Un partido nacional

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político en la Universidad Complutense (EL CORREO DIGITAL, 24/05/07):

El nuevo partido tendrá un ámbito nacional español inequívoco…». Tal es la primera de las líneas maestras del nuevo partido animado por Fernando Savater y por Rosa Díez. No se trata de algo secundario. En un tiempo en que la etiqueta de ‘nacional’ viene siendo monopolizada por el PP, mirando hacia el pasado, y el PSOE escapa de ella por todos los medios con tal de establecer alianzas con grupos nacionalistas periféricos, la opción viene a destacar que nada en España impide la adopción de una política proyectada desde y sobre el conjunto del país.

Es más, ese enfoque nacional, no necesariamente nacionalista español, resulta imprescindible si se aspira a superar las quiebras hoy observables en el orden constitucional por la política desarrollada en los últimos tres años, fundada sobre el principio de bilateralidad aplicado a Cataluña y a Euskadi. De ahí que sea muy acertado proporcionar de inmediato un contenido concreto a esa visión nacional de la realidad política española. Y afrontar la realidad planteando el tema de una reforma de la Constitución que sustituya a la orientación vigente de ir sumando reformas parciales de los Estatutos que en algunos casos, léase Cataluña, vacían artículo a artículo las disposiciones de la ley fundamental.

La idea de un ‘partido nacional’ no es nueva. Tiene más de un siglo de antigüedad. En mi conocimiento, la hizo suya Joaquín Costa al borde de 1900 y treinta años más tarde resurgió, desde planteamientos próximos pero no coincidentes, por iniciativa de pensadores como el liberal José Ortega y Gasset, el socialista Luis Araquistáin, luego mentor de Largo Caballero, y el demócrata Nicolás María de Urgoiti, ingeniero guipuzcoano fundador del diario ‘El Sol’. Para Costa, el partido nacional debería ser el marco en que fueran reunidas las iniciativas de las clases productoras, mercantiles e industriales, frente al régimen de ‘oligarquía y caciquismo’ de la Restauración canovista. La movilización fracasó pronto; pocas fuerzas y de escasa cohesión para el esfuerzo pedido. En vísperas de la República, se trataba de forjar un partido nacional que sirviera de contrapunto al único bastión sólido de la República, el PSOE. Con matices diferenciados, desde el sentido humanista de Araquistáin a la burguesía democrática de Urgoiti y a la derecha modernizadora de Ortega. Personajes en busca inútil de autor. La derecha de la Segunda República no estaba dispuesta a jugar otras cartas que las que llevaran a la destrucción de una democracia reformadora.

De cara al presente, importa subrayar que todos esos ensayos procedieron de intelectuales, hondamente preocupados por las limitaciones que amenazaban a la instauración de la democracia en España. Ni la monarquía caciquil de Alfonso XIII, con el turno de partidos y las elecciones trucadas, ni el catolicismo político o el radicalismo lerrouxista en 1931 ofrecían base para el desarrollo de una vida política asentada sobre un régimen constitucional equilibrado. El nonato ‘partido nacional’ estaba en principio llamado a cubrir ese vacío. No fue así. Todo quedó en el papel.

La lección es clara a la vista de la entrada en escena del nuevo proyecto: en política, la función no crea necesariamente el órgano. En los momentos actuales, la política del Gobierno Zapatero en lo que concierne a la ordenación del Estado, y aquí y ahora de modo especial respecto de ETA, sigue una línea disparatada. Ya con anterioridad, la aprobación del Estatuto catalán no es que rompa España, pero sí introduce un componente confederativo que hará muy difícil la adopción de decisiones por el Estado (ahora estamos en fase de contención, a la espera del dictamen del Constitucional). Desde el atentado del 30 de diciembre, en vez de rectificar, ZP ha acumulado concesiones a ETA-Batasuna, así como inaceptables ocultaciones y mentiras de cara a la opinión pública, con una voluntad de manipulación que hace tambalearse al Estado de Derecho. Y antes están los ataques incontrolados por todo y sobre todo al Gobierno, y el apoyo a la delirante teoría de la conspiración sobre el 11-M por parte del PP.

Unos, dispuestos a cerrar filas sobre una visión unitaria de España de corte autoritario, derrochando violencia verbal; otros, embarcados en una especie de rifa del Estado de las autonomías disimulada bajo protestas vacías de constitucionalismo. Y todos empeñados en la estúpida tarea de degradar la vida política. ¿Hace falta algo más para que valga la pena ensayar una alternativa rigurosa desde el interior del sistema democrático? La vocación constructiva del ‘nuevo partido’ queda además refrendada por la propuesta federal, la iniciativa de reforma de la Ley Electoral y la exigencia de cambios en un sentido de regeneración democrática. Es un entramado mínimo, pero suficiente.

En el triste mundo de Otegi, Ibarretxe y Patxi López vale la pena intentarlo. Otra cosa es que el nuevo ‘partido nacional’ logre superar los obstáculos con que tropezaron sus predecesores. Ante todo, resulta imprescindible que los promotores asuman la responsabilidad, jugándosela a ser líderes políticos, cosa a que está acostumbrada Rosa Díez y no tanto Savater. Si, como el aldeano del cuento, esconden la mano una vez lanzada la piedra, nada es posible hacer. En política, como me dijo una vez Alfonso Guerra, hay que mojarse. Y desde ahora se hace imprescindible explicar a la opinión pública las carencias que han motivado este proyecto, las contradicciones de la política del PSOE, el apresuramiento agresivo del PP.

La fascinación de Savater ante la hípica es proverbial. Sabe así que una forma habitual de perder una carrera consiste en que te dejen encerrado en la curva. En esta hora de la vida política, ha de tener en cuenta que formar un partido es organizar y utilizar las escasas oportunidades que le serán concedidas para exponer su proyecto político. Los medios de comunicación próximos al ‘nuevo partido’ circulan en la órbita del PSOE y el trío ZP-Rubalcaba-Blanco está más por tácticas de destrucción a cualquier precio del adversario que por un debate abierto de ideas, de las que andan además muy escasos. En la medida de lo posible, tratarán de extender un manto de silencio sobre el nuevo grupo, mientras los segundones del partido del Gobierno se encargarán de volcar toda la basura posible sobre sus promotores. Razón de más para insistir. Como decían los rebeldes del hoy denostado 68, ‘ce n’est qu’un debut: continuons le combat!’. Las piezas tienen que ajustar de nuevo dentro de nuestra vida política, en el sentido marcado por la Constitución.