, y que la síntesis de aquellos caminos con naturaleza tan divergente le traería, maduro y brillante, el fruto de la presidencia del Gobierno.

el ‘no’ de tejero cerró definitivamente la puerta de la Zarzuela a los desesperados movimientos de una operación Armada que ya no podía vestirse con las galas constitucionales. Tras el definitivo fracaso de Armada habló el Rey ante los españoles confirmando su apoyo y el del ejército a la legalidad vigente. Sólo cabía esperar que Milans cediera en Valencia y Tejero aceptara su derrota en Madrid. El golpe estaba en las últimas.

Si en los puntos cruciales de este relato -como la entrevista de Armada con Tejero la noche del golpe- introducimos la complejidad e incertidumbre postuladas al principio de este artículo descifraremos, sin ira pero con riguroso estudio, los aspectos fundamentales de un 23-F que, después de treinta años, ya no es un arcano. Los redundantes secretos aún no desvelados del golpe son, por tanto, más reclamo publicitario, más estrategia editorial, que verdadera aportación a la comprensión del acontecimiento, lo cual no impide que mañana algún papel volandero sea descubierto, analizado y expuesto ante el público para completar el mosaico del ayer, eternamente incompleto.

Relacionando complejidad e incertidumbre surge esta pregunta: ¿si Tejero hubiera abierto las puertas del hemiciclo al Gobierno de concentración de Armada, y si los diputados se hubieran abrazado a ese bote salvavidas, acaso quienes hoy son considerados villanos del golpe no habrían podido interpretar el papel de héroes colectivos para mayor gloria de sus propios egos?

La Historia, ese jardín de senderos que se bifurcan, tiene la respuesta, siempre que no la barnicemos con la pátina del sectarismo o de la pura simplicidad. Siempre que abandonemos, en fin, el código binario de los buenos y los malos, del idilio y/o la satanización de lo ocurrido para explorar las complejas aristas que forman el poliedro del ayer.

Por Alfonso Pinilla García, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura. Su último libro es El laberinto del 23-F, Biblioteca Nueva-Uex, 2010.

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