Un problema de clases

Por Roger Jiménez, periodista (EL PERIÓDICO, 21/01/07):

En la última entrega de su Anatomy of Britain, Anthony Sampson, biógrafo del Reino Unido durante el último medio siglo, recurre literariamente al efecto Rip van Winkle, aquel personaje de Washington Irving que durmió un largo sueño y lo encontró todo cambiado al despertar. Sampson revisita los últimos decenios y llega a la conclusión de que los ingleses ya no están en el puente de mando de la política, de las finanzas ni de las grandes firmas industriales. El círculo mágico conservador se ha evaporado, los nobles han sido apartados de la Cámara de los Lores, la familia real es observada como un serial televisivo, los jardines de Buckingham son ahora frecuentados por grupos y cantantes pop o futbolistas como David Beckham. En suma, dice el escritor, nadie sigue la vieja máxima imperial de “nunca pidas nada, nunca rechaces nada”. Ahora hay colas para rellenar solicitudes en pos de cargos, títulos y honores, y los viejos valores parece que se encuentran en desbandada.

FUERA DE este renovado escenario, un fundamento que resiste todos los cambios es el sistema de clases. La gente no suele hablar de sus conocidos y colegas en función de su clase, pero una serie de signos la ponen al descubierto, y uno de ellos es el acento. Como observó el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw, “es imposible que un inglés abra su boca sin que otro inglés lo desprecie, y no hablemos de los de fuera”. Otros signos son la ropa, el tipo de trabajo, el tamaño y decoración de las casas, los gustos en la comida, los animales de compañía, las lecturas y las aficiones. Ello se debe, en parte, a que Gran Bretaña entró en la era industrial y democrática conservando en buena medida la estructura formal que mantenían las clases e instituciones dominantes en periodos anteriores.
Así, siguieron rigiendo muchos de los valores preindustriales y predemocráticos que daban importancia al origen y a las élites, donde el lenguaje era uno de los factores determinantes en la estructura social. Las clases superiores y sus instituciones –colegios privados, antiguas universidades y títulos nobiliarios– siguen en la cima de la estructura social.
George Orwell hacía notar que los sentimientos de respeto hacia ellas han sido siempre tan fuertes entre los trabajadores ingleses que incluso en la literatura socialista es frecuente encontrar alusiones despectivas a los habitantes de los barrios pobres. “Estoy dispuesto a dar mi vida por la clase obrera inglesa, pero no tengo ningún interés en vivir con ella”, decía un acaudalado compatriota que financiaba estudios marxistas.
Otro motivo de la supervivencia de las divisiones en clases es la fuerte tendencia conservadora de la gente y su acomodo a la situación preexistente, lo que la hace poco receptiva a las provocaciones y la agitación. Los críticos llaman a eso complacencia, incluso letargo, y consideran que es responsable de la falta de iniciativa y de la decadencia de los últimos años, en los que se han perdido importantes joyas de la corona industrial.
En este pueblo isotérmico no es exagerado afirmar que no hay conservador más tenaz que un obrero inglés. En la era victoriana, todo ciudadano de un país miembro de la Commonwealth estaba titulado para residir en el Reino Unido, con una extensión territorial que apenas llega a la mitad de la península ibérica. Fueron llegando de todos los continentes a partir de 1950, hicieron los trabajos peor considerados y se les discriminó con la vivienda. Aunque eran marginados, se respetó su cultura en una curiosa ambivalencia. Incluso la BBC programa semanalmente películas realizadas en Bollywood para los residentes de origen indio.

UNA REALIDAD incuestionable es que en este caleidoscopio étnico y lingüístico los ingleses toleran mal la diferencia. Tienen que hacer un esfuerzo considerable para persuadirse a sí mismos de que los demás existen. Los de fuera no son queridos, pero nadie lo dice, excepto en ciertos momentos, como en el episodio del Gran hermano. La actriz india Shilpa Shetty es una persona culta y refinada cuyos modales pueden compararse con infinita ventaja sobre los de las zafias participantes autóctonas que la han vituperado en el programa. Pero, mientras que los miembros de la aristocracia mantienen una indiferencia majestuosa hacia los extraños, estas jóvenes, como los hooligans, se erigen en portavoces vocingleras del subconsciente más vulgar del país.
“Inglaterra –decía Chesterton–, es el lugar más extraño que he conocido jamás, pero como lo conozco desde mi más temprana infancia, también a mí se me ha pegado la rareza”. Pese a ser buenos viajeros, para los ingleses el centro del universo ha sido siempre el puente de Londres. Con el gravoso euro- túnel, algunos se apresuraron a prolongar la vieja broma afirmando que el continente ya no estaría más aislado. Pero el rompecabezas del stablishment inglés, con su pompa y circunstancia y sus muchas contradicciones, sigue siendo un enigma insalvable para propios (algunos) y extraños.