Un nuevo horizonte

En los últimos tiempos, muchas de las más interesantes opiniones políticas publicadas en los periódicos solemos encontrarlas en las páginas de economía. Las pequeñas trifulcas entre partidos, los comentarios sobre inciertos, y tantas veces equivocados, sondeos de opinión, así como las insustanciales declaraciones de los políticos, suelen dar explicaciones muy pobres sobre lo que verdaderamente nos está pasando. En cambio, en las páginas de economía a veces encontramos análisis que nos permiten ir más allá de los hechos, entender sus causas y prever sus consecuencias. Es el caso, por ejemplo, del artículo “La razón última de la crisis”, escrito por Joaquim Muns y publicado en La Vanguardia del pasado 2 de junio.

Muns considera que las hipotecas basura, la crisis de la construcción o el descontrol bancario, son las causas inmediatas de la actual crisis, pero no su razón última, que encontramos en un proceso anterior más profundo y trascendente. Esta razón última tiene una doble vertiente. En primer lugar, el progresivo desplazamiento del poder económico desde los antiguos países industriales a los nuevos países emergentes. En segundo lugar, la incapacidad de las tradicionales sociedades desarrolladas en adaptarse a este cambio geoestratégico.

En efecto, a lo largo del siglo XX, y especialmente a partir de 1945, los países subdesarrollados han aportado a los países ricos materias primas y energía a precios muy bajos, lo cual permitía a los países occidentales fabricar mercancías baratas y mantener unos salarios razonablemente altos que facilitaban el consumo de masas y, mediante altos impuestos a las clases trabajadoras, tanto medias como bajas, poder así financiar el Estado de bienestar. Así pues, el tercer mundo, sumido en una gran pobreza debido al expolio de los países ricos, suministraba materia prima barata que el primer mundo convertía en producto industrial: EE.UU. y Europa occidental eran, a la vez, fabricantes y consumidores.

Esta situación, dice Muns, ha cambiado en los últimos decenios: ahora las fábricas están en los países emergentes del Sudeste Asiático, cada vez más en Latinoamérica y, de forma incipiente, en África. Estos países emergentes, ya industriales, son mucho más competitivos que las antiguas potencias occidentales al tener una reserva de trabajo más barata y, especialmente, al asimilar muy rápidamente las tecnologías más avanzadas.

Ante esta situación, dice Muns, los viejos países occidentales tenían dos salidas: disminuir el nivel de las condiciones laborales (especialmente salarios y horas de trabajo) o imponer trabas proteccionistas al comercio mundial. Afortunadamente, hasta ahora no han optado por ninguna de ellas, al menos de forma drástica. Pero la opción escogida, la más cómoda para empresas y gobiernos, ha constituido el error que está en el verdadero origen de la actual crisis: endeudarse más allá de lo que se podía, razonablemente, devolver con comodidad. La crisis social por la que atravesamos, con precipitados y arbitrarios recortes de gasto, tanto público como privado, es consecuencia del muy difícil y costoso pago de esta deuda.

La solución acertada –¿la que emprendieron hace unos años Alemania y los países nórdicos?– hubiera sido, quizás, el aumento de la competitividad y un mejor reparto del trabajo. Parece que en eso estamos hoy en España. Precisamente en la página contigua al artículo de Muns se publicaba otro de Alfredo Pastor que, hablando de España, probablemente partía de un diagnóstico parecido y llegaba a dos principales conclusiones. En primer lugar, Pastor sostenía que “hemos de acostumbrarnos a ser más pobres de lo que imaginábamos que íbamos a ser porque si durante más de una década mantuvimos un déficit frente al exterior fue, naturalmente, porque el conjunto del país gastaba más de lo que producía y vivía en parte de prestado”.

Fíjense en que Pastor no dice que debamos ser más pobres, sino “más pobres de lo que imaginábamos que íbamos a ser”. Es decir, anuncia que, si bien las perspectivas de crecimiento serán menores de lo esperado, hay posibilidades de superar de forma moderada el estancamiento. Con este fin, propone un proyecto común basado en crear trabajos de calidad que requieran una buena formación y permitan ofrecer buenos salarios. Es decir, propone reorientar la política económica mediante inversiones, ayudas públicas y un modelo educativo que logren asentar nuestra estructura productiva sobre unos pilares distintos a los actuales.

No concreta mucho más Pastor, pero muestra como es necesario un proyecto nuevo, un horizonte distinto, dejar de contentarnos con el cómodo expediente que supone decir simplemente que debemos salir de la crisis o que estamos contra los recortes. Si el problema de fondo es el que señala Muns, y parece razonable que así sea, en España debemos empezar a encontrar un modelo distinto de crecimiento económico para adaptarnos a la nueva situación, así como un nuevo modelo social y hasta cultural. Cada vez creo más que es en esto último, en lo cultural, hoy tan abandonado, donde está la clave del futuro.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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