Un peligroso ardor moral

Causas justas, como el feminismo y el ecologismo, son hoy manipuladas al servicio de un designio totalitario. No importan las propias causas, interesa solo buscar las grietas de un sistema de libertades, achacarle todo mal y acabar con estas para asaltar el poder, todo el poder. ¿No nos estarán llevando del ronzal mediante la apelación a la ética?

De hecho, todo se ha moralizado meticulosamente. Observemos lo fácil que es, a continuación, transformar lo ético en político a base de promulgar una ley para cada indicación moral, un escrache mediático para cada opinión o conducta políticamente incorrecta. Y el siguiente paso, una vez que hemos convertido ya todo lo personal en político, consiste en poner lo político bajo el control total de unos pocos. Así, cualquier grupo con ínfulas de mando queda habilitado para invadir nuestras vidas, para entrar en la dieta y en el lenguaje, en el garaje y en la cocina, en la alcoba y en la conciencia, en el ocio y en el negocio, en el hogar y en la familia. Nada escapa, por esta vía, a un totalitarismo perfecto. Logrado, eso sí, por apelación a nuestra fibra moral.

Con lucidez escribió Karl Popper que «las principales perturbaciones de nuestro tiempo no se deben a nuestra perversidad moral, sino, por el contrario, a nuestro entusiasmo moral». A los ávidos de poder no les basta la violencia. Necesitan, además, el ardor moral un poco atolondrado de las sufridas gentes. Porque incluso los que afrontarían la más cruel represión, se ponen mansamente en ruta cuando son reclutados para la utopía.

Preguntémonos, si no, por qué hoy, tras cien millones de crímenes y cien años de miseria, sigue habiendo comunistas. La respuesta apunta hacia una moralidad patológica. Hay una masa de incautos que entregan con afán su libertad a cambio de un certificado de buena conducta. Y, como de costumbre, son los totalitarios los que expiden estos certificados. Resulta paradójico que se pueda hacer tanto mal en nombre el bien. Pero gracias a esta invocación moral lograron los totalitarios edificar su poder sobre el suelo de una civilización cristiana. ¿Cómo podríamos explicar este hecho sorprendente?

El cristianismo fundó una civilización de la pluralidad. Dios mismo reconoce a cada ser humano dignidad y libertad. En el mundo cristiano nacieron las primeras formas de parlamentarismo con representación popular y división del poder. No hay nada más opuesto al totalitarismo que el cristianismo: para el totalitarismo no hay personas, sino partes de un todo; para el cristianismo cada persona lo es todo. Imponer sobre la civilización cristiana un régimen totalitario pudiera parecer una empresa desesperada. Pero los totalitarios del siglo XX descubrieron la fórmula: represión más utopía moral. Busquemos causas justas de las que servirnos -pensaron-, extendamos la especie de que para erradicar la injusticia necesitamos todo el poder.

No obstante, para el común de los mortales era válido ya a principios de los ochenta el análisis de Bernard-Henri Lévy: «Siendo el horror lo que es, ¿en nombre de qué los hombres pueden aquí, ahora, concretamente, oponerse a él y rechazarlo? Pues es un hecho que lo rechazan». Es lo grave de pervertir las causas justas: aquellos a los que se dice defender acaban sumidos en el horror. De hecho, el intento de erradicar el mal por imposición totalitaria produce siempre un mal mayor, la ausencia de libertad y, con ello, la anulación de la posibilidad de todo bien. En los ochenta, y con la excepción de algunos intelectuales, lo sabíamos ya todos. Y al final de la década, millones de mujeres y de hombres echaron abajo el símbolo del horror. Pero con la caída del Muro no quedó aniquilada la pulsión totalitaria. Esta voluntad se lanzó entonces a la búsqueda de nuevas causas justas con las que indignar y movilizar a las buenas gentes.

El totalitarismo actual ojea la carta de causas justas. ¿Qué nos queda en el menú una vez devorada la causa social? Feminismo y ecologismo como platos fuertes, y quizá alguna causa más de guarnición (indigenismo, anti-racismo, orientación sexual, evitación del sufrimiento terminal, animalismo…). No rebajo un ápice el vigor y la justicia de cada una de estas causas; todas ellas pueden y deben recibir un enfoque sensato. Son los totalitarios actuales quienes las degradan, quienes acabarán por sumir en el horror a los que dicen defender. A menos que los demás se lo impidamos.

Alfredo Marcos es Catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid.

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