Un país de brocha gorda

Del actual marco político en Italia emerge un dato indiscutible: los italianos adoran la eternidad. Pueden relajarse, pues, los apocalípticos. Existe aún un país, en las partes bajas de Europa, que se esfuerza por amortiguar toda sacudida de la historia y transmutarla en hálito sin tiempo. Hay que precisar, sin embargo, que los italianos no adoran la eternidad en general. Adoran una específica tipología de eternidad, la eternidad de los pintores de brocha gorda.

Me explico. Los italianos, como es bien sabido, son unos maniacos de la limpieza. Están —estamos— continuamente limpiando. Colocan las sillas sobre las mesas, y limpian. Cuando van al norte de Europa siempre se quejan de la suciedad. Los suelos les parecen sucios, sucias las ventanas, sucias las paredes. Entran en las casas, arramblan con la escoba y empiezan a barrer con furia. Acto seguido, recomiendan encarecidamente a todo el mundo que se quite los zapatos, para que no quede rastro del paso de los seres humanos. Se ensañan de especial modo con las paredes y tienen por costumbre pintar periódicamente sus casas. Desplazan los muebles, los cubren con grandes plásticos, llaman a los pintores —si pueden, de lo contrario lo hacen solos— y lo borran todo con un par de manos.

Los italianos detestan las manchas de humedad en las paredes. Para ello recurren a la brocha. Saben que es una solución momentánea, pero les da igual: lo importante es que no se vean. Cuando los pintores acaban, la gente exulta ante la sensación de que las paredes siguen como al principio: incontaminadas, paradisíacas. Es una eternidad de brocha gorda. Saben que llegará el día en el que, al despertar, vean que la mancha de humedad sigue allí. Tal cual. Mayor acaso. Pero prefieren no pensarlo. Porque saben también que, cuando aparezca, bastará con llamar a los pintores para eternizar de nuevo las paredes.

Pero volvamos a la situación política, intentando sintetizarla. Giorgio Napolitano, con la renovación extraordinaria de su mandato como presidente de la República, a pesar de sus 88 años —el 29 junio—, es el garante de esa eternidad de brocha gorda. El periodo precedente y el inmediatamente sucesivo a su reelección se caracterizaron por grandes turbulencias políticas. La palabra más pronunciada —en ese momento— fue la palabra “cambio”: la izquierda la aireó a más no poder en una agotadora temporada de elecciones primarias en las que candidatos viejos se desafiaban a golpe de presuntas novedades; el Movimiento 5 Estrellas, liderado por el cómico Beppe Grillo, hizo del cambio su propia bandera, sacando a la calle a millones de italianos extenuados y asqueados por todo, y convirtiéndose en la formación política más votada.

Incluso en el centroderecha, en determinado momento, soplaron vientos de cambio. Durante unos días —tal vez incluso durante algunas semanas— se habló de primarias para elegir al nuevo candidato. ¿Será el fin de Berlusconi?, se preguntaba esperanzada la gente durante esos días o esas semanas. La principal defensora de las primarias era una figura, en cierto modo, paradójica: Giorgia Meloni, nacida en 1977, exministra de la Juventud del Gobierno de Berlusconi, heredera cultural y política del partido fascista. Giorgia Meloni, en realidad, es el fruto de varias generaciones de pintores de brocha gorda: en un principio estaba el partido fascista, después se movieron los muebles y se cubrieron con plásticos, una mano de pintura y hete aquí el Movimiento Social Italiano (MSI); después vinieron otra vez los pintores y surgió Alianza Nacional, después nació el movimiento Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia), fundado por la propia Meloni, que, cual joven madrina de lo novedoso, apareció varias veces en distintos programas televisivos. Pero también esa carrera hacia el cambio finalizó a toda prisa: llegó el Gran Pintor, Silvio Berlusconi, y estableció que el único candidato era él. Lo dijo en televisión, eternizado en una hipóstasis de grotesca eternidad, y el pueblo de brocha gorda le creyó y le otorgó su voto.

De esta manera se ha formado el Gobierno que guía Enrico Letta. Un Gobierno llamado “de amplio acuerdo”: el centroizquierda y el centroderecha juntos para afrontar en un único potaje caducado la emergencia. El Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, después de tantos gritos descompuestos y de haber sacado a la calle a millones de italianos extenuados, se ha quedado fuera. Gritaron desde los escenarios —entre ocurrencias, amenazas violentas e invectivas— que iban a invadir el Palacio del Poder, que introducirían el Cambio, que destaparían el Ánfora de Pandora y liberarían todas las furias para crear desbarajuste.

Pero, al final, quien se ha asentado en el palacio ha sido el Gobierno de Enrico Letta y sus ministros. Después se han cerrado sus puertas, y esos millones de italianos extenuados, tras oír el portazo, han abandonado las calles con la cabeza gacha, vociferando amenazas en voz baja, sin saber ya contra quién dirigirlas. Las pasadas elecciones administrativas del 26 y 27 de mayo —se votó en 718 Ayuntamientos, 21 capitales de provincia— han sido la consecuencia directa del portazo que resonó cuando las puertas del palacio se cerraron con el Gobierno de Enrico Letta dentro. Los italianos, sencillamente, no acudieron a votar: la afluencia a las urnas se hundió y el Movimiento 5 Estrellas cayó en picado, quedando excluido de toda segunda vuelta.

La fotografía, tomada desde fuera, es esa: el palacio, a cal y canto; millones de refunfuñadores cansados fuera, y Grillo que debe conformarse con gritar sus amenazas a diestra y siniestra, inducido a retirar la palabra “golpe” con la que había calificado la reelección de Giorgio Napolitano, de hecho casi ridiculizado, cual clown vencido. Luego está la fotografía de dentro del palacio, la fotografía de grupo, y es allí donde se confirma que la eternidad de brocha gorda ha vencido otra vez. Observando las paredes interiores del palacio vemos aparecer de repente una mancha de humedad que generaciones de pintores, de legislatura en legislatura, han cubierto con capas de pintura. Es la mancha de humedad, la eterna, que siempre retorna: la Democracia Cristiana. La de Andreotti, Fanfani, Rumor; la de los escándalos, la corrupción, Manos Limpias. Después desapareció, gracias a la brocha gorda; la mancha de humedad que asoma ahora, sin embargo, es la foto de grupo del nuevo Gobierno italiano: Enrico Letta, hoy en el Partido Democrático (PD) fue presidente de los Jóvenes Democristianos Europeos; Angelino Alfano (ministro del Interior y vicepresidente) hoy en el berlusconiano PDL, inició su trayectoria política con la Democracia Cristiana; Mario Mauro (Defensa), también del PDL, es un exdemocristiano; Maurizio Lupi (Transportes), del PDL, debutó en 1993 como consejero de la Democracia Cristiana, y de la Democracia Cristiana proviene también Dario Franceschini (Relaciones con el Parlamento), ahora en el PD.

Helos que regresan cual espectros en las paredes, en este país en el que lo Eterno triunfa, en el que en el colegio los chicos se aprenden la Divina comedia de memoria y, aunque no vean la hora de llegar al Paraíso, es en el Infierno donde realmente se divierten. Sobre esos espectros, en 1975, escribía Pier Paolo Pasolini: “Andreotti, Fanfani, Rumor y al menos una docena de gerifaltes democristianos más, deberían ser arrastrados al banquillo de los imputados. Y ser acusados de una infinita cantidad de delitos: indignidad, desprecio hacia los ciudadanos, manipulación de fondos públicos, tejemanejes con petroleros, con industriales, con banqueros, colaboración con la CIA, uso ilegal de los servicios secretos, responsabilidad en las matanzas de Milán, Brescia y Bolonia (al menos en cuanto culpable incapacidad de castigar a sus ejecutores), destrucción paisajística y urbanística de Italia, responsabilidad en la degradación antropológica de los italianos. Sin semejante proceso penal, es inútil esperar que pueda hacerse algo por nuestro país”.

Andrea Bajani es escritor italiano. La editorial Siruela publicará próximamente su primera novela traducida al español, Cordiales saludos. Traducción de Carlos Gumpert.

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