Un proyecto ‘proustiano’ para Europa

Avanzaremos en el esclarecimiento de la situación confusa en la que nos encontramos los europeos (y los españoles) si, tratando de entender mejor lo que queremos y podemos, miramos con más cuidado lo que ya somos, como resultado de lo que nos hemos hecho ser a lo largo de un camino muy largo y muy dramático; que no comenzó con el fin de la Segunda Gran Guerra ni con la Revolución francesa, o la americana (ni, para los españoles, con la Transición). Para ello conviene acertar en la manera (y el contenido) de recordar, comenzando cada uno, cada país, consigo mismo; y, al hacerlo así, darnos cuenta de que cada nación (o supranación en su caso) solo puede afirmar su identidad si asume su responsabilidad por los muchos actos que, a lo largo del tiempo, han contribuido a hacerla lo que es.

Un proyecto proustiano para EuropaSe trata de comenzar por centrar la atención en cada caso, en lo que la experiencia de ser nosotros significa para esos conjuntos de agentes que solemos llamar naciones. Que no deberíamos ver de manera voluntarista, como el resultado de un plebiscito cotidiano, es decir, un acto de decisión soberana (¿a repetir a cada instante?). Tampoco deberían ser vistas como encarnaciones de proyectos mirando al futuro, un futuro por definición incomprensible dado que solo puede adivinarse. Nos es preciso un ejercicio de memoria al tiempo más sencillo y más complejo. Un recordar sencillo que nos ayude a comprender las últimas etapas, y cómo seguir siendo y no autodestruirnos. Y alguna variante de un recordar complejo, una suerte de proyecto proustiano de «recuperar el tiempo perdido», tratando de reconstruir un espacio de comprensión y de amistad que quizá siempre habíamos estado buscando, en torno a tratos e intereses recurrentes, paisajes, momentos de fiesta pero también de duelo, encuentros y desencuentros, y todo ello conformando la experiencia de una realidad compartida, en forma de presente continuo, que permanece. En este sentido, hacer Europa no requiere un proyecto voluntarista («¡más Europa!») y/o nominalista («es Europa lo que decidimos llamar Europa»), tal como lo suelen imaginar muchos políticos (mediante un texto constitucional muy elaborado, comisiones políticas innumerables, una gran campaña de información y propaganda, y la consiguiente apelación a manifestarse en las urnas o en las calles). Hacer Europa (y algo análogo se podría aplicar a España) requiere, sobre todo, un proyecto ligado a un relato entendido a la manera proustiana: como una ocasión para la experiencia de recobrar e incorporar el tiempo anterior, y dar cuerpo a un presente que continúa en un horizonte próximo. A partir de un momento de su vida, Proust se centra en la tarea de recordar, cruzar de nuevo el río Leteo, del olvido, y retornar al presente y volver al pasado y retornar de nuevo, para vivir, esta vez con mayor profundidad y una combinación más razonable y sensible de esperanza y desesperanza, su experiencia y la experiencia de los otros –los otros significantes– a los que dirige una mirada de amistad, comprensiva y compasiva, y que, por lo mismo, como diría Proust, excluye la crueldad de la indiferencia. Llevar adelante este proyecto proustiano en la Europa de hoy, como una suerte de gran estrategia indirecta a largo plazo, para entender al menos quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí, y qué queremos, y quiénes y cómo son los que encontramos en el camino; y hacerlo en una situación cada vez más compleja, que parece cambiar a un ritmo y en una dirección al parecer incontrolables: todo esto requiere construir un espacio de conversación más abierto al aire (y un aire borrascoso) que el refugio de Proust en el boulevard Haussmann. Un espacio en el que todo tipo de agentes sociales y políticos se comprometen en un juego de múltiples partidas simultáneas, que incluyen debates diversos, arriesgados y muy prolongados en el tiempo.

Para ello se precisa un clima de civilidad, que propicie una convivencia marcada tanto por palabras como por hechos. Hechos que son votos, acciones cívicas y rituales y gestos políticos diversos. Y también palabras que no son gritos, sino una suerte de conversación entre gentes con posiciones en parte encontradas, en parte confluyentes. Ello supone que compartan premisas y criterios suficientes como para, al menos, poder entender lo que sus contrincantes les dicen. Y para ello, tanto mejor si llegan a entender lo que les quieren decir, asumiendo que intentan decir, y decirse, alguna forma de verdad.

A su vez, esta conversación y esas premisas comunes exigen que tales agentes no solo tengan tiempo disponible e información, sino también, y sobre todo, juicio y carácter, porque compartan algunas virtudes intelectuales y morales clásicas. Por lo pronto, fortaleza y templanza para no ofuscarse, y para afrontar el riesgo, y la realidad, cruciales, de la violencia. Y, asimismo, hábitos y disposiciones que permitan aflorar razonamientos que impliquen cierto sentido de lo común y sentido común, es decir, justicia y prudencia, con el cuidado consiguiente a la hora de manejar problemas complejos atendiendo a las circunstancias, los detalles y los matices.

El cultivo de tales virtudes requiere, a su vez, a escala nacional y a escala europea, varios procesos previos y paralelos. Aquí solo puedo aludir a ellos someramente, con una referencia, práctica, a tres factores socioculturales de la conversación ciudadana: el espacio público, la sociedad civil y la educación.

A estos efectos, hay que insistir, primero, en la importancia de reconstruir la comunidad política como una comunidad de amistad, la cual se expresa en y a través de una conversación continua en el espacio público. Pero con la cautela de que en ella no debe tener cabida una clase política que considera a la sociedad, de facto, como una sociedad a dominar, bajo el disfraz de guiarla o liderarla; una sociedad a la que, precisamente por ello, y para ello, se la divide de continuo, extremando los desacuerdos políticos hasta convertir la expresión de éstos en una ocasión para un despliegue de desprecio, engaño y hostilidad entre unos segmentos sociales y otros. Si es así como los políticos entienden la democracia, es obvio que su contribución a un proyecto proustiano sería negativa: la recuperación del tiempo pasado se convertiría en un catálogo de rencores.

En segundo lugar lugar, conviene reforzar la convivencia en círculos de sociabilidad relativamente restringidos, como son, por ejemplo, la familia y la sociedad civil; las cuales, en las condiciones adecuadas, pueden ofrecer una oportunidad crucial, probablemente la más importante a largo plazo, para convertir la experiencia de la conversación en costumbre, y acumular así recursos de sensatez, decencia cívica y autoconfianza. Ahora bien, lo contrario es también posible: que se desarrolle una sociedad clientelista o que las asociaciones pongan su voz al servicio de su identidad o su interés particular entendidos sin apenas referencia a alguna forma de bien común. Y, finalmente, quedaría el recurso a una buena educación. Pero, teniendo en cuenta que la mera ampliación de la experiencia educativa del momento (más años de escolarización, más deberes en casa, más aprender a aprender…), no es suficiente. Porque la educación de los tiempos actuales no es demasiado propicia a la creación de aquel clima de civilidad, o lo es solo a medias, y suele transmitir una información descontextualizada, parcial e interpretada con apresuramiento. En cambio, de una educación que fomente calibrar y fundamentar los argumentos, el juicio graduado y matizado de las cosas, clave para la prudencia política, y, como de paso, para la capacidad de escuchar, suele haber poco. Lo cual, para llamar las cosas por su nombre, como aconsejaba el maestro Confucio, refleja la calidad de la propia educación de las elites, que a su vez refleja el sesgo belicoso incorporado al funcionamiento de muchas de sus instituciones.

Todo ello apunta quizá a una tarea demasiado ardua. Pero, al menos, de todo ello hay buenos ejemplos, y buenos recuerdos. Que son testimonios de la posibilidad de realizar los proyectos proustianos, y los sueños.

Y finalmente: de te fabula narratur. Lo que digo de Europa, ¿podríamos decirlo de España?

Víctor Pérez-Díaz es presidente de Analistas Socio-Políticos. Este artículo ha sido elaborado en el marco de una serie de Estudios sobre Europa patrocinados por Funcas.

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