Un nuevo discurso

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 10/01/08):

La pugna entre Hillary Clinton y Barack Obama, que ha alcanzado un emocionante clímax en los caucus y primarias de Iowa y New Hampshire, además de darnos envidia, nos reconcilia con los más profundos valores de nuestra democracia.

Estos valores, en definitiva, no son otros que aquellos que sustentan - mal que bien, precariamente o de forma más plena- la convivencia de las sociedades occidentales. Son valores que arrancan del humanismo moderno que empieza a asomar la cabeza hacia los siglos XIV y XV - producto de una relectura europea de los clásicos griegos y romanos- y se consolidan con el mundo ilustrado, del cual todavía no hemos salido. Obviamente, estos valores son la libertad individual, la igualdad entre las personas y la participación en el gobierno.

No sé, ni nadie puede saber, si el futuro candidato demócrata será Obama o Clinton. Pero todo hace pensar que uno de los dos será el próximo presidente de Estados Unidos. En efecto, no es de prever que los republicanos ganen las elecciones a la presidencia por dos razones. En primer lugar, porque ninguno de los actuales aspirantes parece tener una personalidad suficientemente acusada como para ser elegido, quizás con la excepción de Giuliani, que aguarda agazapado hasta el supermartes del 5 de febrero y aún es una incógnita como líder nacional.

Pero, en segundo lugar, es difícil que el fracaso sin paliativos de George W. Bush no afecte a su sucesor e, incluso, a la misma unidad de su partido. En efecto, el actual presidente imprimió un notable giro a algunas tradiciones de la política estadounidense comunes a los dos partidos: el unilateralismo sustituyó al bilateralismo en política exterior, Guantánamo es una excepción al sistema de libertades constitucionales, el Partido Republicano fue abducido por el ala integrista cristiana y ha mantenido en cuestiones de moral y costumbres una posición extremista. Esto, en definitiva, es lo que se llamó movimiento neocon. Se podía mantener la duda sobre si la sociedad estadounidense aceptaría este giro - como aceptó el neoliberalismo de Reagan- o, simplemente, se trataba de un breve paréntesis en la historia del país. Afortunadamente, creo que podemos ya confiar definitivamente en lo último. La desbandada entre los neocons es un hecho y su fracaso - personificado en la guerra de Iraq y en el modo de combatir al terrorismo- es más que visible. Al candidato republicano, sea quien sea, todo ello le supondrá una rémora difícilmente superable.

Por tanto, el próximo presidente es más que probable que sea un demócrata: Clinton u Obama, curiosamente una mujer o un hombre de raza negra. Y sea quien sea de los dos, con independencia de su raza o género, supondrá un cambio: ello se ha visto estos últimos días en Iowa y en New Hampshire. Y quien tira hacia este cambio es, sobre todo, Obama.

Efectivamente, Hillary Clinton es una candidata, no sólo con una imagen reformista, sino con una trayectoria política que certifica esta imagen. Dentro del equipo inicial de Bill Clinton fue ella quien más se significó como renovadora al intentar una reforma de la sanidad que fue impedida por los grandes grupos económicos con intereses en ese ámbito, especialmente los farmacéuticos. Por tanto, su ideología política ya ha sido comprobada. Ahora bien, su condición de ex primera dama y de senadora por Nueva York, e incluso su edad, le dan un aire más conservador que el impetuoso y joven competidor que tiene enfrente, el cual si no se deshincha se está revelando como un fenómeno político de primera magnitud.

La Vanguardia del pasado sábado reprodujo el texto íntegro del discurso de Obama al vencer en Iowa: se trata de una pieza que vale la pena leer, una pieza magistral de la oratoria política, el discurso de un auténtico líder. Primero, Obama se identifica con los suyos y los hace partícipes de su victoria, que es la victoria de todos; segundo, les recuerda su principal idea-fuerza: un proyecto de cambio que dé al pueblo "esperanza en el futuro" frente al "miedo al futuro" que ha caracterizado la política de Bush; tercero, hace una breve enumeración de los principales aspectos de su programa político: fin de la guerra de Iraq, nueva política fiscal que no penalice a las clases medias, renovación de la vida política haciendo frente a los lobbies de Washington; cuarto, evoca su infancia y juventud para acercarse a quienes le escuchan y demostrar que, en el fondo, no es más que uno de ellos ( "mi viaje empezó en las calles de Chicago, haciendo lo que muchos de vosotros habéis hecho..."); quinto y último, lanza un mensaje de confianza en la victoria: "La esperanza es el cimiento de este país, la creencia de que nuestro destino no será escrito para nosotros, sino por nosotros, por todos los hombres y mujeres que no se conforman con el mundo tal como es...". Memorable.

Veremos cómo se desarrolla la competición. En menos de un mes seguramente se habrá dilucidado la incógnita. En todo caso, la política norteamericana parece emprender un rumbo distinto, el discurso demócrata es nuevo, recuerda los viejos tiempos kennedianos, cuando Estados Unidos era más Venus que Marte, antes de Vietnam, antes de Iraq.