Un Plan Marshal para el mundo árabe

El importante discurso del Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, sobre las consecuencias de la “primavera árabe” es también un desafío para Europa. Sólo si la asociación transatlántica resulta eficaz, como lo fue para afrontar las exigencias de la Guerra Fría y el fin de la división de Europa, podrá Occidente contribuir a hacer realidad las esperanzas despertadas por los levantamientos árabes.

La crisis entre los vecinos meridionales de Europa refleja un proceso de profunda transformación que tendrá consecuencias muy duraderas: para la región, para Europa y para el mundo. La región mediterránea es decisiva para la paz, la estabilidad y el crecimiento económico de Europa. Los vecinos mediterráneos del continente consideran a ésta su socio natural y los acontecimientos allí sucedidos, incluido el proceso de paz palestino-israelí, tienen repercusiones más amplias, que, naturalmente, entrañan la estrecha participación de socios mundiales: en primerísimo lugar, los Estados Unidos.

Los acontecimientos actuales, no sólo en Libia, sino también en Túnez, Egipto, Siria, Yemen y Baréin, reflejan la complejidad política de esos países. También se deben a diferentes factores, como, por ejemplo, la frustración por el aumento de los precios de los alimentos y la corrupción generalizada, junto con las exigencias de una mayor democratización, la reducción de las desigualdades económicas y sociales y la creación de puestos de trabajo.

La reacción de Europa ante ese proceso debe encarnar el objetivo de una transición rápida y ordenada. Quienes proponen algún tipo de “asociación por transformación”, basada en la reforma política y el respeto pleno de los derechos humanos y las libertades fundamentales, deben tener presente que el paisaje político de la región seguirá siendo inestable y tenso en los próximos meses.

Así, pues, no es de extrañar que la estabilidad regional haya surgido como una máxima prioridad para los europeos. El caos, un resurgimiento del terrorismo, el ascenso del islamismo radical y las olas de inmigración en masa hacia Europa son sólo algunas de las posibles amenazas para la Unión Europea que ahora se están previendo. En vista de ello, la UE debe hacer todo lo posible para impedir un deterioro de la seguridad de la región.

Así como el Plan Marshal de después de 1945 consistió en una ayuda financiera encaminada a la reconstrucción y el relanzamiento de las economías de la Europa occidental para apoyar la transformación democrática y la estabilidad política, los países de la “primavera árabe” afrontan imperativos y necesidades similares. Tenemos que habilitar a países como Egipto y Túnez –y posiblemente a una Libia pacífica– para fortalecer su estabilidad política mediante la democratización.

El Plan Marshal fue acompañado de asociaciones para la reconstrucción en las que los EE.UU. y los países europeos beneficiarios participaban en plan de igualdad. El objetivo era el de fortalecer la cooperación como medio de crear una paz duradera. La situación en la región mediterránea está en una fase más avanzada. Ya hay una base, por lo que lo que ahora se necesita es aumentar la integración de Europa con sus vecinos meridionales.

Ésa es la razón por la que Italia ha propuesto un nuevo “Plan para el Mediterráneo” de la UE encaminado a apoyar el proceso de transición y partir de los instrumentos institucionales y financieros existentes para aportar recursos suplementarios a la región. Se debe revitalizar y reorientar la Unión por el Mediterráneo, lanzada por el Presidente francés Nicolas Sarkozy en 2008, hacia proyectos de desarrollo que vayan desde carreteras y puertos hasta el fomento de las pequeñas y medianas empresas.

Pero también hace falta una iniciativa económica más amplia para movilizar una masa crítica de recursos financieros europeos e internacionales a fin de atraer inversión a la región y modernizar sus infraestructuras y servicios. Debemos derribar, junto con los EE.UU., las barreras económicas y comerciales que están asfixiando esas economías. También debemos conceder a algunos países mediterráneos la condición de asociados, que les permitirá integrarse progresivamente en el mercado interior de la UE y participar en sus programas.

Para lograr todo eso, se necesita un conjunto claro de principios. Nosotros, los europeos, debemos favorecer la estabilidad, crear un auténtico espíritu de corresponsibilidad y fomentar la responsabilidad política. En ese nuevo marco, la UE debe evitar una excesiva condicionalidad, en particular durante el período de transición.

El fuerte apoyo de Europa al desarrollo económico de la región debe seguir siendo la prioridad máxima, a medida que los países árabes introduzcan reformas necesarias. Además, se debe crear una institución financiera especializada para que contribuya a esa tarea. Una propuesta digna de estudio es la de mejorar y fortalecer el Mecanismo para la Inversión y la Asociación Euromediterránea del Banco Europeo de Inversiones, que pasaría a ser una institución autónoma, tal vez con sede en Oriente Medio o en el norte de África y de cuyas acciones serían titulares los gobiernos (u otras instituciones) de la región y otras partes que así lo desearan.

El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD), con sede en Londres, podría unirse a esa empresa ampliando sus actividades a la región, que podrían ir acompañadas de la creación de servicios especializados para apoyar el aumento de las empresas creadoras de puestos de trabajo. El BERD hizo una importante contribución al proceso de transición democrática en la Europa oriental; existen razones poderosas para aprovechar su experiencias y conocimientos técnicos a fin de ayudar al Mediterráneo meridional.

Al mismo tiempo, la UE debe lanzar un “diálogo entre iguales” sobre asuntos políticos y de seguridad, encaminado a la creación de confianza en toda la región. Una Conferencia de Seguridad y Cooperación en el Mediterráneo y Oriente Medio (CSCM) podría llegar a ser rápidamente un instrumento útil para fomentar ese planteamiento amplio de la seguridad y del desarrollo. En una palabra, tenemos que transformar los países mediterráneos en productores –en lugar de consumidores– de estabilidad regional.

Nosotros, los Europeos, no podemos permitirnos el lujo de dar la espalda a nuestros amigos árabes de allende el mare nostrum. Forman parte de nuestra historia colectiva y merecen el mejor futuro que podamos ayudarlos a construir.

Por Franco Frattini, ministro de Asuntos Exteriores de Italia. Fue Comisario de Justicia, Libertad y Seguridad de la Unión Europea. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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