Un plan de cinco medidas para la prosperidad europea

Aunque se haya logrado poner en pausa la crisis griega, la situación económica en Europa sigue siendo sombría. El crecimiento de la eurozona es ligeramente superior a los niveles cuasi recesivos de hace unos meses, pero las proyecciones del Fondo Monetario Internacional para 2015 y 2016 apenas superan el 1%. El desempleo sigue por encima del 11% y es dos veces esa cifra entre los jóvenes (que a su vez es el doble en países como Grecia y España).

Es probable que la salida de Grecia de la eurozona sea menos perjudicial ahora de lo que hubiera sido hace unos años. A ojos de los mercados, los países con mayor riesgo de contagio (Portugal, España e Italia) son menos vulnerables ahora, y además la Unión Europea ha creado un fondo de rescate y el Banco Central Europeo ha puesto en marcha un programa de compra de bonos a gran escala.

El verdadero reto en Europa es la persistencia del estancamiento y las crecientes presiones fiscales sobre el sector público debido a estados de bienestar que se encuentran sobreexigidos por el rápido envejecimiento de la población. Habrá que encontrar soluciones audaces a cinco problemas intervinculados, si se desea recuperar el crecimiento, las oportunidades, la prosperidad y la estabilidad financiera.

El primer problema es fiscal y bastante sencillo de entender aritméticamente. La tasa impositiva necesaria para financiar el gasto social debe equivaler a la relación entre el número de personas que reciben beneficios y el número de contribuyentes (la tasa de dependencia), multiplicada por el beneficio promedio con respecto a los ingresos que se gravan (la tasa de reposición). Fue este cálculo lo que llevó a Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, a declarar que “el modelo social europeo ha muerto”. Demasiados europeos reciben demasiados beneficios, pero hasta ahora la mayor parte de los gobiernos han eludido hacer frente a esta realidad, asumiendo niveles enormes de deuda para posponer este necesario ajuste de cuentas. Hace mucho que deberían haberse emprendido reformas dirigidas a ajustar el gasto social.

El segundo problema es de tipo económico: década tras década, el crecimiento en Europa ha sido muy inferior al de Estados Unidos. Aunque la teoría económica predice la convergencia en los niveles de vida, Europa se sitúa por detrás de EE.UU. en un 30% o más. Los altos impuestos y los obstáculos que significan las complicadas regulaciones sofocan el mercado laboral y los nuevos emprendimientos. El excesivo desembolso en bienestar social desincentiva la creación de empleos, las contrataciones, las inversiones y el crecimiento, mientras que la persistencia de un crecimiento crónico lento asfixia las oportunidades para las masas de jóvenes desempleados y subempleados del continente.

El tercer problema es la crisis bancaria. En Europa, los bancos proporcionan aproximadamente el 70% del crédito de los países, en comparación con el 30% en EE.UU. Pero muchos bancos europeos están apalancados en exceso y siguen con vida únicamente gracias a las medidas de emergencia de infusión de liquidez con fondos públicos.

En cuarto lugar está la crisis monetaria. Para poder disfrutar de los muchos beneficios del euro (transparencia de los precios entre fronteras, menores costos de transacción y credibilidad inflacionaria) los países han debido renunciar a la independencia en sus políticas monetarias y la flexibilidad en sus tipos de cambio. Pero, debido a los límites a las transferencias interregionales y a la movilidad laboral, esto significa que hay mucho menos capacidad de absorber crisis dispares mediante los llamados estabilizadores automáticos. Por el contrario, en Estados Unidos, un desempleado de Michigan, donde el paro es alto, puede mudarse a Texas, donde hay bastante trabajo, y el sistema federal de impuestos y transferencias traspasa fondos automáticamente en la dirección opuesta para atenuar la desaceleración a nivel local.

Por último, Europa se enfrenta a un grave déficit de gobernanza. Los ciudadanos están cada vez más desencantados con las élites europeas y las instituciones supranacionales como la Comisión Europea, que imponen normas y reglamentos que entran en conflicto con los intereses económicos y la soberanía de sus países. Los votantes están inquietos, como se pudo advertir en los resultados de las últimas elecciones griegas. El sentimiento nacionalista va en aumento, y los partidos demagógicos de extrema derecha e izquierda crecen en todas las encuestas.

Hacer frente a estos problemas será difícil, pero no imposible. El reto principal es fiscal; Europa no puede rehuir la necesidad de reducir sus anquilosados modelos de bienestar. Si reconoce este hecho y aplica políticas como las siguientes, el continente podría ir saliendo de su actual letargo.

Consolidación fiscal gradual: la máxima prioridad ha de ser reducir el tamaño proyectado del gasto público y, por lo tanto, las tasas impositivas futuras. Esto debería combinarse con la mutualización de parte de los pasivos de los países altamente endeudados (lo cual podría definirse como una relación entre deuda y PIB por encima de, digamos, un 60% o 70%) y modestas rebajas a cambio de bonos cupón cero de largo plazo. Los “bonos Brady” que EE.UU. utilizó para ayudar a resolver la crisis de la deuda latinoamericana en la década de los 90 podrían servir de modelo.

Mientras tanto, será necesario solucionar con rapidez el problema de los bancos zombies de Europa, ya sea por adquisición o toma de control temporal para limpiarlos y vender activos, como hizo la Resolution Trust Corporation durante la crisis de ahorros y préstamos de Estados Unidos en la década de los 80. También es necesario implementar reformas estructurales que aumenten la flexibilidad del mercado de trabajo y reduzcan la burocracia y otros obstáculos a la creación de nuevas empresas.

Por último, la zona euro debería adoptar un euro de dos vías con un tipo de cambio fluctuante, idea defendida por el economista estadounidense Allan Meltzer. Habría que desarrollar reglas sistemáticas para determinar cuándo a los miembros de la eurozona les corresponde el “euro B” o el “euro A”. Una solución de compromiso como ésta -que se podría denominar “depreciación sin abandono”- evitaría algunos de los problemas (pero no todos) que podría originar la salida completa de un país de la eurozona. Crearía su propio conjunto de incentivos, lo que podría ser también una forma de ejercer presión para evitar el descenso de categoría, al igual que en el fútbol de primera división los equipos tratan de evitar el descenso a las ligas menores.

En su conjunto, estas políticas reducirían la deuda soberana y las tasas de interés, aliviarían la presión tributaria, permitirían a los países aumentar la competitividad con menos sacrificios en los niveles de vida, y darían a Europa una hoja de ruta hacia la prosperidad. Hasta ahora, los líderes de la UE han seguido el camino más fácil pero menos productivo, aplicando sobre la marcha arreglos temporales y parciales a los problemas. La posibilidad de un futuro económico más brillante debería ser una motivación suficientemente grande como para invocar el mismo tipo de liderazgo con el que Europa logró renacer de las cenizas tras la Segunda Guerra Mundial.

Michael J. Boskin is Professor of Economics at Stanford University and Senior Fellow at the Hoover Institution. He was Chairman of George H. W. Bush’s Council of Economic Advisers from 1989 to 1993, and headed the so-called Boskin Commission, a congressional advisory body that highlighted errors in official US inflation estimates. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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