Un peregrinaje político

¿Un peregrinaje? ¿Una visita religiosa? Posiblemente, pero las connotaciones políticas de la visita a Tierra Santa de Benedicto XVI en uno de los momentos políticos más inciertos de Oriente Medio han sido más que evidentes. Un peregrinaje seguido en el mundo con la expectación que solamente los grandes acontecimientos despiertan. Por su dimensión política.

El Papa “no mezclará política y religión”, había advertido la Santa Sede. Pero la diplomacia vaticana está motivada no solamente por consideraciones religiosas. Las contradictorias reivindicaciones nacionales de israelíes y palestinos, que tienen evidentemente un tremendo impacto en la situación de las comunidades cristianas en la región, como lo tienen las fricciones entre musulmanes chiíes y suníes y la ola de violencia que sacude Oriente Medio, que ha motivado que cientos de miles de cristianos emigraran de la región, no podían ser ignoradas por el máximo jerarca de la Iglesia.

De más está recordar las singulares relaciones entre la Santa Sede y el Estado judío, definidas en su momento por el jesuita Michael Perko como “relaciones tortuosas y laberínticas”. La actitud de la Santa Sede hacia Israel ha sido durante décadas negativa y hasta hostil, en primer lugar por consideraciones de orden teológico (el exilio de los judíos de su tierra había sido un castigo divino, por lo que fue reacia a reconocer la legitimidad de su presencia en Tierra Santa). Las consideraciones teológicas han dejado lugar luego a las de orden político. La actitud poco amistosa de la Santa Sede hacia Israel, desde su advenimiento hasta establecer relaciones diplomáticas en 1994, fue motivada por consideraciones que tenían que ver con su política hacia el mundo árabe y el destino de las comunidades cristianas en la región y de los lugares santos del cristianismo en Tierra Santa. De ahí que las relaciones no han estado exentas de fricciones.

Las actuaciones de ambas partes crearon momentos de gran tensión. El levantamiento de la excomunión al obispo negacionista del holocausto judío Richard Williamson, el retorno a la misa en latín, con sus agraviantes expresiones para los judíos y la iniciativa de canonización de Pío XII, cuyo silencio ante la persecución nazi critican los judíos, son otros temas controvertidos. Pero también Israel ha aportado lo suyo con su política restrictiva y las limitaciones que, por razones de seguridad, impone a los fieles residentes en los territorios ocupados, y sobre todo, con la falta de un acuerdo que, según la Iglesia, debe darle seguridad jurídica y fiscal para realizar sus tareas en Israel.

En su visita, Benedicto XVI ha debido sortear un campo sembrado de minas. “Lo que más me preocupa son los discursos que el Papa deberá pronunciar aquí. Una palabra a los musulmanes y tendré problemas, otra a los judíos y tendré problemas”, confesó el Patriarca Latino en Jerusalén, Fuad Twal. Problemas no le faltarán al Patriarca. Apenas arribado a Israel, el Papa condenó el antisemitismo y rindió un sentido homenaje a las seis millones de víctimas de la shoah, el holocausto judío. Ello no evitó que se enrareciera la atmósfera pocas horas después con las críticas a su discurso en el Memorial del Holocausto Yad Vashem, con términos como “defraudó”, “despertó la ira de los presentes”, etcétera. Según sus críticos, un discurso “académico y didáctico”. De un teólogo que ha mostrado displicencia ante la sensibilidad de sus anfitriones. Pero yerran quienes critican al Papa. De haber examinado sus palabras en su dimensión más profunda habrían comprobado que estuvo enfocado en conceptos de la memoria, la memoria de las víctimas. Benedicto XVI, desde el inicio de su pontificado, ha reiterado los singulares lazos que unen a judíos y católicos, y repudió el antisemitismo y el negacionismo del holocausto. Pasarán aún décadas, si no siglos, antes que judíos y cristianos podamos desembarazarnos del peso de una historia horrenda, pero la actitud del Papa hacia el pueblo judío e Israel es más que positiva, pese a inevitables malentendidos. Se equivocan quienes al ocuparse de palabras que faltan en un discurso se apresuran a enjuiciar al Papa atribuyéndole indiferencia ante el antisemitismo, cuando horas antes lo había condenado enfáticamente a la vez que señaló el vínculo entre el pueblo judío y los cristianos, de gran valor histórico. Otro tema delicado ha sido su actitud frente al conflicto palestino-israelí. El Papa apeló a una reconciliación, no sin criticar el comportamiento de Israel como potencia ocupante, recordando a los políticos la necesidad de una solución justa al conflicto basada en la visión de dos estados para dos pueblos. Tampoco aquí faltaron los decepcionados, pero la mayoría de las críticas de que fue objeto han sido injustificadas y en algunos casos han distorsionado la realidad.El Papa deja atrás un reguero de contrariados. Es cierto, no usó de la oportunidad que se le ofreció para expresar su profundo pesar como líder máximo de la Iglesia, como Pontífice alemán, pero las palabras no pronunciadas empequeñecen ante un evento trascendente en los anales de la historia de Israel, un paso más en el proceso de conciliación entre judíos y católicos. Una visita, como expresó el presidente Peres, que es más para los libros de historia que para la prensa diaria.

Samuel Hadas, analista diplomático y primer embajador de Israel en España y la Santa Sede.