Un país, dos núcleos

En sus ya cuatro años de mandato, Xi Jinping ha conformado una vasta operación de centralización del poder político y de su propia autoridad. Convertido en hombre fuerte de China, su cualificación como “núcleo de la dirección del Partido” le eleva a un nuevo estatus que puede suponer una quiebra en el liderazgo colectivo que Deng Xiaoping, el arquitecto de la reforma y apertura, dispuso para evitar el resurgir del culto a la personalidad y la acumulación de un poder excesivo por parte de un único líder. En el argot político chino, ser considerado “núcleo” añade un plus significativo a su titular, aunque no le aporte atribuciones específicas a mayores, al menos estatutariamente.

Esta nueva denominación refleja un rápido aumento de su potestad interna, plasmada en el acaparamiento del control directo de numerosas áreas de gestión, desde la defensa o la política exterior a la economía, con intromisiones poco habituales y que levantan ampollas entre los más afectados, incluyendo el primer ministro, Li Keqiang. Su autoridad personal se impone a la autoridad institucional.

La entronización de la figura de un Xi dotado de los máximos poderes internos se completa con la reafirmación paralela del Partido Comunista como el “núcleo” del país y de su sistema, estableciendo un vínculo indisoluble entre ambos. Asistimos así a un proceso a gran escala de restauración de la supremacía del PCCh a través de una campaña contra la corrupción que ha pulverizado los viejos límites de la inmunidad. Nadie podrá evitar la supervisión, se dice; como también que la adulación está prohibida o que el liderazgo colectivo seguirá guiando el proceso de toma de decisiones. En el peor de los casos, su valor simbólico, por más que se intente atemperar con estos adobos, no es baladí. El reforzamiento del PCCh pasa por ampliar el poder de su secretario general, y a la inversa.

El nuevo estatus de Xi y la repartidirización reflejan dos preocupaciones principales. La primera es inseparable del afán de consolidación de su propia base de poder de cara al XIX Congreso del PCCh que tendrá lugar en el segundo semestre del próximo año. Xi reclama atributos especiales no solo para afirmar su propio estilo de liderazgo, notoriamente más incisivo que el de sus antecesores, sino para disponer de las herramientas indispensables a fin de hacerse un notable hueco en el diseño de la nueva dirección que presidirá el primer centenario del PCCh (2021). Cabe esperar que más miembros personalmente afines ganen posiciones a todos los niveles, lo cual puede acentuar la pugna interna con otras facciones, principalmente los próximos a Jiang Zemin y Hu Jintao, los anteriores secretarios generales. A tal efecto, también podría variar las reglas de la sucesión, especialmente la edad de jubilación o el número máximo de mandatos.

La segunda, con el énfasis en la obediencia y la omnipresencia del PCCh sugiere un atolladero de la reforma, con cientos de medidas adoptadas que encallan en su aplicación práctica. Este colapso se debe en buena medida a ese proceso de recentralización que reduce la capacidad de iniciativa de los ejecutores locales y también al temor, muy extendido en la maquinaria burocrática, a ser víctima de la campaña anticorrupción. A diferencia del pasado, hoy es más noticia el castigo que la recompensa. El Partido gana poder, presencia e influencia en todos los ámbitos y en las organizaciones, siguiéndolo todo mucho más de cerca, pero está por ver que así se logre desatascar la parálisis.

El mensaje de Xi abunda en la idea de que China se enfrenta a una oportunidad estratégica e histórica. Los desafíos son múltiples y dramáticos, incluyendo “el cerco de las fuerzas extranjeras hostiles”. Para afrontarlos y culminar el sueño chino del rejuvenecimiento nacional se requiere que el Partido recupere sus señas de identidad (disciplina, sacrificio, heroísmo, etcétera), la unidad de sus miembros y la lealtad. El envite a la épica se completa con el resurgir a la par de las virtudes confucianas y los reflejos maoístas.

El incremento del poder personal de Xi en la toma de decisiones estratégicas, argumentado como condición sine qua non para garantizar la plena realización de las reformas aprobadas en los últimos años, tiene como contrapunto que encontrará más dificultades para explicar el retraso en su aplicación. Esto le pone a tiro de sus oponentes que desconfían de su método cuartelario para mejorar la gobernanza.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China. Acaba de publicar China Moderna (Tibidabo Ediciones).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *