Un pollo andaluz

Cuando el zoólogo, taxidermista o, como se decía entonces, “disecador” y pintor valenciano Juan Bautista Bru de Ramón incluyó en 1784 al “pollo de tres pies” en su fascinante Colección de láminas que representan a los animales y monstruos del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, no podía imaginar que estaba anticipando la inaudita morfología del gobierno que 235 años después va a constituirse en Andalucía. La obra estaba dedicada al conde de Floridablanca, inventor, por cierto, del “cordón sanitario” -para cerrar la frontera a la infección revolucionaria- que acaba de romperse en el acuerdo de investidura con Vox.

Visto de frente, el pollo de tres patas, al que Bru de Ramón bautizaba como ‘Gallus monstrosus‘, parecía un animal normal, plantado con especial firmeza, pues sólo mostraba las extremidades delanteras que le sostenían de forma simétrica. Examinado de perfil o, no digamos, por la espalda, revelaba, sin embargo, el secreto de esa estabilidad: un tercer pie como punto de apoyo, “pegado al arranque de la cola”.

En eso consiste el tripartito camuflado, a través de los dos pactos simultáneos, entre el PP y Ciudadanos y el PP y Vox. La mirada frontal nos muestra un acuerdo de gobierno lógico, entre dos fuerzas contiguas, de contenido atractivo e incluso podríamos decir ilusionante, en la medida en que propicia el primer gran cambio, tras casi 40 años de control socialista de la Junta. Sin embargo, a medida que rodeamos el perímetro del bicho, descubrimos que sólo la implicación permanente de Vox, dándole respaldo desde atrás, cual productor asociado que aporta la tramoya oculta por el decorado, garantizará su viabilidad política y logrará mantenerlo parlamentariamente en pie.

Un pollo andaluzLa analogía es certera, sin necesidad de apurarla, tomando el todo por alguna de sus partes. Viene esto a cuento porque, poco después de estrenar ‘Un perro andaluz’, Luis Buñuel se encontró con Ángel del Río en un viaje a Nueva York y descubrió, con estupefacción, que Lorca se había dado por aludido, durante su paso por la Gran Manzana. “Buñuel ha hecho una mierdecita así de pequeñita que se llama ‘Un perro andaluz’ y ese perro andaluz soy yo”, le habría dicho Federico a su común amigo.

De nada sirvió que el de Calanda alegara que en su cortometraje onírico, fruto de la colaboración con Dalí, no salía ningún perro, ni tampoco ningún andaluz. Y que, fiel a su credo surrealista, era precisamente esa total falta de relación lo que le había hecho decidirse, tras barajar los títulos alternativos de ‘El marista en la ballesta’ o ‘Prohibido asomarse al interior’. El falso agravio nunca se disipó.

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Quede, pues, constancia de que, aunque a cualquiera de ellos podría cuadrarles el apodo, el “pollo andaluz” no es ni el pinturero Moreno Bonilla, presidente in pectore de la Junta tras la más soñada e inesperada de las carambolas, ni el senequista Juan Marín, ni el intelectualmente estrafalario juez Serrano. El pollo andaluz es el lío político -en cierto modo también surrealista- que se han visto empujados a generar entre los tres.

Repasando sus estrategias y posiciones negociadoras, hay que admitir que este, ese y aquel o, para ser más exactos, sus mentores Abascal, Rivera y Casado tienen argumentos que justifican su conducta. Pero su fuerza de convicción emana precisamente de su parcialidad. La misión imposible llega cuando se trata de casar esos relatos fragmentados en un proyecto compartido.

Si antes explico lo de las “dos almas de Vox”, antes las vemos materializarse. Como si pretendieran escenificar la dicotomía que describía en mi Carta del domingo pasado, Abascal y los suyos pasaron, en un abrir y cerrar de ojos, del maximalismo extremista de las condiciones inamovibles, que dinamitaban consensos constitucionales, al pragmatismo de hacer posible el desalojo de Susana Díaz, a cambio de una declaración de vagas intenciones -lo que Ciudadanos percibe como “papel mojado”-, más o menos compartidas por la casa madre del PP.

A mi juicio ha sido una operación inteligente, de los dirigentes de Vox, en sus dos fases. Con el primer movimiento -ni un euro para la “violencia de género”, cincuenta mil “sin papeles” de vuelta a su casa, para “día de Andalucía” el de la toma de Granada…- han alimentado los instintos primarios de sus bases, las fantasías del ya verás cuando ganen estos, reafirmando su identidad electoral. Con el segundo -me conformo con una Consejería de la Familia y mucho apoyo a los procesiones, los toros y el flamenco- han demostrado que son un partido político más, capaz de analizar con frialdad sus opciones, dispuesto a bajarse del burro a conveniencia y con mayor disposición a sujetar sus ínfulas que la que mostró Podemos cuando frustró el Pacto del Abrazo.

Esto no sólo no resta un ápice de peligrosidad a determinados aspectos de su proyecto, sino que la acrecienta. En su primera prueba de fuego Vox se ha metido en el tablero con astucia y cálculo político. Los defensores de la centralidad constitucional deberían sustituir el tremendismo de ese “cordón sanitario”, ya franqueado, por la utilidad de la colaboración transversal entre PP, Cs y PSOE que propugna, acertadamente, Manuel Valls. Vox ha crecido gracias a los defectos del sistema y ninguna denuncia pierde ya eficacia a los oídos de los españoles, si tiene una base real en la que apoyarse, por el mero hecho de que sea Vox quien la formule.

La encuesta de SocioMétrica, que hemos venido publicando estos días, indica que la mayoría reclama medidas más firmes contra la inmigración irregular; y refleja que, aunque la Ley de Violencia de Género sigue contando con el saludable respaldo de más del 67% de los españoles, hay un 20% que desea su derogación. O sea, que la unanimidad parlamentaria de 2005 y 2017 no es tal en la sociedad.

He ahí el caladero, más o menos equivalente a esos cuatro millones de votantes de los que hablábamos el lunes pasado, en el que seguirá pescando Vox, si nada cambia. Lo inteligente, desde la perspectiva de esa gran mayoría de quienes, en sintonía con los grandes organismos internacionales, creemos en la especificidad y gravedad de la violencia contra la mujer, sería reformar aspectos secundarios de la ley o, más bien de su desarrollo normativo, que sirven, en unos casos, de motivo y, en otros, de pretexto para erosionar su base social.

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Es obvio que el gran beneficiario del doble pacto andaluz es el que ha jugado en los dos tableros a la vez. Para Pablo Casado y su joven guardia pretoriana, encabezada por Teodoro García-Egea, la experiencia ha sido una reválida que ha enfatizado su consistencia política. Han sentido el aliento en el cogote de Feijóo y Juan Vicente Herrera, últimos barones con pedigrí en el partido, pero se han plantado justo a tiempo.

Pueden jactarse de haber conseguido el apoyo a la investidura de Moreno Bonilla, sin ceder en nada ante Vox y sin perder, por lo tanto, la confianza de Ciudadanos como socio de gobierno. ¿Cuántos años hacía que desde la cúpula del PP no se podía alardear de ejercer un papel “centrista” -¡y activo!- en una transacción? En este caso el concepto es muy relativo porque todo el negocio estaba inclinado a la derecha, pero indica que la pachorra de la siesta eterna ha concluido en Génova 13. De ahí la expectación que rodea la convención ideológica del próximo fin de semana, pese a que la designación de Díaz Ayuso y Almeida como candidatos madrileños denota que en el actual PP hay muchos “pavones” pero faltan los “zidanes”.

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El que, como siempre, corre más riesgos haciendo lo que ha hecho en Andalucía es Ciudadanos, el partido al que ambos lados vituperan y ambos lados necesitan. El primer deseo de Año Nuevo de PP y PSOE es que la fuerza naranja deje de existir o, al menos, entre en decadencia y crisis catatónica. El segundo deseo es que, en su defecto, se convierta en su socio de gobierno en cuantos más sitios mejor.

Tras sus concesiones a los separatistas, Sánchez lo tiene ya tan imposible como lo tenía Rajoy por sus lazos con la corrupción, pero la gran mayoría de los barones y candidatos del PSOE son tan aceptables como los populares. ¿Por qué Susana Díaz no lo ha sido? Por la necesidad compulsiva, casi dionisíaca, de bailar sobre la losa de 40 años de socialismo.

Respecto al desenlace andaluz hay dos interpretaciones: la del entorno de Susana Díaz que sostiene que ella estaba dispuesta a hacer presidente de la Junta a Juan Marín en una operación tipo “Borgen” y que Rivera ni siquiera quiso explorar esa alternativa; y la del propio equipo del líder de Ciudadanos, que alega que esa opción nunca estuvo sobre la mesa, entre otras cosas porque la “única condición” de Sánchez a Díaz habría sido, según ellos, no dar esa gran baza política a quien lidera todos los sondeos de popularidad.

Tal vez a Ciudadanos le ha faltado sangre fría para alargar la partida, a la espera de lo que ocurra con los Presupuestos del Estado y el calendario de las generales. Pero el ansia de contribuir a la alternancia, después de haber dado tres años de estabilidad a Díaz, era compartida por las cuatro quintas partes de su electorado. El factor decisivo ha sido en todo caso la celeridad con la que Vox ha entregado la cuchara de sus doce votos, sin obligar al PP a alterar una coma de lo que es un programa regeneracionista con la marca de Rivera.

El problema es que, como acaba de advertirle Abascal, Ciudadanos necesitará los votos de Vox para sacar adelante cada una de sus propuestas, en la medida en que Díaz va a practicar una oposición a sangre y fuego que dará gran brío al parlamento. Juan Marín podrá reprochar a la presidenta caída su falta de correspondencia a la colaboración del pasado; pero ella responderá señalando a Vox y esa será una pescadilla que se morderá la cola porque, a partir del minuto uno, Vox ya no cederá en nada a cambio de nada. A los naranjas les espera una agonía continua: cada pacto con Vox servirá para descentrarles, cada bloqueo fruto del desacuerdo acentuará la inviabilidad del pollo de tres patas.

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Tengo para mí que este va a ser un gobierno autonómico con los telómeros muy cortos. Como cualquiera con fundamentos básicos de genética sabe, de estos extremos de los cromosomas dependen las fusiones de unas células con otras y, a la postre, la longevidad de un organismo. Más pronto que tarde, Rivera dará prioridad a la necesidad de desembarazarse de un aliado, o al menos compañero de viaje, que lastrará su posibilidad de crecer en el centro izquierda. Tocar el segundo violín en la Junta de Andalucía es importante, pero liderar o compartir el Gobierno de España, mucho más.

Un pollo andaluzYa lo dijo Bru de Ramón al glosar la bella lámina de su ‘pollus monstrosus‘, mutación aberrante del ‘pollus gallinaceus’: “Todos estos monstruos están comúnmente privados del uso de esta tercera pierna; lo uno por lo difícil de andar con tres puntos de apoyo y lo otro porque suelen ser más cortas que las otras dos, luego que crecen”. ¿No es esta la crónica de una muerte política anunciada?

Terminemos en fin con una sonrisa. Va una pareja en un coche a 100 por hora y notan que un objeto raro, con apariencia de animal, les supera más deprisa por la derecha. Aceleran por curiosidad, pero a medida que aumentan la velocidad -110, 120, 130- y se acercan, el extraño bólido también lo hace. Al final, tras una persecución de película, logran atisbar que se trata de un pollo de tres patas, justo cuando tuerce bruscamente a la izquierda y se mete en una granja. Encuentran allí a un fulano embutido en su mono de faena y le preguntan: “¿Ha visto usted entrar a un animal raro?” “Sí, claro, es un pollo de tres patas. Yo soy el que los cría”. “Ah, qué interesante… Y díganos, díganos, ¿cómo son esos bichos?”. “Pues, miren, no lo sé. Nunca he conseguido coger a ninguno”.

La investidura como huida hacia delante. ¿La investidura como cuadratura del círculo y quimera de lo imposible? Pregúntenselo a Sánchez.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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