Un mismo combate

Querido J:

Hace unas semanas nuestra Joana Bonet escribió algo que me llamó la atención en su columna de La Vanguardia. Criticando con sus buenos modales las primeras medidas antiturísticas y antipijísticas de la alcaldesa Colau aseguraba: “Hoy, la devaluación de la palabra turista es radical. Los capitalinos, y en especial los barceloneses, se sienten invadidos por la horda que ha tomado las calles, los monumentos y las tiendas de lujo”. Yo creo que fueron las palabras capitalinos y horda las que en realidad me movieron. Allí puestas eran como muy Galinsoga y azuzaron mi seguridad de que “la devaluación de la palabra turista” no era cosa de hoy. Y que, como nos tenemos muy dicho, la reacción no entiende de ideologías. O sea que te he preparado unos deliciosos pastelillos. A ti y a nuestra alcaldesa, siempre necesitada de argumentos de autoridad. Comprenderás que deba empezar por Galinsoga, ese gigante. ¡Y cómo vas a apreciar su abrirse de capa!:

un-mismo-combate“Por escasa capacidad de xenofobia que uno tenga -y no es que la mía sea despreciable- ha de revolverse el ánimo de cualquiera en reacción contra casos como el acontecido hace pocos días en Barcelona. Se lidiaba en la plaza Monumental de aquella ciudad una novillada importante, y el presidente de la fiesta, en una actitud que no dudo en calificar de servilona, mandó que no se picase a los toros para no herir la sensiblería asustadiza, pusilánime y parásita de los extranjeros que había en la plaza. (…) El caso no puede repetirse y yo estoy seguro de que no se repetirá. Son demasiadas concesiones ya a la humillación de nuestra personalidad nacional a cambio de eso que tan pomposamente se llaman divisas. (…) Que no se nos reproche fobia, por muy capaces que nos sintamos de descargarla sobre quienes nos visitan de mala fe y a la sombra próvida y circunstancial de los cambios de moneda. Porque ya es algo más que la indumentaria asquerosa o la desnudez sucia con que se nos presenta la mayor parte de ese turismo en las ciudades de España. (…) La educación, la hospitalidad, la generosa y acogedora hidalguía española no pueden convertirse en mansedumbre”. Luis de Galinsoga, La Vanguardia, 23-8-1951.

Has leído poco a Felipe Sassone. Y yo también. Para corregirme acabo de encargar sus memorias. Ahí va, con el garniel en bandolera y un arco iris entre el talón y la punta:

“Hablo de los turistas, que no frecuentan más museos que el de licores (…). Que los visitantes son extranjeros, no cabe duda: lo van pregonando sus corbatas que nunca se fabricaron en España. Unas corbatas espantosas con los colores más chillones y los dibujos más feos que un loco pudiera imaginar; bordadas o estampadas con flores y frutas inverosímiles, astros y estrellas, automóviles, aeroplanos y elefantes en miniatura, ninfas, monstruos, dados, naipes, puentes, columpios, faroles, caballos, perros, gatos, mariposas, gusanos, tallarines, tripas y lombrices. Son las mismas corbatas que exhiben los jolivudistas famosos en sus películas de paranoicos último grito. (…) Los que no llevan corbata van despechugados y en mangas de camisa, y arremangados hasta el codo. Es otra moda que nos trajeron allá por la otra gran guerra, como las chaquetas blancas de peluquero o mozo de café, y las sandalias frailunas y peregrinas, que dejan casi desnudo todo el pie. ¡Oh, los pies chatos, casi sin empeine, sin arco de luz entre el talón y la punta! Pies nada toreros, pies de siete leguas, que a la legua se ve que no son españoles. Algunos extranjeros llevan a la zaga a sus extranjeras con el garniel en bandolera; las más delgadas y entecas, desnudas las piernas, llenas de equimosis, descalabraduras, polvo y picotazos de mosquito”. Felipe Sassone, Abc, 18-8-1949.

Apreciarás también este trocito de Anson en el Abc verdadero. A veces lo llaman viejo verde. ¡Qué tremenda injusticia!

“Bien están esas turistas que nos dejan aquí sus divisas y su alegría; que tienen la piel dorada, como espigas doradas el pelo, sana la risa y el talle con la tierna languidez de la caña verde. Bien están los modernos bikinis y las breves minifaldas, porque la procacidad es siempre la del gesto o la intención y no la de la moda. (…) Bien está todo esto, en fin, pero vamos a cerrar el paso por respeto a la libertad pública y al decoro nacional, a todas esas oscuras afroditas, a todos esos indecentes apolos olorosos, a todos esos narcisos amanerados que vienen a contagiar a nuestra juventud y constituyen una vergüenza pública”. Luis María Anson, Abc, 30-5-1970.

¿Te acuerdas, por último, de la polémica sobre la venta de objetos de la españolidad en Barcelona? Ya estaba escrito, y por Josep Maria de Sagarra. Esta cosa extraordinaria de los viejos diarios. No tendrían que escribir jamás nuevas opiniones: solo copiarlas.

“Podemos observar, como ejemplo, la existencia de un pueblecillo pirenaico perdido entre montañas, compuesto por unos pocos vecinos, unas pocas vacas, unos poquísimos cerdos y algún que otro caballo para las labores del campo, y en el único tenderete del pueblecillo, más o menos relacionado con el progreso material, la astucia del dueño ha mezclado entre las velas de sebo, los escasos productos alimenticios y las tiras de papel engomado para las moscas algún que otro frasco de agua de colonia barata y los muñecos en materia plástica que representan al toro, el torero, y la caricatura de la Niña de los Peines. Y esto, claro está, por si las moscas; por el día realmente extraordinario que entre los transeúntes locales aparezca un inglés mostrando las piernas y en busca de tipismo. (…) En fin, que el turismo y el ladino y el servil comercio beneficiario del turismo están convirtiendo a este país y a nosotros, que somos sus hijos y que lo habitamos, en una gregaria y uniforme manifestación del torerismo y del flamenquismo. A mí esto me parece un poco exagerado, y si económicamente favorece la situación de algunos, a la inmensa mayoría no nos hace ningún favor”. (La Vanguardia, 19 de agosto de 1955).

Abomino de que nuestras cartas deban tener formato cuando las escriben otros. Pero con lo leído tal vez tengas suficiente. De Galinsoga a Colau, un mismo combate. Y esa insidiosa certeza de que el turista no es más que un inmigrante ocasional. A uno hay que perdonarle su condición porque limpia las letrinas y al otro porque lo que deja en ellas non olet.

Sigue con salud

Arcadi Espada

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