Un nuevo pensamiento

Gilles Lipovetsky, Amin Maalouf y otros pensadores de los años veinte han vuelto a la escena sociológica para que podemos comprobar que muchas de sus ideas se han diluido con el tiempo y conforman un pensamiento inteligente pero caduco. Los dos autores mencionados han caído en la tentación de un pesimismo radical sobre el futuro de la humanidad.

Lipovetsky habla del agotamiento del debate político y el incremento de todo género de inseguridades, y Maalouf titula su libro «El naufragio de las civilizaciones» y da por cierto que la nuestra ha iniciado ya ese proceso.

Su reaparición demuestra también que no hay un pensamiento nuevo y que nos movemos intelectualmente entre la crisis de la democracia y la del capitalismo, sin salir de este círculo de fuego y navegando sin rumbo entre los problemas que plantean la inmigración y la desigualdad. Habrá que reaccionar pronto si no queremos dejar todo el espacio político a la entera disposición de un populismo cada vez más agresivo y prepotente. En ese pensamiento nuevo habrá que incorporar las siguientes ideas:

-Es imposible penetrar en los problemas actuales desde una sola óptica. Es indispensable la participación de todos los puntos de vista interesados. La diversidad es en este caso la clave de la solución.

-Antes de reflexionar -creo que lo decía Michael Foucault- hay que pensar si estamos dispuestos a pensar de forma distinta a como pensamos. No es cuestión menor. Hay querencias difíciles de superar.

-Reducir por ello la tentación al dogmatismo es una actitud muy favorable a la innovación.

-No hay que establecer límite alguno a las posibilidades de cambio.

-La curiosidad intelectual permanente es la clave del progreso cultural, sociológico y económico.

Solo así estaremos en disposición de afrontar una época en donde se van a acelerar los índices de obsolescencia tanto de productos como de ideas como consecuencia, entre otros, de los siguientes fenómenos:

-La longevidad seguirá aumentando en los próximos tiempos. Se ha hablado sin apoyo científico serio que el límite absoluto habría que situarlo alrededor de los 120 años, pero la mayoría de expertos piensa que con la nueva medicación ad hoc, el ejercicio físico y la alimentación adecuada, lo prudente sería hablar de una longevidad creciente sine die que va a afectar al sistema de pensiones, va a acentuar el fenómeno ya grave de la soledad y va a obligar a renovar el sistema educativo para permitir que la longevidad mental acompañe a la física.

-El cambio climático va a provocar por su parte una revolución en los medios de transporte, en la alimentación, en nuestros hábitats y en muchas costumbres cotidianas que tendrán que asumir lo políticamente correcto. Será una carga estrictamente necesaria pero pesada y cada vez más intensa.

-La creciente desigualdad es otro de los fenómenos que va a obligar a replantear las políticas fiscales y algunos comportamientos empresariales. Hay que seguir el ejemplo de los países nórdicos, en donde se están alcanzando niveles de igualdad muy saludables. No es un ningún caso un tema fácil.

-El intenso protagonismo de la mujer enriquecerá la calidad democrática grandemente y va a crear ambientes de convivencia más civilizados, aportando un sentido del poder menos dogmático, más flexible. El machismo tardará en ceder sus posiciones, pero acabará asumiendo la igualdad como algo inevitable y positivo.

-Por su parte, la irrupción del mundo joven va a abrir, entre otras, una insalvable brecha digital que va a dificultar la relación con las generaciones mayores y a cambiar bastantes objetivos.

El mundo académico, el mundo intelectual y en general el mundo de la cultura tendrán que disponerse a un nuevo y maravillo esfuerzo de adaptación y de divulgación y también con un profundo sentimiento ético.

Habrá que echarle, además de todo lo anterior, mucha positividad y mucho optimismo. ¡Y merecerá la pena! De eso podemos estar completamente seguros.

Antonio Garrigues Walker es jurista.

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