Un oficio peligroso

Aunque pueda decirse con cierta razón que a lo largo de nuestra tradición cultural hubo siempre algún grupo de escritores socialmente influyentes a quienes sería posible asignar el rótulo de intelectuales – los sabios de la antigua Grecia , los doctores escolásticos medievales, los humanistas del Renacimiento italiano o los philosophes enciclopédicos de la Francia ilustrada, por ejemplo-,la institucionalización y consolidación de la figura del intelectual tiene una fecha más reciente y unas condiciones históricas más precisas.

En concreto, y con todos los precedentes que se quiera, remite a la Europa del siglo XIX, y presenta dos requisitos imprescindibles. El primero es la fundación y mantenimiento de lo que Pierre Bourdieu solía llamar la autonomía del campo literario.Por tal cosa hemos de entender, en sentido amplio, la existencia más o menos formalizada de un conjunto de científicos, escritores, filósofos y artistas que, como creadores de cultura, no se limitan a producir obras, sino que también disponen de procedimientos de legitimación y valoración de esas obras de acuerdo con criterios específicos de sus campos e independientes de los poderes fácticos vigentes, ya sean estos poderes de carácter político, económico, religioso o incluso moral: por ejemplo, toda la sociedad literaria de su tiempo sabía que Charles Baudelaire era el mejor poeta que había en Francia, pero también sabía que – por motivos rigurosamente extraliterarios-su candidatura a la Academia Francesa no podía prosperar, del mismo modo que los lectores informados saben hoy que los sillones de la Real Academia española no los ocupan necesariamente quienes mejor escriben en castellano.

El segundo requisito es la esfera pública, es decir, la existencia de esa invención de las sociedades democráticas que es el territorio social en donde los particulares libres pueden discutir públicamente la acción de los poderes que afectan a la colectividad a la que pertenecen, contribuyendo de ese modo a la formación de la opinión pública. Y sólo la conjugación de ambos factores – que no depende del coraje público de tal o cual autor, sino de la composición de todo un tejido cultural institucionalizado-puede explicar la influencia y el valor público que los artículos publicados en la prensa por Émile Zola en la época del caso Dreyfus (Alfred Dreyfus, 1859-1935), por Ortega y Gasset tras la instauración de la República, por Jean-Paul Sartre después de la Liberación , o por José ÁngelValente durante la transición española pudieron llegar a alcanzar en la conformación del espíritu colectivo.

En todos estos ejemplos se trata de autores cuya autoridad en la república de las letras no depende ciertamente ni del mercado ni de los vaivenes electorales, sino del reconocimiento de los mejores, y se trata igualmente de una opinión pública que no se deja orientar exclusivamente por las encuestas, ya sean de intención de voto o de marketing, si es que cabe alguna distinción entre ambas clases de encuestas.

Así las cosas, es relativamente fácil explicar el tan traído y llevado desprestigio actual de los intelectuales. En primer lugar, la autonomía del campo intelectual yde la producción cultural en general ha venido sufriendo una constante y sustantiva erosión, que no solamente ha invertido la dinámica del reconocimiento – pues se ha pasado de escribir en la prensa porque se goza de autoridad intelectual a gozar de autoridad intelectual porque se escribe en la prensa-,sino que constante y progresivamente ha ido hurtando a los mismos productores de cultura los sistemas de legitimación y los criterios de valoración de sus propias obras, dejando esta valoración fundamentalmente en manos del mercado, por una parte, y de la estimación política de su aportación a la marca ideológica correspondiente (lingüística, nacionalista, de género, etc.), por otra.

Y, en segundo lugar, la opinión pública ha sido en buena parte sustituida por el consumo masivo de una actualidad cuyo régimen podría calificarse – según la acertada expresión de Rafael Sánchez Ferlosio-de trofaláctico, ya que, como hacen algunas aves con la comida que sirven a sus crías, la información es dispensada previamente masticada y hasta predigerida por opinadores profesionales que la asimilan y adecuan al estómago de unos receptores acostumbrados ya largamente a una dieta blanda y carente de sorpresas, que sólo busca la reafirmación ideológica, con el consiguiente empobrecimiento de la esfera pública y su tendencia a reducirse igualmente al mercado de la noticia-espectáculo.

Se diría que son estas circunstancias – mucho más que las modificaciones tecnológicas que pueden como mucho servirles de altavoz y de tapadera-las que hacen que el oficio de intelectual siga siendo hoy algo difícil y poco apreciado.

José Luis Pardo, filósofo y ensayista.

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