Un mundo difícil

«Somos como viajeros desplazándonos por un nuevo territorio con la ayuda de mapas antiguos; el territorio ha cambiado radicalmente, los mapas no; de modo que nos tropezamos con cursos de agua que no sabíamos que existían, y debemos escalar montañas que nunca imaginamos». Seyla Benhabib, profesora turca de ciencia política en Yale, nos regala esa metáfora desde un cosmopolitismo no ingenuo. También la usa Nancy Fraser, de la New School de Nueva York, para ilustrar cómo en esta sociedad global las escalas de la justicia ya no coinciden con las fronteras de los Estados en los viejos mapas coloreados.

En poco tiempo, mi generación ha viajado por las secuelas de una guerra civil; el aislamiento de la dictadura; la llegada del hombre a la luna; la sed de libertad cuando el régimen agonizaba; la guerra fría; el esfuerzo colectivo por la democracia plasmado en una Constitución socialmente avanzada pero con un dibujo territorial vulnerable; el sueño de Europa progresando hacia la integración; el terrorismo de ETA y su lento final; la guerra de Irak; la crisis económica mundial que creíamos circunscrita al sistema financiero y acabó infectando las cuentas de las administraciones públicas y de los ciudadanos abandonados a su mala suerte; los crímenes del yihadismo; las guerras deslocalizadas; la incapacidad para gestionar los procesos migratorios; el avance de la insolidaridad, los nacionalismos y los populismos, que venden recetas simples para problemas complejos adornadas con eslóganes de falsa seguridad mientras la vieja política está demasiado implicada en los aparatos del Estado y de la economía para merecer la confianza de los ciudadanos.

Supongo que toda generación percibe la prisa de la historia como si fuera la expansión del universo y echa de menos herramientas para dirigir un futuro que ya no es lo que solía. Las tensiones dialécticas entre pasado y presente, conservación y progreso, cambio social y adaptación individual al cambio, serán una constante a través de los siglos, mas lo cierto es que hoy vivimos especialmente desorientados. Junto a la aceleración de los flujos de información, bienes y personas, se hace cada vez más patente la ausencia de un marco de referencia conceptual para explicar las transformaciones sociales. No es ya que falten instituciones globales para dar cuenta de los problemas de la globalización, sino que ni siquiera entendemos bien lo que sucede a nuestro alrededor. La comunidad internacional está quebrada, horizontal y verticalmente, entre los países y dentro de ellos. La desigualdad ha incrementado el número de desfavorecidos incluso en las regiones desarrolladas, pero también ha aislado a las clases dirigentes, a políticos, empresarios, expertos y hasta filántropos, que se autodesignan para acometer fines sociales sin atajar las causas de los problemas, la educación en primer lugar. Creo que ni comprendemos el calado profundo del cambio, ni anticipamos las reacciones de una sociedad herida. Apenas sabemos nada.

Lo más sorprendente de la crisis económica de 2008 es que fuera sorprendente; que los cuantiosos medios públicos dedicados a la prospección no sirvieran para prever la sucesión de desastres. Igual que nos sobrecogen cada día los naufragios en el Mediterráneo, los ataques terroristas y los campamentos de migrantes en la vieja Europa que, en el mejor de los casos, decide retrocederlos físicamente a cambio de dinero y promesas para vecinos con menos escrúpulos. O la sorpresa del Brexit hasta para sus partidarios, sin planes para conducir al Reino Unido fuera de la Unión Europea, apostándolo todo a una disyunción engañosa: seguir apresados en la telaraña de normas comunitarias, o escaparse de esa red sin saber cómo ni adónde, si permaneciendo en el mercado único europeo con las obligaciones sobre el libre tránsito de las que querían liberarse, o huyendo hacia el mito de la soberanía nacional para construir un incierto marco multilateral de tratados comerciales que reemplace al entramado de disposiciones que costó cuarenta años convenir en beneficio mutuo. Se abordan en clave doméstica problemas internacionales de primera magnitud y se aplauden políticas reactivas y vacías de contenido programático. En una compañía mercantil, el responsable que no fuera capaz de prever sucesos semejantes, o que se adentrase sin brújula en un territorio tan arriesgado, sería fulminado inmediatamente. Los políticos, en cambio, permanecen y los partidos emergentes se mimetizan rápidamente con su entorno a base de competir en oportunismo y ramplonería a la caza del próximo resultado electoral. Pero no surgen ideas acerca de cómo organizar la convivencia y las relaciones económicas; y, sobre todo, no hay ideales dignos de ese nombre capaces de orientar a la sociedad, liderarla y vertebrarla.

Los gobernantes del mundo no están programados para tareas tan complejas, sino para ejecutar pequeñas decisiones locales basadas en experiencias muy limitadas. Honestamente hablando, no hay pensadores equivalentes a Erasmo, Montaigne, Vitoria, Grocio, Hobbes, Locke, Rousseau, Voltaire, o Kant sobre quienes se construyó el Estado moderno y el modelo teórico de las democracias liberales que se está agotando por su adherencia casi incondicional a un sistema capitalista sin reglas suficientes y sin moral. Tampoco nuestros gobernantes tienen el hábito de consultar las concepciones del Estado, la economía y la justicia de pensadores más actuales (Marx, Weber, Kelsen, Keynes, Rawls, Habermas, tantos) para revisar metódicamente las instituciones que se van quedando obsoletas. En esta sociedad donde se han entronizado los valores materiales y las fuerzas del mercado, el corto plazo y la vista cansada, es evidente la insuficiencia del debate público y de los proyectos colectivos, la desconexión ignorante entre la reflexión filosófico-científica y la praxis política.

Parafraseando a Benhabib o Fraser, faltan mapas que tracen puentes entre las ideas y los ideales, que sorteen las fronteras injustas, que ubiquen a las personas en el primer plano. Pero antes que el llanto crepuscular por tantos recursos perdidos está, al alba, nuestro esfuerzo personal y solidario. La poeta americana Adrienne Rich escribió en Un atlas del mundo difícil versos que señalan en qué lugar del mural de la vida está la capital del dinero y del dolor, dónde el mar de la indiferencia cubierto de sal, queriendo evitar el naufragio y dejarnos algún consuelo, aunque se necesite más que poesía para ensanchar la mirada y reordenar las instituciones. ¿Cuántos de vosotros daríais, como Virginia Woolf, tres guineas para fundar un gran Instituto Cartográfico de este Mundo Difícil? Ya veo brillar en el nuevo atlas los caminos que, atravesando el futuro como dardos de luz, nos guiarán hasta el último de nuestros hermanos para llevarle el pan suyo de cada día, el perdón por nuestros pecados, la tibia sombra del olivo.

Antonio Hernández-Gil, miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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