Un país que se hace viejo

La vida se alargó de manera espectacular a lo largo del siglo pasado, lo cual es una buena noticia: vivir más años implica más cantidad del único bien con el que en definitiva contamos, la propia existencia. En España, en 1900, la esperanza de vida al nacer no superaba los 35 años. Hoy supera los 75 para los hombres y los 80 para las mujeres. Si este alargamiento de la vida va unido a la calidad, en el sentido más amplio de la palabra, las noticias son todavía mejores: vivir más y mejor. Pero hay que analizar la cara y la cruz del fenómeno del envejecimiento si se quiere comprender la desesperanza que acecha a muchas personas. Según los datos SHARE, la Encuesta de Salud, Envejecimiento y Jubilación en Europa, correspondientes a 2004, más del 30% de los mayores de 50 años en nuestro país declara encontrarse ‘regular’, más del 15% ‘mal’ y algo más del 4% ‘muy mal’. Según esta misma fuente de datos, las molestias, limitaciones en la movilidad y limitaciones de distinto tipo para realizar tareas de la vida diaria aparecen con más frecuencia a medida que aumenta la edad de los encuestados.

Envejecer significa, además, perder renta. Se transita a un período inactivo, por lo que las rentas laborales desaparecen y se vive de los rendimientos del capital y de la pensión de jubilación, fundamentalmente. Pero envejecer no tendría que significar ser pobre, y en España cada vez es más de ese modo. En el colectivo de mayores de 65 años, la tasa de pobreza es del 29,6%, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida de 2004. Esto significa que uno de cada cuatro mayores es pobre. La situación de pareja más frecuente entre los mayores españoles, según SHARE, es la de estar casado y viviendo con el cónyuge (63,07% de los encuestados); pero en el resto de los casos, las personas mayores suelen vivir solas por diferentes motivos: separación, divorcio, viudedad o porque no tienen pareja. Cuando se analiza el estado de salud, el número de discapacidades y de enfermedades sufridas, los peor situados son los viudos, mientras que las personas que viven en pareja o acompañadas de familia se encuentran mejor.

Después de toda una vida trabajando fuera o dentro del hogar, muchos abuelos adquieren las responsabilidades de crianza de los nietos que el sistema actual no permite asumir a los propios padres por la carencia de oportunidades de conciliación. Los datos SHARE también permiten conocer que un 38,9% de las personas que tienen nietos los cuida con mayor o menor dedicación. Entre éstos, un 56,40% se ocupa al menos de un niño, un 41,44% al menos de dos y un 19,07% al menos de tres. Además de a los nietos, muchas personas mayores de 50 años cuidan en España a algún otro familiar. Uno de cada tres mayores (normalmente mujeres) sale de su hogar para atender todos los días a otra persona que precisa ayuda.

La cuestión no es relevante exclusivamente para aquellos que se hacen viejos. El fenómeno del envejecimiento en España incidirá de una u otra forma sobre un conjunto importante de la población, porque el desmoronamiento de la pirámide demográfica tal y como hasta ahora se conoce hará que en 2050 haya más de doce millones de personas mayores de 65 años y menos de dos personas en edad de trabajar por cada mayor de 65 años. Ello tendrá consecuencias inevitables sobre el gasto sanitario, que crecerá dada la correlación negativa entre edad y salud (y dependencia), y también sobre el sistema de pensiones contributivas, ya que se registrarán muchos receptores y pocos contribuyentes en términos relativos.

Nuestro país, de tinte Mediterráneo, mantiene una concepción de la familia relativamente extensa y una conciencia general de la responsabilidad en el cuidado de los mayores, ya sea de forma directa o proporcionando apoyo económico para el sostenimiento de su atención desde fuera del hogar. Muchos ciudadanos españoles son cuidadores (sobre todo mujeres) a pesar de las dificultades para conciliar trabajo y familia, lo que demuestra la importancia que representa la familia en nuestra sociedad. Se está cobrando, junto a ello, conciencia de la necesidad de atender a los mayores desde el sector público: prueba de ello son las actuaciones dirigidas a la instrumentación de una Ley de Dependencia. Existen cuidados y atenciones familiares que no son sustituibles, si bien la idea de reparto de responsabilidades y de costes económicos entre familia y Estado no puede más que conducir a una simbiosis beneficiosa en el corto y el largo plazo.

La vejez puede venir acompañada de circunstancias muy penosas y generar desánimo entre los mayores, pero si sabemos de antemano cuáles son las condiciones generales que acompañan a los mayores en esa etapa de la vida, podremos emprender acciones preventivas. Fomentar el ahorro en el período activo y crear un sistema público de pensiones de jubilación que se complemente con ahorro privado pueden mejorar la situación económica de los mayores. El sistema público de salud en España es moderno y atiende las necesidades de la vejez de una forma que era impensable hace 40 años, pero si durante la juventud se cuida un bien tan preciado como la salud, se arribará a la vejez en mejores condiciones. Saber ocupar el tiempo con ocio constructivo y eliminar las responsabilidades que, asumidas en menor medida, constituirían un disfrute (como el cuidado de los nietos) ayudaría también a saborear esta fase de merecido descanso.

Nuria Badanes Plá, catedrática. Universidad Complutense de Madrid y Fundación Acción Familiar.