Un misterio llamado Cristina

Por Andrew Graham-Yooll, periodista y escritor. Ha sido director del Buenos Aires Herald (EL PAÍS, 28/10/07):

A lo largo de medio siglo los argentinos hemos querido ver en cada consorte presidencial a una Eva Perón. Cristina Elizabeth Fernández, la actual “primera dama”, cónyuge del presidente Néstor Carlos Kirchner y próxima a sucederlo tras el escrutinio de este domingo, no ha escapado a esa categoría. En el mejor de los pareceres, esta búsqueda de una nueva Evita refleja la inmadurez nacional mantenida a lo largo de seis décadas por un populacho ávido de beneficios sin esfuerzo y sostenida por políticos mediocres cuya máxima mentira es que la vida puede ser una serie de regalos del Estado. Reflejan, populacho y políticos, la necesidad argentina de hallar una especie de nodriza, un ente maternal, una gran teta, que alimente las fantasías del jardín de infantes, la idea de “un país feliz” que supuestamente existió antes de la muerte de Eva Perón en julio de 1952. Esto se evidencia hasta en las leyes laborales y en los reclamos de huelguistas que permiten creer que solamente una reencarnación de Eva Perón puede restablecer el verdadero bienestar. Y la buscan en toda mujer atractiva que se acerca al poder.

Hoy es Cristina Fernández -abogada de la universidad de La Plata, emigrada a la Patagonia en 1977, cuando huyó con su marido de lo peor de la dictadura militar- quien tiene que seguir con este cuento en el siglo XXI. “Fernández” no tiene el peso sonoro de “Perón”, pero ella tiene el perfil de mujer argentina aspirante a la juventud interminable que permite la magia cosmética lograda con la indudable ayuda del bisturí. Todo esto, educación, éxito, cara de nena argentina estereotipada, un chismerío de mujer apasionada con brotes furiosos en la intimidad doméstica, conforman una personalidad que se hace atractiva al electorado argentino, siempre buscador de fantasías seductoras.

Desde el derrocamiento de Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955, cada “primera dama” ha sido vista en su “potencial Eva”. Obviamente hubo aspirantes mejores y menores. Estuvo la presidente María Estela Martínez Cartas de Perón, pobre infeliz, tercera esposa de Juan Perón, y también Zulema Yoma, rubia teñida con aspiraciones de poder, mujer del ex presidente (1989-1999) Carlos Menem, que el magistrado sacó a patadas de la residencia presidencial de Olivos. A Menem también podemos agregarle la aspirante chilena Cecilia Bolocco.

Cristina ha sentido necesario decir reiteradas veces que no es Eva. Pero hay gente que quiere que lo sea. Eva Perón nunca gobernó. No hay duda que Cristina Fernández tiene una maquinaria que le permitirá gobernar. A Cristina le falta experiencia de función pública. Eva creció en la función. Eva tuvo calle desde la cuna. Cristina tiene calle como consorte y legisladora: su marido presidente estuvo once años en la gobernación de la patagónica provincia de Santa Cruz, hasta 2003, y ella lo acompañó desde sus más tiernos comienzos, cuando era candidato a intendente de la sureña ciudad de Río Gallegos.

Cristina no es Evita. Tienen elementos en común. Cristina es buena moza, con un gran interés por la moda, dice ser peronista y tiene un marido presidente. Hasta ahí llegan los parecidos. Pero, a diferencia de su modelo, Cristina es una profesional de clase media con estudios universitarios y su ascenso político debió poco a su atractivo sexual. Evita, por su parte, no pasó de los estudios primarios, manipuló a sus pares masculinos de la farándula, desarrolló un discurso escénico que aún no tiene par y vistió trajes de princesa como ninguna mujer. Esa hada que los argentinos buscan reencarnar en cada caderona de buen semblante que ha subido al escenario en las cinco décadas siguientes, nunca se hizo realidad, cosa que hace que los argentinos sigan soñando. Si bien sus créditos físicos han sido ensalzados últimamente, y deben ser reconocidos, Cristina ha utilizado la cita erudita o el inacabable catálogo de cifras de los informes económicos como fundamento de sus discursos. Claro, no tiene que demostrar conocimiento ni cintura política, tiene un marido que ha puesto a trabajar la bien financiada maquinaria estatal en su favor.

Si se atiende a sus rivales, Cristina tiene dicción más sólida que Eva. Esa voz, escuchada in extenso en el final de campaña el jueves pasado, proyectada desde la residencia presidencial de Olivos, en la provincia de Buenos Aires, refleja la arrogancia del poder del matrimonio Kirchner y la soberbia del individuo. Eva mostraba la fuerza avasalladora de la revolucionaria venida de lo más humilde. La senadora Cristina tomó como suya la residencia presidencial, y sólo ahí se reunió con los medios tres días antes de las elecciones. Eva desdeñaba la residencia. Cristina no confía en los medios; Eva se adueñaba de ellos. En cuanto a la voz misma, que persistía en extensos y pedagógicos discursos ante cada pregunta que se le hizo a la noche muy tarde, puede llegar a ser cura para el insomnio de los argentinos. Como evidencia de soberbia, a esas únicas entrevistas que concedió la señora -y que se hicieron, como se ha dicho, en la residencia presidencial de Olivos- fueron pocos medios, uno de ellos el Canal 7, la televisión estatal irónicamente llamada “televisión pública” (es tan pública como el bolsillo Kirchner, es decir para uso familiar). Desde ahí soslaya la inflación, la crisis energética y la corrupción como inexistentes; en todo caso, la explicarán sus laderos y ella sólo hablará a la prensa nativa cuando esté asegurado que sea tan dócil como gato castrado.

Instalada en una intransigente negación de las fallas económicas que amenazan, Cristina Fernández de Kirchner (no está claro qué apellido usará en la presidencia dado que la campaña insistió simplemente en el nombre “Cristina”, como si fuera reina de Carnaval), mantiene su sonrisa seductora como método de conquista para luego rematar con su monólogo de logros del Gobierno de su marido.

Cristina Kirchner ha hecho poco por congraciarse con los humildes. Prefiere las recepciones de cinco estrellas y los jerarcas de Gobiernos lejanos a la turba local. Y sin embargo, es el voto de la clase trabajadora, no de la clase media urbana, el que la llevará a la victoria.

No es fácil comprender por qué los Kirchner, Cristina y Néstor, sienten tanta aversión a su prensa local, cuando ya la tienen amaestrada a través del destrato a lo largo de años en la Patagonia y ahora en la presidencia. Tampoco está claro quién gobierna en esta sociedad conyugal especializada en el ejercicio del poder. Cuando, en 2003, el presidente Kirchner logró el Gobierno con el 22% de los votos, el rumor político dijo que Cristina Fernández constituiría el verdadero poder detrás del nuevo trono. Hoy es evidente que Kirchner ha sido el que mandaba en la campaña de Cristina. Interesante es recordar las elecciones para el senado en octubre de 2005, cuando Cristina Fernández cambió su escaño de Santa Cruz por el de Buenos Aires. Sus custodios machistas le permitieron un par de discursos, nada más. Esto para que sus mensajes no fueran recitaciones de academia. Este año, sus mandantes masculinos tan sólo la dejaron hablar en las últimas horas de la campaña, para que no trabara el camino con sus interminables digresiones.

No está claro quién gobernará a la Argentina a partir del 10 de diciembre, cuando Néstor Kirchner entregue la banda presidencial a su mujer, acto que en sí tiene rasgos de farsa. ¿Será ella, será él? ¿O será esta extraña corporación matrimonial que ha administrado a la Argentina, primero en la Patagonia y luego ya cómodamente instalada en la capital de la república?