¿Un nuevo califato?

La reciente declaración de un califato por parte de la milicia del Estado Islámico en Irak y Siria (ISIS) es un hecho sin precedentes en tiempos modernos. Sin importar cómo termine el asunto, una cosa está clara: el yihadismo violento ya es un elemento indisoluble del panorama político árabe.

Ningún grupo musulmán con control territorial había hecho una apuesta semejante desde que la República Turca abolió en 1924 el califato otomano. Incluso las demandas de Al Qaeda y los talibanes nunca fueron más allá de la creación de miniestados (emiratos), que esperan que en algún momento se consoliden en un califato.

Esta vacilación se puede explicar, al menos en parte, por el hecho de que ni Osama bin Laden ni el mulá Omar (líder de los talibanes) reúnen las condiciones para ser califas, una de las cuales es demostrar ser descendientes de la tribu del profeta Mahoma, los Quraysh. Esto sí puede hacerlo el nuevo aspirante a califa, Abu Bakr Al Baghdadi, emir del Estado Islámico.

Según el pensamiento político islámico, un califato (a diferencia de una nación-estado convencional) es una entidad no limitada por fronteras fijas, centrada en la defensa y la expansión del dominio de la fe musulmana por medio de la yihad, o lucha armada.

El anuncio del califato, titulado “Esta es la promesa de Alá”, se emitió el primer día de Ramadán, mes sagrado del Islam, y plantea una idea radical para la reconfiguración del mundo árabe. En primer lugar, declara que el ISIS abandona la referencia a “Irak y Siria” en su denominación, para convertirse simplemente en Estado Islámico, lo que implica que tiene en la mira otros países, especialmente Jordania, Arabia Saudita y, posiblemente, Líbano.

El resto de la declaración abunda en citas del Corán, en varias de las cuales aparece Dios designando a los “auténticos creyentes” como sus regentes en la Tierra y concediéndoles poder para humillar y derrotar a sus “enemigos”, que ahora incluyen a los musulmanes shiítas, los demócratas, los nacionalistas, la Hermandad Musulmana, los judíos y los cristianos. La declaración añade que esos creyentes operan ahora bajo la bandera del Estado Islámico, que en la actualidad controla el territorio entre Alepo, en Siria, y Diyala, en Irak, donde ya estableció estructuras protoestatales: tribunales, impuestos, servicios sociales y de seguridad.

El Estado Islámico proclama que todos los musulmanes, incluidas todas las facciones yihadistas, deben reconocer al califa como su líder o exponerse a vivir en pecado. Aunque esta idea de obligación religiosa colectiva es mayormente compatible con el derecho islámico tradicional, la mayoría de los musulmanes consideran que tales exhortaciones son irrelevantes en la edad moderna.

No obstante ello, el Estado Islámico comandado por Al Baghdadi está convencido de que el nuevo califato prosperará (de hecho, que está previsto que así sea). Al Baghdadi, cuyo nombre real es Ibrahim Awwad Ibrahim Ali Al Badri Al Samarrai, es un iraquí de unos cuarenta y tantos años, procedente de Samarra, al norte de Bagdad; una figura bastante enigmática, con un título de grado superior en estudios islámicos y buenas dotes de estratega y orador.

Al Baghdadi consiguió hacer numerosos pactos con las tribus suníes de Irak, sin las cuales no hubiera podido conquistar tanto territorio en tan poco tiempo. En las pocas grabaciones suyas que se han difundido, muestra dominio del árabe clásico. Todo esto lo ayudará a alcanzar su meta de suceder a Osama bin Laden como líder de la yihad global contra los infieles.

Pero la trascendencia política del anuncio del nuevo califato todavía está por verse. Que su influencia se prolongue en el tiempo depende de dos factores.

El primero es que el Estado Islámico siga obteniendo triunfos militares y pueda mantener y consolidar el control territorial. Hasta ahora, el éxito de los yihadistas dependió en gran medida de las divisiones internas de los países árabes y de la debilidad de sus gobiernos, particularmente los cinco que perdieron el control de partes importantes de su territorio (Libia, Egipto, Siria, Irak y Yemen) y que no dan señales de estabilizarse. Aunque un nuevo trazado de fronteras nacionales es improbable, el hecho de que el control yihadista de grandes territorios ya comienza a verse como cosa natural les facilitará sin duda acumular recursos financieros y reclutar nuevos militantes.

El segundo factor es que el Estado Islámico sea capaz de procurarse suficiente apoyo. Hoy, el yihadismo está más dividido que nunca. Hasta Ayman Al Zawahiri, líder actual de Al Qaeda, considera que Al Baghdadi es un extremista, y puso distancia entre su grupo y el Estado Islámico.

Pero muchas organizaciones e individuos yihadistas, particularmente los jóvenes, dieron señales de apoyo al califato. La declaración del Estado Islámico ya fue vista más de 187.000 veces en YouTube y se la publicó una infinidad de veces en Twitter y Facebook, generando comentarios positivos. Hay también un hecho más preocupante: la aparición de un grupo denominado Partidarios del Estado Islámico en Jerusalén, que asumió la responsabilidad por el asesinato (como regalo para el nuevo califa) de los tres adolescentes israelíes secuestrados cuyos cuerpos se hallaron hace pocos días en Cisjordania.

El yihadismo goza de evidente buena salud en todo el mundo árabe. Tras varias décadas de gobiernos injustos e ineficaces (amén de desastrosas intervenciones extranjeras), no faltan ciudadanos marginalizados y frustrados para que organizaciones como el Estado Islámico los recluten. Tanto si el nuevo califato prospera o no, la violencia religiosa en el mundo árabe va en camino cierto de empeorar.

Bernard Haykel is Professor of Near Eastern studies at Princeton University. Cole Bunzel is a doctoral student at Princeton University. Traducción: Esteban Flamini

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