Un problema sin solución

Entre la diversidad de banderas que engalanan los balcones de Barcelona todavía quedan algunas, bastante gastadas ya, que proclaman el viejo eslogan de “Volem votar”. Si viniera un extraterrestre y nos preguntara por el sentido de esa frase, tendríamos que explicarle que los habitantes de esa vivienda no sólo no han sido despojados de su derecho al voto sino que han tenido muchas ocasiones de ejercerlo. De hecho, desde que esa bandera se colgó no hemos parado de votar: en el “proceso participativo” del 2014, en las elecciones “plebiscitarias” de hace un año, en las generales de diciembre pasado, en las también generales de junio… Y, según dicen, puede que tengamos pronto otras generales y otras autonómicas, a las que esta vez llamarán “constituyentes”. ¿Querían votar? Pues se van a hartar.

Al amigo extraterrestre habría que recordarle también los resultados del independentismo en esas convocatorias. Los mejores los obtuvo en septiembre del 2015 cuando consiguió el apoyo de casi dos millones de votantes, que en las generales de tres meses después quedaron reducidos a un millón cien mil. Mucha gente, sí, pero en ningún caso por encima del 50 por ciento y en algún caso superando apenas el 30 por ciento. El independentismo perdió el plebiscito y luego no ha hecho sino perder fuerza. Ni logró una mayoría abrumadora en las plebiscitarias ni esta se ha sostenido en el tiempo. Según mi amigo extraterrestre, lo normal sería que bastara con eso para que nos tomáramos todos un descanso, digamos una tregua de unos pocos años en los que no se hablara tanto del procés. Sería lo razonable, ¿verdad? Pues no. Una distribución anómala, por no decir tramposa, de los escaños convirtió un 47,8 por ciento de votos en un 53,3 de escaños, y por arte de magia una derrota pasó a ser una victoria: donde no había mandato alguno de los electores se inventaron el mandato de los diputados. Y aquí seguimos un año después, con la murga del mandato parlamentario y sin descanso ni tregua ni nada.

El president Puigdemont me inspira cierta simpatía. Lo veo desinhibido, socarrón, casi jovial, con la media sonrisa de quien no acaba de creerse lo que dice. Y desde luego no es tan pomposo como su antecesor, el irrepetible Artur Mas, empeñado en hacer historia a todas horas. Abundan las pruebas del alto destino al que Mas se sentía llamado: el cartel electoral en el que aparecía caracterizado como un moderno Moisés, las solemnes invocaciones a Gandhi y a otras grandes figuras históricas, la transmisión urbi et orbi de la firma de la convocatoria del 9-N… Tenía Artur Mas un elevado concepto de sí mismo. En una novela de Luis Landero encontré un adjetivo que no está recogido en ningún diccionario pero cuyo significado se entiende a la primera: “importancioso”. Eso, importancioso, es lo que era Artur Mas y lo que por suerte no es Puigdemont.

¿Se acuerdan de cuando Mas era considerado el “principal activo” del procés? Pues parece que el propio procés lo engulló y que allí acabaron sus ansias de hacer historia. Pero el proceso sigue adelante y, de creer una hoja de ruta que a pesar de todo se mantiene invariable, se habrá culminado en menos de un año. Demasiadas prisas parecen. El apoyo de los votantes es insuficiente, la capacidad de movilización languidece y el propio Puigdemont, recién salido de una cuestión de confianza, tiene que hacer equilibrios para mantenerse en el Palau de la Generalitat: ¿cuándo se ha visto que un gobierno que tiene las fuerzas justas para no ser defenestrado se lance nada menos que a la aventura de una secesión territorial, que exigiría una fuerza colosal?

A estas alturas hay muchos catalanes que siguen cabreados con España pero ya no recuerdan muy bien por qué. Me niego a creer que la gente se haya tragado la patraña de los trescientos años de opresión, así que los motivos tendrán que ser otros. ¿El déficit fiscal? Desde que sabemos que esos dieciséis mil millones extras no nos están esperando en ningún sitio para el día siguiente a la independencia, ya nadie habla de él ni repite el viejo mantra de la Catalunya productiva y la España subsidiada. ¿La sentencia del Estatut? Podría ser, pero reconozcamos que en su momento el asunto no importó demasiado a los catalanes, que mayoritariamente optaron por quedarse en casa en vez de ir a apoyarlo con su voto. ¿La defensa de la lengua y la cultura catalana? Podría ser también, pero reconozcamos asimismo que nunca habían estado tan defendidas como ahora… Salvo que se sea muy suspicaz, en los últimos meses no ha habido nuevos agravios. Sin nuevos argumentos que justifiquen la secesión (más allá de las clásicas luchas de los partidos por el poder), el debate se agota en sí mismo y se vuelve reiterativo. Es verdad que, con o sin motivos, muchos catalanes seguirán prefiriendo romper con España, y eso es un problema. Pero tendemos a creer que todos los problemas tienen solución y sin embargo no siempre es así. Bien puede ser que este sea uno más de los muchos problemas sin solución.

Ignacio Martínez de Pisón

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