Un mundo sin secretos

Tan intrépido como simplista, el joven periodista australiano Julian Assange y el puñado de sus colaboradores sostienen que la publicación de documentos secretos de los gobiernos mejorará la calidad de la democracia, frenará las tropelías que cometen los gobiernos y aumentará las oportunidades de paz. La reciente cascada de información hasta ahora secreta en varios periódicos de talante progresista ha sido su mayor victoria. Una victoria, me temo, algo pírrica.

Si han tenido la paciencia de pasar el rastrillo sobre la masa documental, habrán comprobado que no contiene ninguna novedad que haga temblar al orbe. Lo que algunos diplomáticos opinan de diversos jefes de Estado es lo que cualquiera puede escuchar en una recepción mundana, cuando no en la mismísima calle. (No hay un solo dato sobre Nicolas Sarkozy ni sobre Silvio Berlusconi que merezca atención: las revelaciones reflejan solo lo que la gente ya sabe de su estilo y catadura). Decirnos que Arabia Saudí insistió en que Estados Unidos bombardeara Irán es una revelación de poca monta. A nadie sorprende que el régimen saudí no deseara otra cosa. Si mañana se produjera otra filtración según la cual Riad mostrara escasísimo interés en ayudar de veras a los enemigos árabes de Israel a lograr su objetivo, también Wikeleaks nos descubriría lo que ya todos sabemos. Que los señores feudales arábigos temen mucho más al radicalismo islámico doméstico que a otra cosa.

El problema está en la creencia de que el secreto es algo que puede ser eliminado con la única arma de una presunta integridad moral apoyada en internet y los instrumentos de la panoplia tecnológica. El secreto, como no es secreto, es un elemento crucial en la vida humana. Hay enamorados secretos, amantes secretos, comisiones secretas. Las intenciones de sindicatos, partidos, gobiernos, corporaciones, redacciones de periódicos, rectorados universitarios o directores de banca son secretas por definición, hasta que se plasman en decisiones públicas. La de si el presidente del actual Gobierno español se presentará o no como candidato a las elecciones es hoy un secreto, que dice él mismo que solo conocen su esposa y otro miembro de su partido. (Un secreto: no se presentará.)

Hay demasiada perplejidad sobre el secreto. Existe y existirá, a pesar de Wikileaks. Ya Eva, al darle a Adán la manzana, sabía que, al venir del árbol del Bien y del Mal, llevaba el veneno que condenaría a la raza humana a ser lo que es. No me dirán que no lo sabía. ¿O es que están en el secreto?

Quienes creen que lo secreto es innecesario se han despachado diciendo que hay que acabar con la teoría conspirativa de la historia, una teoría mucho más acertada de lo que se suele confesar, puesto que conspiraciones -secretas- las ha habido, las hay y las habrá. Gobiernos y curias no son más que organizaciones legítimas para conspirar. Eso sí, declaran conspiradores a quienes están fuera de ellas. La democracia es el orden político que legitima la conspiración del contrincante, al que llama oposición. Nadie osa definir lo que es, de veras, la transparencia, que tanto invocamos.

Sin embargo, no sería aceptable argumentar que, ya que el secreto es inevitable, no merece la pena revelarlo. Al contrario, cuando un secreto acoge intención de delito, la exposición pública del malhechor en ciernes es absolutamente necesaria. Si esa era la intención de Wikileaks nada habría que objetar.

En la medida en que debemos aspirar a una sociedad mínimamente decente, la exposición pública de cualquier desmán es necesaria. Lo más desesperante es la frecuencia con que se denuncian abiertamente los delitos y la indiferencia con que esas denuncias son ignoradas. Hay mucha mayor tragedia en la indiferencia pública ante la más elemental información sobre tales desmanes que en las sensacionalistas revelaciones del periodista Julian Assange y sus amigos. En buena ley, deberíamos haber reaccionado con una mínima energía a las atrocidades chinas en el Tibet o en Sing Kiang -por poner un ejemplo que por una vez no sea el de las cometidas por nosotros en Mesopotamia, junto a Estados Unidos y al Reino Unido-, más que a las revelaciones internéticas con que se despidió el año 2010.

No digo que baste con lo que se sabe, pero habría mucho ganado si lo sometiéramos a mayor escrutinio público. Por poner algún ejemplo: ¿cómo y por qué el Gobierno español, en contraste con los otros europeos, no reconoce la independencia de Kosovo? ¿Hace falta Wikileaks para que nos digan por qué? En Catalunya, en cualquier esquina se lo contará a usted un ciudadano socarrón. ¿Es preciso lamentarse si el Gobierno negocia o no secretamente con ETA? ¿O es que las conversaciones entre el Gobierno británico y el IRA para poner fin al conflicto de Irlanda se condujeron con luz, taquígrafos e internet?

Salvador Giner, presidente del Institut d’Estudis Catalans.

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