Un nuevo ciclo ibérico

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 06/09/06):

España y Portugal son dos Estados hermanos, en la Península Ibérica, con múltiples raíces comunes. Sus respectivas historias, a lo largo de los siglos, han discurrido casi siempre en paralelo, si bien no han faltado en ocasiones periodos conflictivos, sobre todo entre Castilla y Portugal, con sus respectivos pueblos. Lo más frecuente, con todo, ha sido la desatención mutua y el vivir de espaldas. Las casas reales, a veces entrelazadas por casamientos y alianzas efímeras, a veces rivales al formar parte de alianzas europeas hostiles, tampoco facilitaron el natural entendimiento entre los pueblos.

A principios del siglo XIX, Portugal y España fueron invadidos por los ejércitos napoleónicos. La corona portuguesa (D. João VI y su mujer, la reina Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII de España), así como una parte significativa de los cortesanos, huyeron hacia Brasil (1808), con la ayuda de Inglaterra. La capital del imperio portugués pasó de Lisboa a Río de Janeiro. Un acontecimiento inédito en los anales del colonialismo europeo, que consolidó la identidad y la unidad política de Brasil y facilitó, en 1822, su independencia, que fue obtenida de forma prácticamente consensuada, sin necesidad de disparar un solo tiro.

En el siglo XX, la Primera República Portuguesa, proclamada en 1910, pervivió 16 años. De raíz masónica, jacobina y anticlerical, tomó parte en la I Guerra Mundial, al lado de los aliados. Al contrario de España, que permaneció neutral. Sidónio Pais, un militar germanófilo, interrumpió en 1917 este periodo constitucional republicano proclamando en 1918 la “República Nova”, es decir, una dictadura. Que no duró mucho, visto que fue asesinado en diciembre de 1918. En cualquier caso, precedió al dictador español Primo de Rivera, en el reinado de Alfonso XIII (1923-1930), en dar inicio así a las desastrosas dictaduras peninsulares del siglo XX, con Salazar (seguido por Marcelo Caetano, a partir de 1968) y Franco, hasta su muerte natural.

La Segunda República Española (1931-1936) supuso una alborada de esperanza para toda la Península Ibérica. También para Portugal, que estaba ya sometida a la dictadura de Salazar. Sin embargo, con la tragedia de la Guerra Civil (1936- 1939), en la que Salazar intervino activamente en apoyo de Franco, contra los intereses portugueses, al lado de los fascistas italianos y de los nazis alemanes, en una Europa dividida y a todo galope hacia una nueva guerra mundial, cayó sobre los pueblos ibéricos un “telón de acero” de opresión, de aislamiento internacional, de oscurantismo y de subdesarrollo…

El Pacto Ibérico, firmado entre Salazar y Franco, fue el resultado de una maniobra entre ambos dictadores, en tiempos de guerra, a pesar de la desconfianza mutua que siempre se profesaron. Después de la guerra y de la derrota del nazi-fascismo se vieron a salvo, los dos, a causa de la guerra fría, gracias a una decisión tomada por ingleses y americanos, quienes, sobrevalorando el miedo al comunismo, optaron por despreciar su compromiso ante el mundo de defender la democracia y la libertad… Fue una gran traición de Occidente contra los pueblos ibéricos.

La revolución de los claveles del 25 de abril de 1974, representó un corte neto y abrupto con la dictadura colonialista portuguesa, que había durado más de cuatro décadas. Tuvo una profunda influencia, por lo demás, en la transición democrática española, que se hizo inevitable tras la muerte de Franco en noviembre de 1975.

Con la democracia consolidada en España y Portugal -y un nuevo Tratado de Amistad y Cooperación que tuve el honor de firmar, mientras por parte española lo hacía Adolfo Suárez- las relaciones entre los dos Estados se hicieron más fluidas y amistosas, a la vez que se profundizaba en todas las vertientes. La entrada simultánea de ambas naciones en la entonces CEE, el 12 de junio de 1985, además del desarrollo y de la modernización que supuso para los dos países, implicó un incuestionable viraje hacia un mercado integrado ibérico. Se abrieron las fronteras y han ido desmoronándose, paulatinamente, viejas desconfianzas. En efecto, Portugal y España son hoy miembros de la Unión Europea, aliados en la OTAN, hermanos en Iberoamérica y vecinos que tienen intereses convergentes en la Unión Europea, a la que pertenecen, en el Mediterráneo, en el Atlántico y en Suramérica.

Es mi opinión que la oportunidad histórica derivada de la feliz circunstancia de que los gobiernos de España y Portugal tengan ahora a su frente a dos socialistas, no debe ser desaprovechada. Nos permitirá profundizar en una nueva fase de nuestras relaciones, en distintas vertientes y sobre todo en la dimensión continental, dado además que el aparente callejón sin salida institucional generado en la Unión Europea y la crisis de liderazgo que se manifiesta en ella, abren oportunidades y exigen mayores responsabilidades -y mayor visibilidad- a las iniciativas políticas que pudieran llegar a ser tomadas por los dos Estados peninsulares.

El siglo XXI, por tanto, puede suponer la apertura de un nuevo ciclo ibérico, que ponga las bases para que los pueblos de la Península alcancen un nuevo protagonismo en el marco comunitario y mundial. De ahí que crea que España y Portugal no obtendrán más que ventajas en promover iniciativas convergentes y en reforzar su recíproco entendimiento.

Por otro lado, los portugueses deben dejar de ver a España como una potencia hegemónica, potencialmente peligrosa para Portugal. Eso es algo que tiene que ver con el pasado. España es hoy una gran democracia plural, descentralizada, capaz de reconocer las identidades y los derechos de las nacionalidades y autonomías que la componen. Ésa ha sido la tarea que Zapatero ha venido realizando, con gran inteligencia política, sobriedad y persistencia, y que le está granjeando la admiración de los amigos y aliados de España y, por tanto, de Portugal también.