Un mundo nuevo con menos orden

Por Mijail Gorbachov, ex presidente de la URSS y presidente a la Fundación Gorbachov (LA VANGUARDIA, 09/11/04):

Al examinar retrospectivamente las revoluciones que sacudieron a Europa y el mundo hace quince años este mes, debemos alegrarnos de lo conseguido -libertad, democracia y superación de la división existente en Europa durante cuarenta años-, pero también debemos hacer balance de las oportunidades desaprovechadas tras el pacifico fin de la guerra fría.

En última instancia, el fin de la guerra fría se debió a la revolución que estaba en marcha en la Unión Soviética. Pero las políticas prodemocráticas de glasnot y perestroika que saqué a la luz a mediados del decenio de 1980 no surgieron por generación espontánea. Procedían de las reformas de Nikita Jrushchev en los decenios de 1950 y 1960 y de las de Alexei Kosygin más adelante.

Muchos consideran ahora aquellos esfuerzos para "renovar" el sistema socialista -para hacer que redundara en beneficio del pueblo en realidad- condenados al fracaso desde el principio, pero aquellas primeras reformas fueron, en realidad, más difíciles de emprender que las que yo lancé en los decenios de 1980 y 1990. Durante mi presidencia, teníamos que alimentar una atmósfera democrática, pero sólo fue posible porque el miedo había dejado de ser abrumador.

También intentamos reducir la carrera de armamentos y abordar otros sectores de conflicto entre el Este y el Oeste. Pero el Muro de Berlín siguió existiendo, erguido en el corazón de Europa como símbolo de división. Cuando el Canciller Helmut Kohl y yo hablamos de ello en julio de 1989, nos pareció que no había llegado el momento de poner fin a la división de Alemania. Coincidimos en que el desmantelamiento del Muro sería probablemente una cuestión por resolver en el siglo XXI.

Naturalmente, el pueblo alemán adoptó otra decisión: tomó la Historia en sus manos al insistir en el desplome del Muro. El resto de la Europa central y oriental se apresuró a seguir su ejemplo, al derribar los obstáculos a su propia libertad.

Mi concepción de mi papel como Presidente soviético me obligó a no intervenir. Consideré que no podía abrir nuestro país y al tiempo imponer mis dictados a los otros. De hecho, desde mi primera aparición como Secretario General de la URSS, en el entierro de mi predecesor, Constantin Chernyenko, dije que cada país debía ser responsable de su política.

De modo que la caída del Muro de Berlín, menos de un decenio después, fue consecuencia de esas ideas. (Pero, incluso en eso, mis ideas y políticas no eran novedosas: en 1955 Jrushchev habló -aunque en un contexto diferente- de unir las dos Alemanias.) Mi misión, tal como la concebí, era la de la de velar por la recuperación pacífica por parte de la Europa central y oriental de su soberanía plena con un mínimo de interferencia soviética. Para sorpresa y alegría del mundo, los cambios se produjeron, en efecto, pacíficamente en casi todos los sitios.

Pero, ¿tuvo el fin de la guerra fría como única consecuencia la de hacer del mundo un lugar más peligroso... caracterizado por el terrorismo, la inseguridad, la incertidumbre y un aumento de las desigualdades en materia de riqueza? Mi respuesta consiste en recordar los terrores que entrañaba la guerra fría. La amenaza de un Armageddon nuclear era real con los tres billones de dólares gastados en la carrera de armamentos que se podrían haber dedicado a ayudar a los pobres del mundo.

Por otra parte, se desaprovechó la oportunidad de crear un mundo posterior a la guerra fría más seguro. En el decenio de 1980, cuando acabó la confrontación comunista-capitalista, existió la posibilidad de crear un "nuevo orden mundial", pero el hundimiento de la Unión Soviética impidió un acuerdo negociado de ese nuevo orden. A consecuencia de ello, en la posterior aceleración de la mundialización no ha habido nadie que llevara el timón... y, por tanto, ha carecido de los medios para aplicar una nueva concepción con vistas a la creación de un mundo mejor.

Nosotros, los rusos, tenemos, evidentemente, la mayor responsabilidad por el hundimiento de la URSS, pero también se deben pedir cuentas a los Estados Unidos. Cuando llegó el cambio, en lugar de seguir un proceso democrático lento, Rusia substituyó de la noche a la mañana su desacreditado modelo comunista con un plan concebido en Harvard que también era inadecuado para el país. Con el tiempo, ese plan puso el país patas arriba.

No fue una conspiración encabezada por los Estados Unidos, pero el desplome de la Unión Soviética vino bien a los Estados Unidos. Este país se vio a sí mismo como vencedor de la guerra fría y los vencedores son, al parecer, quienes imponen las reglas del juego. La guerra del Iraq lo demuestra: se está imponiendo un nuevo imperio americano. El vencedor de la guerra fría espera ahora que otras naciones acepten su concepción de la superioridad moral.

Por desgracia, ese tipo de pensamiento antiguo crea más crisis de las que puede resolver. De hecho, las políticas unilaterales nunca pueden triunfar en un mundo mundializado y caracterizado cada vez más por preocupaciones compartidas que por intereses nacionales.

De modo que, quince años después de la caída del Muro de Berlín, el mundo sigue necesitando más que nunca un nuevo pensamiento. Necesitamos un nuevo orden mundial que beneficie a todos, una sociedad civil mundial que contribuya a la lucha contra el terrorismo. Sabemos que los bombardeos y las operaciones especiales por sí solos no nos harán más seguros, porque debemos luchar contra la pobreza que alimenta el terrorismo.

No es una tarea fácil. Al contrario, como en 1989, afrontamos una urgente necesidad de cambio y dirección responsable.