Un problema económico

Por Ramón Folch, Socioecólogo. Presidente del Consejo Social de la UPC (EL PERIÓDICO, 01/02/07):

El cambio climático no es un problema ambiental, sino económico. El cambio climático en curso es un tema ambientalmente secundario que conlleva un conflicto socioeconómico considerable. Sin embargo, según el razonamiento al uso, evitar las negativas consecuencias del cambio climático es algo tan ambientalmente deseable como económicamente inabordable. La negativa de la administración de Bush a subscribir el Protocolo de Kyoto arranca de esta premisa. El caso es que es falsa. Peor: está invertida.
Los pormenorizados y sesudos informes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) no han logrado impresionar a políticos y empresarios. Menos aún la gestualidad de los activistas ambientales. La sacudida, para muchos, ha llegado con el informe que el economista Nicholas Stern ha entregado (octubre del 2006) al Gobierno británico, instado por el propio Tony Blair. La razón es simple: el informe Sternþcuantifica costos. Y son alarmantes.
Según las conclusiones de Stern, hacer frente al cambio climático costaría una enormidad, del orden del 1% del PIB mundial. Es muchísimo. Pero no hacerlo sería aún más oneroso: entre el 5% y el 20%. Lo primero parece dar la razón a los neocons norteamericanos; lo segundo les deja contra las cuerdas. Stern puede equivocarse, pero ya empezaríamos a ser demasiados los “extraviados”, ampliamente mayoritarios entre los administradores de criterio.

LOS INFORMES del IPCC son concluyentes. Tal vez no logren impresionar a aquellos que se niegan a escuchar, pero son concluyentes. Recordaré que la concentración de CO2 en la atmósfera se mantuvo estable en torno de los 280 ppm (partes por millón) durante el milenio anterior a la Revolución Industrial (sí, tenemos registros en el aire datable atrapado en las masas de hielo), y que empezó a subir a partir de mediado el siglo XIX, de 290 a 330 ppm entre 1850 y 1950, hasta llegar a los 430 ppm de la actualidad. En efecto, hemos llegado a los 430 ppm y no paramos de subir, a razón de 2 ppm anuales. La relación de esta alza con el aumento del efecto invernadero ya no puede seguir discutiéndose. Y su correlación con la quema de combustibles fósiles, tampoco.
Pero todo esto, como digo, es ambientalmente secundario. Todo esto explica por qué se están fundiendo grandes masas de hielo polar y alerta de lo que llegaría a suceder si acabaran fundiéndose todas, nada menos que 24 millones de km3. El nivel del mar subiría tres o cuatro metros, tal vez algo más, o sea, poca cosa: el mar ha experimentado oscilaciones mucho mayores en periodos geológicos pretéritos. No, el tema no es que estemos ante un problema eco- lógico, porque el planeta soporta estas alteraciones sin más dificultades. El tema es el problema que supone para nosotros, para nuestra forma de ocupar el espacio y usar la biosfera, para nuestro sistema productivo. El problema es económico.
Ese ambientalmente poco relevante metro de subida en el nivel del mar dificultaría las operaciones de la mayoría de los puertos actuales, de no inutilizarlos. Los modestos 2°C que habrá aumentado la temperatura media en apenas un siglo son planetariamente irrelevantes, pero modifican de tal forma el comportamiento atmosférico (situación de los anticiclones, circulación de las masas de aire) que trastocan por completo los fenómenos meteorológicos y, por tanto, los procesos productivos asociados. Nada comparados con las glaciaciones cuaternarias; pero es que en aquel contexto no existiría el mundo moderno.
Las zonas peor paradas serán las islas oceánicas de relieve escaso (riesgo neto de anegamiento total) y las tierras subtropicales que, como la nuestra, tienen medio pie en la aridez (desertización pluviométrica). Un descenso pluviométrico anual de 50 l/m2 en Europa central supondría pasar de los 800 l/m2 a los 750, nada grave; para nosotros representaría bajar de los 500 a los 450 l/m2, o sea, situarse a las puertas del desierto, convertir Catalunya en los Monegros y sin Ebro de por medio.

HAY QUE reaccionar de una vez por todas. Sin embargo, en esta ocasión la tecnología por sí sola no resolverá gran cosa. Hacer cosas materiales comportaría consumir más energía y, por lo mismo, incrementar el problema. Por otra parte, las reservas de la energía fósil causante del conflicto están mermando a ojos vista y las reservas de uranio son comparativamente tanto o más limitadas que las de petróleo. Puede que la piedra filosofal energética esté en la fusión nuclear, pero ¿cómo superamos las tres o cuatro décadas que, por lo bajo, nos llevará lograrla?
Se impone un cambio de paradigma económico. No podemos seguir creciendo. Creciendo en cantidad, quiero decir. Como todo adolescente que llega a la edad adulta, necesitamos estabilizar la talla y crecer en destrezas y conocimiento. Ni hay tela para más, ni tiene sentido seguirse estirando. En lugar de crecer para garantizar una oferta insostenible (agotamiento de recursos, trastornos económico-ambientales), debemos inventar el éxito económico basado en la eficiencia transformadora y en la contención de la demanda. Ya sé que con el paradigma actual no es posible. Por eso hay que inventar otro. No sería la primera vez. Pero ahora el tiempo apremia y los vientos son adversos. Excelente acicate.