Un pan como unas tortas

Por Pedro Schwartz (LA VANGUARDIA, 21/06/06):

Antes que nada quiero decir que deseo de todo corazón que este nuevo marco estatutario sea para bien de los catalanes. Me refiero a los catalanes corrientes que transitan por las calles en su afán diario, trabajan en las empresas animosamente exportadoras, llevan el taxi para dar una carrera a sus hijos, estudian con dedicación en sus buenas universidades, se divierten en las ramblas, en las playas, en las discotecas, todos mis viejos amigos y los nuevos que he ganado con mis columnas en La Vanguardia.

Yo también siento a Catalunya como mía y por eso espero que el nuevo Estatut colme las promesas de los que lo han escrito y defendido.

Querría que no fuera el primer paso hacia el ensimismamiento de Catalunya, la que fue modernizadora, ni hacia el hundimiento de la Constitución española de 1978, la Constitución de la concordia. Muy otra cosa quiero decir a los políticos nacionalistas. Han sido actores de un espectáculo lamentable que ha llevado a la abstención a lo más sensato y callado de Catalunya, y empujado a las catacumbas al partido que de verdad defendía la Constitución.

El Estatut aprobado por los pelos este domingo pasado es un pan como unas tortas, que decimos en castellano, un pan sin levadura, una torta que produce acidez de estómago y deja mal sabor de boca. Me recuerda el proyecto de Constitución europea. De ésta nos hemos librado por el momento, gracias a que necesitaba un mínimo de apoyo general para ser aprobada: en cambio, el Estatut catalán ha entrado por la puerta de servicio con el apoyo de uno de cada tres catalanes con derecho a voto. La semejanza entre los dos textos no es casual: en ambos casos unos políticos ansiosos de poder han utilizado la necesidad sentida de reforma administrativa y económica para confeccionar un escrito farragoso, intervencionista, incomprensible para el común de las gentes. Empiezan con una carta de derechos humanos cuando ya tenían sendas perfectamente válidas, la del Consejo de Europa y la de la Constitución española. La carta de derechos y el articulado de ambos están transidos de lo que ahora se llama corrección política,por influencia de Estados Unidos, que es donde nacen todas las modas de la izquierda: es el nuevo espíritu del socialismo, que, al hundirse sus sueños rojos, se ha vestido de verde y de rosa. Ambos textos buscan crear su nacionalismo: uno, el de una Europa que nunca estuvo unida y cuyo ámbito es el mundo atlántico; otro, el de Catalunya, que nunca fue un Estado, aunque ahora quiera nacionalizar la Corona de Aragón, archivos incluidos. Ambos se construyen contra quien históricamente los ha protegido: la Unión Europea contra Estados Unidos, que ha salvado nuestras libertades en tres guerras, dos calientes y una fría; Catalunya contra España, que junto con Cuba fue el mercado protegido que permitió la industrialización catalana. En ambos textos luce el deseo de garantizar la soberanía de los burócratas. Así, en el fenecido proyecto de Constitución europea, recuerden, las competencias exclusivas de la UE eran de la UE, y las competencias compartidas con los estados miembroéstos las ejercían “en la medida en que la Unión no haya ejercido la suya o haya dejado de ejercerla”; y luego se coordinaban las políticas económicas, de empleo, exterior y de seguridad. En el Estatut, todo lo posible se trae para Catalunya, desde la justicia hasta el idioma de la enseñanza (e Iberia si pudieran), excepto la Seguridad Social, porque el déficit de las pensiones se lo vamos a pagar el resto de los españoles; y en lo que no es posible, la Generalitat entra a vigilar, pues pronto veremos un cupo de catalanes en el Tribunal Constitucional, las comisiones nacionales del Mercado de Valores, de la Competencia y las que caigan. ¿Qué gritos no se oirían si una compañía británica comprara los aeropuertos de Catalunya, como Ferrovial los cinco principales de Inglaterra? Todo este intervencionismo es contagioso: ahora los políticos de otras autonomías quieren lo mismo que Catalunya: naciones en Vasconia y Galicia; flamenco nacional en Andalucía, hasta he visto grafitis que proclamaban a Castilla y León como nación.Todo nació por el disgusto de muchos catalanes ante una balanza fiscal dudosamente deficitaria (por cierto, menor que la de la comunidad madrileña) y por la escasez de inversiones públicas comparadas con las de otras regiones (ciertamente no con Madrid). Si preguntamos en qué va a mejorar la situación de los individuos y las empresas de Catalunya con esta nueva ley, la respuesta habrá que buscarla en la redistribución de los impuestos y del gasto de inversión del Estado. Pero el nuevo Estatut no toca ni resuelve esas cuestiones económicas, ¡que se dejan para otro momento! Todo era un pretexto para aumentar el poder de los políticos nacionalistas.

Es triste que toda la violencia verbal y física de la pasada campaña electoral se haya dirigido contra las dos formaciones que defendían la Constitución vigente y los procedimientos establecidos para reformarla. Ciutadans de Catalunya enfurecían porque eran netamente catalanes y de izquierdas. El Partido Popular es una organización de apestados, a la que se tildaba de ir contra Catalunya por decir que el Estatut hará daño a Catalunya y a España toda. El caricaturista Mingote, después de conocido el resultado del referéndum, dibujó un corro bailando triunfalmente la sardana: uno de los bailarines no iba tocado con una barretina sino cubierto con una capucha de ETA.