Un legado político caótico

Por Rami G. Khouri, editorialista del periódico de Beirut Daily Star, que se publica en todo Oriente Próximo junto con The International Herald Tribune. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 18/01/06):

La salud de Ariel Sharon parece haber acabado, al final, con la carrera política del que muchos en Occidente han aclamado como un “hombre de paz” valiente e innovador. La visión que se tiene en el mundo árabe es bastante distinta y mucho menos elogiosa. En su vida política -a diferencia de sus aventuras militares-, Sharon recurría muchas veces a tácticas llamativas cuando no podía inventar estrategias y políticas fructíferas. Era un ilusionista político que entró en escena en una época en la que su pueblo necesitaba una fuerza emocional y una capacidad de inspirar confianza como las que él ofrecía, pero lo que deja atrás es un panorama confuso, dividido e incierto, tanto en Israel como en Palestina. Ahora llega al final de su carrera política después de haber fracasado claramente en el objetivo que, según él, más se esforzó en lograr toda su vida: garantizar la seguridad y la aceptación de Israel en Oriente Próximo. Su confianza en la fuerza militar y la audacia táctica terminó por resultar muy espectacular, pero estratégicamente ineficaz.

Más que un hombre de paz, es un creador de caos, como pronto descubrirán sus sucesores israelíes en el poder. Ingresó en el hospital mientras se desarrollaba un episodio de política exterior que constituye uno de los ejemplos más irónicos e indignantes de la fatal mezcla de amateurismo político y recurso a la fuerza que le caracterizaba. Estaba llevando a cabo en el norte de la franja de Gaza una reproducción frenética, casi histérica, del mismo tipo de “zona de seguridad” que fracasó estrepitosamente cuando lo intentó en el sur de Líbano hace más de dos décadas.

El Ejército israelí que él dirigía ocupó gran parte del sur de Líbano en 1982 y permaneció allí hasta el año 2000; recurrió a todas las combinaciones posibles de fuerza bruta, intimidación política, fuerzas libanesas colaboradoras, además de muerte, destrucción y medidas de castigo generalizadas, para someter a una población libanesa que rechazaba la ocupación del Ejército israelí. Al final, Israel se retiró unilateralmente en la primavera de 2000. Y él nunca aprendió la lección del sur de Líbano: que sólo un país verdaderamente libre y soberano puede vivir en pacífica vecindad con Israel.

Su cacareada retirada unilateral de la franja de Gaza no ha impulsado el proceso de paz con los palestinos ni ha llevado la tranquilidad a esa frontera de Israel. Fue la retirada de un mago, una ilusión, en la que Israel sigue controlando muchas dimensiones de la vida, los movimientos y la economía de los palestinos en Gaza. Su construcción de la valla de separación que aísla cada vez más a las comunidades palestinas, incluidas la zona árabe de Jerusalén Este y Belén, junto a la expansión continuada de asentamientos en Cisjordania, han suscitado nuevos niveles de resentimiento entre los palestinos, que acaban por traducirse en nuevas formas de resistencia.

No pudo o no quiso aceptar el consenso mundial de que Israel, al final, tendrá que retirarse de todos los territorios que ocupó en 1967, de modo que descartó las negociaciones de territorios a cambio de paz que podían desembocar en una solución de dos Estados. En su lugar propuso su política unilateral: la construcción del muro, el abandono de Gaza, el asesinato constante de militantes palestinos y el poder para decidir si los palestinos podían intervenir en las discusiones políticas, y cuándo.

Se negó a tratar con Yasir Arafat, pero luego demostró que no tenía nada que hacer cuando se encontró con el presidente palestino recién elegido, Mahmud Abbas, cuya campaña se había centrado en un plan para detener la resistencia armada y negociar la paz con Israel. Al no poder construir la paz con los palestinos, engañó a los ingenuos norteamericanos. Se vendió como “hombre de paz” a una Casa Blanca que era tan ignorante y beligerante como él a la hora de tratar con los palestinos respetando los dictados del derecho internacional, para no hablar de la simple dignidad humana.

Sharon deja atrás un panorama dividido y ensangrentado, caracterizado por la tensión y el enfrentamiento con los palestinos, además de confusión en la sociedad israelí. El motivo es que sus políticas, en realidad, consistían más en arrogancia que en un verdadero valor basado en la sinceridad. A lo largo del último cuarto de siglo, ocupó cargos desde los que definió las políticas israelíes de defensa, seguridad y ocupación, la expansión de los asentamientos y, últimamente, la política exterior en general. Ese tiempo le sirvió para que surgieran unas comunidades palestinas fragmentadas, a menudo sin jefes, y llenas de palestinos corrientes, tremendamente indignados y escandalizados.

Los frutos del trabajo de toda su vida se han vuelto contra él de varias formas: la anarquía en muchas partes de Palestina, una dirección palestina débil y desacreditada, la incertidumbre sobre la futura condición de Gaza, grandes probabilidades de que Hamás y otros grupos islamistas obtengan muy buenos resultados en las elecciones parlamentarias palestinas que se celebrarán este mes, y la extensión de los sentimientos anti-israelíes en todo el mundo árabe e incluso más allá.

Si la medida de un hombre nos la dan los frutos de toda una vida de trabajo, hay que ver a Ariel Sharon como un gran proveedor de caos, confusión, incertidumbre y miedo. Condensar este legado en una estrategia que cuenta con que toda una nación se encierre detrás de un muro no sólo es un tremendo y perdurable fracaso político, sino además una gran tragedia humana, la tragedia de unos animosos guerreros que no supieron dejar de luchar y recurrieron a los trucos de ilusionista cuando les dieron las riendas del poder.