Un Nobel para la economía del cambio climático

Ayer por la mañana me encontraba en una charla de Peter Newman, ecologista famoso por sus estudios sobre la sostenibilidad de las ciudades y el problema de su dependencia del automóvil, cuando salió anunciado que uno de los premios Nobel de Economía de este año recaía en William Nordhaus, profesor de la Universidad de Yale.

Ni Nordhaus ni Romer, con el que comparte galardón, pueden considerarse una sorpresa, ya que sus nombres se barajaban en los últimos años. El denominador común son sus contribuciones al conocimiento de los condicionantes del crecimiento económico a largo plazo: la innovación tecnológica y la educación (Romer) y el cambio climático (Nordhaus).

En el caso de William Nordhaus, puede considerarse el «padre» de la economía del cambio climático, a riesgo de enfadar a quien tenga sus propios ídolos, pero es que ya en 1976 escribió un artículo titulado «Crecimiento económico y cambio climático». Para ponerlo en contexto, no es hasta diez años más tarde, en 1988, que James Hansen publica junto a otros autores el trabajo en el que se establece que la Tierra se estaba calentando, y no enfriando como se creía anteriormente, a causa de las emisiones de gases invernadero. Y no es hasta 1990 que aparece el primer informe del Grupo Internacional sobre el Cambio Climático (IPCC). Curiosamente, el anuncio del Nobel ha coincidido con el del último informe del IPCC que aboga por la necesidad y posibilidad de un objetivo de 1,5 grados, una visión más esperanzadora de las posibilidades a nuestro alcance si tomamos las medidas adecuadas, pero no menos urgente y grave.

El cambio climático se caracteriza porque las decisiones a corto plazo (cuánto emitir, cuánto invertir, cuánto consumir…) tienen consecuencias a largo plazo. Es aquí donde se encuentra quizá la mayor de las contribuciones de Nordhaus: la incorporación de modelos integrados (conocidos por sus iniciales, Dice y Rice) que combinan un modelo económico y un modelo climático, permitiendo así conectar las decisiones de inversión en innovación y de uso de la energía con los efectos del cambio climático. Este tipo de modelos permiten, entre otras cosas, la estimación del precio del carbono o coste social del carbono, es decir, el coste que tiene emitir una tonelada de CO2, teniendo en cuenta sus repercusiones tanto en esta generación como en generaciones futuras. Este precio se ha utilizado, sólo en Estados Unidos, para regular actividades con más de mil millones de dólares en beneficios.

Por supuesto, las contribuciones de Nordhaus no están exentas de controversia académica, una controversia constructiva y basada en el método científico, entre las que destaca el debate sobre la tasa de descuento temporal entre Nordhaus y Stern (de la Stern Review). Curiosamente, ambos son premios de Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en el área de cambio climático: Nordhaus el año pasado y Stern en 2010.

En temas de política económica, Nordhaus comparte con la mayoría de los economistas la necesidad de establecer un impuesto a las emisiones de CO2 y de crear mecanismos que induzcan a la participación de los países de rentas más bajas en la reducción de emisiones mediante incentivos económicos y tecnológicos. Una de sus últimas propuestas es la creación de Clubes del Clima como un mecanismo para resolver el problema del free-rider (o del «gorrón») en los acuerdos internacionales para reducir emisiones. El «gorrón» es el país que se beneficia de las reducciones de emisiones de otros países sin contribuir con su esfuerzo. El problema radica en que no se puede excluir a nadie de las ventajas de no sufrir los efectos del cambio climático, y por tanto todos los países tienen incentivos a «gorronear». En la propuesta de Nordhaus los países crean clubes cuyos miembros se benefician de aranceles muy bajos, pero que han de comprometerse a una reducción sustancial de sus emisiones de CO2.

Es por tanto un premio merecido, no sólo por su contribución al conocimiento de los efectos del cambio climático en la economía y de las decisiones económicas en el cambio climático, sino también por crear una escuela de economistas y ecologistas preocupados por la necesidad de un estudio riguroso de estos temas. De hecho, tal y como escribe el comunicado oficial, los Nobel de Economía de este año premian las contribuciones metodológicas que nos ayudan a entender los fundamentos detrás de las causas y consecuencias de la innovación tecnológica y el cambio climático, demostrando la importancia de los modelos teóricos y el método científico en la economía, además de una necesidad de una visión interdisciplinar y a largo plazo de los principales problemas que nos afectan.

Humberto Llavador, profesor de Economía de la Universidad Pompeu Fabra.

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