¿Un mundo unificado por internet?

Un mundo globalizado no es necesariamente un mundo homogéneo, sin fronteras, sin distancias ni diferencias entre los hombres y los grupos humanos. Al contrario, la globalización tiene, al menos, dos efectos opuestos que, además, pueden alimentarse recíprocamente. Por una parte, suscita reacciones culturales en las que se repliegan sobre sí mismas identidades colectivas, comunidades y naciones que se cierran y quieren aislarse unas de otras mucho más que pertenecer a un solo universo cosmopolita, abierto a los cuatro vientos. Por otra parte, provoca o amplifica desigualdades económicas, deshace el vínculo social y suscita, entre sociedades y en su seno, fracturas territoriales. La globalización unifica e integra el planeta, pero también lo fragmenta.

Sin embargo, las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información ¿no actúan en sentido único, no llegan a uniformar el mundo y a transformarlo en una aldea global, como decía el pionero del análisis de los modernos medios de comunicación, Marshall McLuhan? ¿No accede todo el mundo, en la actualidad, a una cultura única en la cual los individuos vivirían todos al mismo ritmo, en la misma temporalidad, en un mismo espacio, en lo que un geógrafo, David Harvey, ha llamado “la doble compresión del tiempo y del espacio”?

Esta idea puede resultar políticamente indiferenciada, sin tener en cuenta las desigualdades, por ejemplo, geopolíticas entre países para interesarse sólo por los individuos y las culturas a las que pertenecen. Puede, asimismo, amoldarse a la constatación según la cual Estados Unidos, en este terreno, dispondría de una especie de monopolio en la práctica, de una posición ampliamente hegemónica, como ha revelado en cierto modo Edward Snowden al exponer a la luz pública los programas de control y vigilancia de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense.

A partir de ahora, podemos observar cómo funciona el enlace entre la Administración estadounidense y las empresas que gestionan internet y, especialmente, las principales redes sociales como Facebook o Twitter, garantizando a Estados Unidos un dominio sobre el mundo que añade un poder blando, el de la influencia intelectual, cultural, científica, al poder duro de las armas y de los recursos directamente económicos. Si un ámbito se unifica a escala planetaria, ¿no es el de la comunicación, bajo el estandarte estadounidense? Hay que matizar esta constatación, de forma que dos argumentos merecen examinarse en este caso.

El primero, precisamente, es geopolítico. Las revelaciones de Snowden, efectivamente, han hecho algo más que preocupar a los poderes y a las opiniones públicas en muchos países. Les han incitado, asimismo, a reflexionar sobre las formas que podría adoptar la independencia de sus sistemas de comunicación en un marco nacional; el de Alemania o de Francia, por ejemplo, o en un espacio más amplio como Europa, por ejemplo.

La protección de los datos digitales constituye, a partir de ahora, un asunto diplomático capital en los encuentros franco-alemanes y en las relaciones entre la Unión Europea y Estados Unidos.

Por otra parte, países de régimen autoritario se dotan de los medios de aislar a su población de los sistemas de alcance mundial y de censurar internet; es, sobre todo, el caso de China.

Por último, la interconexión de todas las redes no está destinada a imponerse necesariamente, de modo que cabe imaginar perfectamente subconjuntos nacionales o regionales que actúen con gran independencia. La comunicación y la información pueden verse también a su vez atrapadas en las lógicas de la fragmentación.

El segundo argumento es lingüístico. Si bien es verdad que decenas de lenguas mueren cada año, no es menos probado que numerosas lenguas se reactivan y cobran vigor en nuestros días aunque pueda pensarse que se ven cercenadas por el inglés. Esto es así, por ejemplo, en toda África, donde se trata cada vez más de desarrollar sistemas educativos basados en las lenguas africanas, incluida la enseñanza de las ciencias, y donde una Academia Africana de las Lenguas, Acalan, se creó en el 2001 para acompañar este movimiento y para promover estas lenguas, locales o transfronterizas.

O incluso en Alemania, donde los dialectos locales experimentan desde hace unos años un renovado vigor. Y qué decir, también, de las lenguas vasca o catalana, que desde hace mucho tiempo no habían conocido una salud tan buena.

En todo el mundo, lenguas distintas del inglés atestiguan a su vez una gran vitalidad; unas habladas por una población de recursos limitados, otras que muestran la existencia de comunidades lingüísticas considerables, ya se trate del español, del árabe, del mandarín o, incluso, del francés; se espera que la francofonía triplique sus recursos a escala planetaria dentro de unos treinta años.

En esta perspectiva, la creación o el refuerzo de espacios lingüísticos puede responder a las lógicas de unificación comunicacional, que se desplieguen tanto más que la lengua inglesa es reina. Ahora bien, también en este caso desconfiemos de los esquemas excesivamente simplistas. Es posible que en el futuro asistamos a la fragmentación cultural de la “aldea global” de la que hablaba McLuhan. Y es posible asimismo que esta fragmentación se encuentre como dominada por una mayor disociación del mundo en dos subconjuntos sociales y económicos: los que utilizan internet, las redes, los recursos de la comunicación moderna en un mundo cosmopolita como ciudadanos del mundo o que participan de lleno en la economía globalizada y que viven en ese caso en inglés, y quienes lo hacen en espacios territoriales y lingüísticos limitados.

En definitiva, hemos de reflexionar sobre escenarios susceptibles de ir en contra de estas lógicas de fragmentación y de fracturas, teniendo en cuenta la variedad de las culturas y de las lenguas y haciendo frente al aumento de las desigualdades sociales que son, asimismo, económicas, políticas, geopolíticas, digitales y territoriales. ¿No hemos de imaginar, y de tratar de construir, un mundo donde sea conciliado lo inconciliable? En primer lugar, el respeto a los valores universales y, por tanto, la comunicación incluso en sus dimensiones planetarias y cosmopolitas; en segundo lugar, el reconocimiento de la diversidad cultural y lingüística y, en tercer lugar, las políticas públicas para reducir las desigualdades sociales.

Michel Wieviorka, sociólogo. Profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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