Un patriota español

No es fácil encontrar un adjetivo que defina cabalmente a este personaje, que fue escritor, orador y político. Se le han aplicado muchos, variados y hasta contradictorios: han dicho que fue brillante y fracasado; liberal y sectario; reformista y radical; esperanzado y trágico; lúcido y perdido; ardoroso y escéptico; afrancesado y castizo; líder y retraído; frío y apasionado; orgulloso y melancólico... Suscitó adhesiones fervorosas y odios sarracenos. Lo que nadie puede discutir es su talla intelectual y que se sentía radicalmente español; cometió muchos errores pero el patriotismo fue el motor básico de todos sus trabajos.

Es fácil comprobarlo, leyendo sus escritos. El problema es que sus «Obras Completas» comprenden cuatro mil páginas, repartidas en cuatro gruesos volúmenes, y que él mismo formuló una escéptica paradoja: «En España, la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro».

No veía a España como un concepto «discutido y discutible», tal como una «lumbrera» la ha definido, no hace mucho. Proclamaba él sin la menor duda su rotundo patriotismo: «Sí, soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. Y es, en cuanto español, que me anima el espíritu propio de un liberal...». España era «la pasión de mi alma».

Defendió en las Cortes de la Segunda República «una política de reconstrucción de los valores históricos y espirituales de España, que valen la pena ser mantenidos en nuestra edad; no es una política de arqueólogos sino de hombres modernos...». Pretendía «restaurar el nombre de España en el mundo entero, con su autoridad moral y política, para situarla donde le corresponde por su masa y por su historia».

Aunque sufrió en sus carnes la confrontación política, negó radicalmente que existieran dos Españas: «España no hay más que una ni puede haber más que una. La continuidad moral del espíritu español es una identidad. No puede haber dos Españas».

Observando a los labradores, en los nevados campos castellanos, llegó a una conclusión rotunda: «Ésta es la tierra eterna, la raza perdurable, que clama por la resurrección de España». ¿Qué político actual se atrevería a decir algo semejante, ante el riesgo cierto de ser motejado de fascista?

Defendió la libertad del pueblo español, proclamada democráticamente en la Constitución, y no aceptó la más mínima duda sobre la unidad de España: «Una vez votada la Constitución, no hay prejuicio posible que se sostenga en cuanto a una posible dispersión de la unidad española. La unidad esencial de España no puede padecer».

Ése fue uno de los núcleos esenciales de su acción política: «La unidad española, la unidad de los españoles bajo un Estado común la vamos a hacer nosotros...».

En medio del desaliento que le provocó la guerra civil, el patriotismo continuó siendo su fundamento y su consuelo: «Reconozco que la presencia real de España en mi ánimo es, sin duda, la entidad más cuantiosa de mi vida moral, capítulo predominante de mi educación estética, ilación con el pasado, proyección sobre el futuro... Siento como propias todas las cosas españolas».

En los años treinta, nuestro personaje, como otros intelectuales españoles de buena voluntad, derrochó generosidad para buscar una solución al nacionalismo catalán. Primero, con un optimismo ingenuo: «La libertad de Cataluña y la de España son la misma cosa». Pero siempre tuvo muy claro el límite: un Estatuto de Autonomía dentro de la Constitución y sometido al debate de las Cortes, con una clara y expresa «renuncia a un régimen de independencia y de soberanía plena».

Nunca tuvo, en este punto, la menor duda: «No dejan de ser españoles por ser autonomistas y catalanes». Lo afirmó categóricamente en las Cortes: «Es pensando en España, de la que forma parte integrante, inseparable e ilustrísima Cataluña, como se propone y se vota la autonomía de Cataluña, no de otra manera... El organismo de gobierno de la región -en el caso de Cataluña, la Generalidad- es una parte del Estado español».

Suponía esto negar privilegios a cualquiera de las regiones españolas (lo que, ahora, algunos disfrazan con la incomprensible logomaquia del «federalismo asimétrico»): «Sería injuria... que la dotación de su autonomía representase para Cataluña una ventaja con respecto a las demás regiones españolas ... La misma pretensión que ustedes podrían ostentar Cuenca y Almería».

Eso implicaba, además, la defensa de la lengua común: «No puedo suponer que los catalanes o los vascos, o quien fuere autónomo en España, puedan dejar de hablar en castellano».

La dolorosa realidad vino a deshacer tantos buenos propósitos. Una y otra vez, comprobó nuestro personaje «los excesos y desmanes... las muchas y muy enormes y escandalosas que han sido las pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de chantajismo, que la política catalana de estos meses ha dado frente al Gobierno de la República... Usurparon todas las funciones del Estado, en Cataluña... No en vano había asistido yo en Barcelona al desarrollo de la más desatinada aventura que se puede imaginar... No se han privado de ninguna transgresión, de ninguna invasión de funciones». Y, entre las «extralimitaciones y abusos» que denunció, mencionó algo que ahora mismo sigue existiendo y que se sigue tolerando: las «Delegaciones de la Generalidad en el extranjero».

Todo eso le llevó a una terrible frustración y a la dolorosa conciencia de su propia responsabilidad. Comprendió que se había equivocado: «Si al pueblo español se le coloca en el trance de optar entre una federación de repúblicas y un régimen centralista, unitario, la inmensa mayoría optaría por el segundo».

Llegó a atribuir a Negrín esta frase: «Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco».

El 18 de julio de 1938, en el Ayuntamiento de Barcelona, quiso hablar «para todos; incluso para quienes no quieren oír lo que se les dice», y concluyó con un estremecedor mensaje de reconciliación y patriotismo: «El mensaje de la patria eterna, que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón».

Este patriota español se llamaba Manuel Azaña. En la Biblioteca Nacional se le ha dedicado una exposición. Sólo el confinamiento impidió a Pedro Sánchez asistir a su inauguración. A la vez, su vicepresidenta anuncia que quieren traer a España sus restos. Mejor homenaje a Azaña sería defender la unidad de España y su lengua común, frente a los independentistas. Evidentemente, Pedro Sánchez pretende sugerir que él está siguiendo el ejemplo de Azaña. A ustedes les toca juzgar si de verdad lo está haciendo.

Andrés Amorós es catedrático de Literatura Española.

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