Un lugar para el alma

Alguna vez he oído que el Papa Juan XXIII creía en un infierno probablemente vacío por la infinita misericordia de Dios. Aunque semejante afirmación case con su aire bondadoso, Angelo Giuseppe Roncalli no se habría apartado tanto de la ortodoxia católica (de otros modos más humanos sí lo hizo): el infierno existe, aunque no sepamos bien dónde y cómo; es eterno, y tiene que servir para castigo de los réprobos a fin de que todos temamos, con un motivo no ilusorio, la posibilidad de un sufrimiento infinito.
Sin embargo, Juan XXIII procuró no abundar en la antigua idea del infierno y, de hecho, el Concilio Vaticano II no lo menciona en sus documentos oficiales. En la Constitución Gaudium et spes, el máximo tormento del hombre es «el temor por la desaparición perpetua»; no el infierno, aunque sigamos oprimidos por la permanencia en la nada. Y advierte que, mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, para la Iglesia «el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre». Habría sido Cristo resucitado el ganador de esta victoria en favor del hombre «liberándolo de la muerte con su propia muerte». La liberación tampoco sería del infierno, que no aparece como la alternativa a aquel destino pleno, feliz, perpetuo y salvífico.

Fue el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar quien en su Breve discurso sobre el infierno defendió la tesis del infierno existente y eterno, pero vacío. Una versión actualizada de la doctrina de la apocatástasis, acuñada por Orígenes en el siglo III, que la Iglesia consideró herética: si en el fin de los tiempos Dios estará del todo en todos, el infierno —separación, apartamiento— no puede interponerse definitivamente en esa plenitud del ser, sostenía Orígenes. Existirá, estará poblado por condenados sufrientes, pero no podrá durar para siempre. Desde la patrística hasta la teología protestante contemporánea siempre ha tenido valedores la idea de la reconciliación universal por la que Dios en Cristo habría querido integrar en sí todas las cosas (Colosenses, 1, 20), enfrentada a una visión clásica del infierno. Al fondo está la cuestión de cómo ponerle límites a la bondad de Dios hacia los hombres ya manifestada en Jesucristo, o a esa victoria sobre la muerte y el mal que implica la redención. Muy poco antes de morir en 1986, Von Balthasar fue nombrado cardenal por Juan Pablo II. Nos quedan los ecos de su alma.

Por ejemplo, las palabras del propio Juan Pablo II en sus audiencias del verano de 1999, donde se conformaba con negarle realidad externa al infierno: sería un estado del espíritu, el de quienes se han apartado voluntariamente de Dios, antes que un lugar físico. Frente a la tesis de que el infierno son los otros, según Sartre, el infierno seríamos nosotros. Decía Wojtyla: «En sentido teológico, el infierno es la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido; la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida; más que un lugar, indica la situación en que llega a encontrarse quien libre y definitivamente se aleja de Dios». Por eso, la «condenación» no es atribuible a la iniciativa de Dios, que en su amor misericordioso no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. La condena consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios «por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción». Resuenan esas palabras terribles cuyo significado último está más allá del lenguaje y de la experiencia: definitivamente, para siempre. ¿Cómo entenderlo? No hace mucho, el Papa Benedicto XVI retomaba estas ideas para tratar de apaciguar las llamas de un infierno todavía demasiado ardiente, en difícil sintonía con el frío escepticismo de estos tiempos.
Pero ¿es tan flexible la fe en el infierno que le permite ser, a la vez, un lugar vacío, un retiro temporal o un estado de conciencia? Nada es lo que era, pobre Sancho, que dejabas a tu amo haciendo penitencia en Sierra Morena, como si aquellas fueran las verdaderas peñas del purgatorio. Allí le decías que en el infierno «nula es retencio», en vez de «nulla est redemptio», porque «quien está en el infierno nunca sale de él, ni puede». Don Quijote sólo te corregía el mal latín. Nadie dudaba, en el fondo de su corazón, de tales dogmas. O eso parecía.

El verdadero problema de una autocondena atenuada y pasajera no está en la intensidad del fuego interior, sino en el tiempo: la transitoriedad del infierno obliga a dividir la eternidad, a contar sus minutos para que haya tiempo de sufrimiento y tiempo, después, de restablecer la unión con Dios. La mera conciencia de la separación tras la muerte, aunque fuese definitiva, no resuelve el problema: la conciencia es historia y la historia es esencialmente divisible, una suma de sucesos discretos. Si cuesta imaginar el más allá, todavía más pensar en un más allá del más allá, la eternidad a plazos. Algo improbable, como el infierno vacío, que bien podrían habérnoslo ahorrado, por piedad, a cambio de un poco más de bondad para tanto desalmado.

Cuando me pregunto cómo es posible que la humanidad haya gastado siglos en esas y otras elucubraciones escatológicas, tanta cera derretida en las velas de los monasterios sobre pergaminos que intentaban explicar el cielo, el infierno, el purgatorio, o el paraíso, recuerdo el proceso a Galileo, sobre los movimientos de la tierra; o las tesis de Aristóteles, sobre el alma y los esclavos, cuya existencia todavía justificaba Thomas Carlyle en el siglo XIX, si eran negros. Siglos de civilización cristiana, en términos de tiempo geológico, no son nada. Luego, heredero seguramente de una conciencia estricta, me arrepiento: aunque seamos capaces de empecinarnos en los errores más absurdos, no todo será inútil. No es necesario creer o no creer para seguir los recodos del razonamiento teológico —uno de los saberes de mayor rigor discursivo— afinando la mirada interior en la noche oscura del alma; o para ver las desesperadas posturas que adoptamos al interpretar este mundo incomprensible que nos rodea con todo su horror, delante o detrás de la última frontera.

Según Tácito, cuando a Séneca, condenado a darse muerte, le negaron las tablillas de su testamento, se volvió a sus amigos diciéndoles que, dado que le prohibían agradecerles su afecto, les legaba lo único que tenía y, sin embargo, lo más precioso: la imagen de su vida. La imagen de una vida es en sí misma un estado de cosas que concentra la historia que hemos sido. No requiere de un tiempo adicional para consolar o atormentar, tal vez para siempre. El recuerdo del recuerdo. En uno de sus mejores poemas, Borges sugiere que el infierno de Dios no necesita el esplendor del fuego, como tampoco el final de los años guarda para otros un remoto jardín. Al apagarnos, «los colores y líneas del pasado / definirán en la tiniebla un rostro / durmiente, inmóvil, fiel, inalterable / (tal vez el de la amada, quizá el tuyo) / y la contemplación de ese inmediato / rostro incesante, intacto, incorruptible, / será para los réprobos, Infierno; / para los elegidos, Paraíso». La imagen del rostro que es la imagen de la vida; lo que somos para nosotros mismos y para los demás contemplado de una sola vez: la culpa y el mérito, la justicia y el mal, el amor y el desamor entre los surcos de la frente. El instante y la eternidad. No se necesita mucho más para escuchar la poesía que ordena el mundo y confiar en que tenga sentido el misterio de la vida y de la muerte, el silencio de Dios.

Por Antonio Hernández-Gil, decano del Colegio de Abogados de Madrid.

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