Un punto de inflexión

Por Luis del Pino (EL MUNDO, 06/09/06):

LO QUE ‘HABIA QUE HACER’. Pocas horas después de que 10 bombas segaran la vida de 192 personas y dejaran un reguero de 1.700 heridos, la gran campaña de intoxicación se puso en marcha. Había que alejar de los trenes la mirada de los españoles; había que evitar que se preguntaran qué es lo que realmente había pasado; había que impedir a toda costa que la opinión pública pudiera detenerse a reflexionar de manera serena. El frenético ritmo de aparición de pruebas falsas entre el 11 y el 14 de marzo no fue inocente: era necesario sacar a escena el siguiente elemento -furgoneta, mochila, detenciones, vídeo reivindicativo- antes de que se hubiera llegado a asimilar el anterior, para fueran aceptados de manera acrítica por una opinión pública en estado de shock.

En lugar de analizar el estado de los trenes, nos hicieron fijar la mirada en una cinta coránica encontrada en Alcalá. En lugar de hablar sobre qué explosivo se utilizó en las bombas, nos hicieron debatir sobre la dinamita encontrada en una comisaría de Vallecas. En lugar de meditar sobre por qué se eligió ese jueves 11 y por qué se atentó en los trenes del Corredor del Henares, nos obligaron a hablar sobre Irak, sobre Bin Laden y sobre unos islamistas que nadie podía definir.

A partir de ahí, nos construyeron una versión oficial en la que cabía absolutamente de todo: islamistas con espoleta de suicidio retardado, dinamita marcada y sin marcar, confidentes esquizofrénicos, agentes marroquíes que juegan al dominó, traficantes de droga que roban ropa para venderla en el top manta, policías incompetentes o corruptos, macarras de discoteca, guardias civiles metrosexuales, miembros del CNI pluriempleados como imames de mezquita, e incluso chilenos que roban coches a franceses para vendérselos a marroquíes. No ha faltado de nada en esa versión oficial, excepto una cosa: los propios trenes de la muerte, que fueron cuidadosamente eliminados de la escena desde la misma mañana de los atentados.

¿Se da usted cuenta de que, en estos dos años y medio, se ha hablado de todo, menos de lo que realmente sucedió en los trenes? ¿Se da cuenta de que han tenido que pasar dos años y medio para que nos diéramos cuenta de que nos estaban ocultando los análisis químicos de los únicos explosivos que realmente importan, que son los que se utilizaron en los trenes? ¿Se da cuenta de que el actual Gobierno sigue negándose a exhibir esos informes de análisis?

Medios independientes

Han tenido que ser de nuevo los medios independientes, y en especial EL MUNDO, los que hicieran esa labor de reflexión que a la opinión pública se le negaba. Han tenido que ser esos medios los que demostraran, a lo largo de este tiempo, que en la furgoneta de Alcalá no había ningún resto de explosivo en la mañana del 11-M; que la mochila de Vallecas jamás estuvo en los trenes de la muerte; que el coche Skoda Fabia fue depositado en Alcalá después del 11-M por los propios servicios del Estado. Han tenido que ser esos medios, en definitiva, los que demostraran la falsedad de todas y cada una de las supuestas «pruebas» con las que se construyó una versión oficial cuyo actual olor nos muestra que está ya putrefacta.

Sin embargo, lo que al final prevalece no es la verdad, sino lo que se perciba como verdad por parte de la opinión pública. Una opinión pública cada vez más consciente, con cada sucesiva revelación, de que la versión oficial hacía aguas, pero todavía renuente a aceptar la evidencia de que nos habían mentido prácticamente en todo.

Desde este punto de vista, la importantísima exclusiva de Fernando Múgica, con la entrevista al principal implicado en la trama, Suárez Trashorras, representa un auténtico punto de inflexión. Porque esa entrevista tiene el valor del testimonio de primera mano. Por mucho que nos empeñemos, afirmaciones como la de que «estamos ante un golpe de Estado encubierto tras una trama islamista» no tienen el mismo efecto de cara a la opinión pública, si quien realiza esa afirmación es un periodista, que si la realiza alguien que está implicado de manera directa en los hechos.

Fernando Múgica se ha erigido, con esta entrevista, en notario de las primeras palabras (verdaderas o falsas) que dirige a los españoles la persona a quien se acusa de ser el responsable de suministrar el explosivo que acabó con la vida de 192 españoles; la persona para la que se pide la condena más alta (3.000 años de cárcel) por su presunta participación en la masacre.

Esta entrevista nos ha permitido conocer la visión de los hechos que nos quiere dar en este momento ese ex minero asturiano sin el cual (según la versión oficial) el atentado no habría podido producirse.

La versión oficial nos cuenta, con relativa exactitud, el supuesto papel de Suárez Trashorras en los atentados. Este ex minero esquizofrénico se dedicaba a traficar con todo aquello que le reportara un beneficio: droga, coches robados, dinamita… En el último trimestre del año 2003 trabó contacto con el grupo de Jamal Ahmidan, un traficante de droga transformado en islamista radical que se terminaría suicidando en Leganés.

El marroquí Jamal Ahmidan le pidió a Suárez Trashorras que le suministrara una importante cantidad de dinamita, cosa que Trashorras empezó a hacer a pequeña escala en enero de 2004, utilizando como correos a varios jóvenes delincuentes asturianos, que transportaban pequeños cargamentos de Goma 2 hasta Madrid en autobús.

Sin embargo, a finales de febrero de 2004, Jamal Ahmidan le dice a Trashorras que hay que acelerar el transporte. Para ello, el marroquí se desplaza a Asturias con dos de sus hombres el fin de semana del 28 de febrero y Trashorras le facilita el robo de unos 200 kilos de explosivos de Mina Conchita. Jamal Ahmidan se llevó aquella dinamita a su finca de Morata de Tajuña y con ella preparó las bombas que sembrarían de horror los trenes madrileños.

¿Qué hay de cierto en esa versión oficial? Algunas cosas, pero las mentiras y las medias verdades superan con creces a los hechos contrastados. Es cierto que Suárez Trashorras traficaba con todo tipo de cosas, incluida la dinamita, pero no es menos cierto que lo hacía contando con una importante protección policial, puesto que él y su cuñado trabajaban como confidentes para los servicios del Estado. Trashorras estaba estrechamente controlado por un comisario de Avilés (Manolón), con quien hablaba por teléfono y en persona con una frecuencia extraordinaria.

Manolón es quien consigue a la mujer de Trashorras un trabajo como guardia de seguridad. Los datos del sumario muestran que Trashorras y su controlador hablaron de manera intensa en fechas clave anteriores a los atentados. Varios de los contactos telefónicos entre Trashorras y Manolón se producen inmediatamente antes o, inmediatamente después, de que Trashorras y Jamal Ahmidan sostuvieran, a su vez, conversaciones telefónicas. Por tanto, hiciera lo que hiciera Suárez Trashorras no pudo hacerlo sin conocimiento de su controlador. Y probablemente lo hiciera por su encargo.

A esto hay que unirle otro hecho fehaciente: uno de los mineros imputados por formar parte de la trama asturiana (Javier González, El Dinamita) ya fue condenado en 1979 por suministrar 400 kilos de explosivo a Terra Lliure a través de un intermediario de ETA. Todo apunta a que esa trama asturiana era un tinglado montado por los propios servicios del Estado para suministrar dinamita marcada a grupos terroristas.

Está comprobado que hubo, efectivamente, varios transportes entre Asturias y Madrid en enero y febrero de 2004, unos en autobús y otros en coche. Y son varias las evidencias que apuntan a que en esos viajes se transportó dinamita. Aparecieron, por ejemplo, restos de un componente de la Goma 2 ECO en uno de los coches. Sin embargo, esa dinamita no se utilizó para volar los trenes. Es posible que la dinamita se empleara en el piso de Leganés, en el falso atentado contra el AVE a principios de abril de 2004 e incluso en la falsa mochila de Vallecas, pero todo ello forma parte de las cortinas de humo. Trashorras sería responsable de tráfico de explosivos, pero no de la muerte de 192 personas.

Cortina de humo

Pero entonces, si la dinamita de Asturias no se utilizó para volar los trenes, ¿a quién iba destinada? Éste es uno de los interrogantes para los que aún no tenemos respuesta. Lo que está claro es que Jamal Ahmidan era un delincuente común que nada tenía que ver con el islamismo radical. Puede que actuara de transportista, pero el destinatario final de los explosivos no era él. ¿Para quién trabajaba? ¿Fue ese transporte de finales de febrero de 2004 algo más que una cortina de humo cuidadosamente dispuesta antes de los atentados?

Las declaraciones de Suárez Trashorras en la entrevista concedida a Fernando Múgica están hechas desde la óptica de alguien que intenta defenderse del horizonte judicial que se le echa encima. En ese sentido, trata de mantener su inocencia por el procedimiento de negar varios de los hechos, e incurre en el camino en numerosas contradicciones. Sin embargo, sus declaraciones nos desvelan claves importantes a la hora de entender cómo se construyó la cortina de humo asturiana.

Trashorras parte del convencimiento -falso- de que fue su dinamita la que se usó para volar los trenes, y trata de convencernos, para librarse de responsabilidad, de que él no suministró dinamita alguna. Pero las declaraciones y pruebas periciales que obran en el sumario demuestran que sí suministró esa dinamita. Y, de hecho, Trashorras se contradice de manera escandalosa al afirmar, por un lado, que no suministró explosivos a Jamal Ahmidan y al sostener, por otro, que el mismo día 12 de marzo ya sospechaba que Jamal Ahmidan pudiera estar detrás de los atentados del 11-M. Si lo único que suministraba a ese marroquí era droga, ¿qué le llevó a suponer que fuera un terrorista?

Trashorras señala -con razón- que varias de las evidencias que existen contra él son cuestionables. Así, por ejemplo, existen contradicciones en las declaraciones de El Gitanillo (uno de los correos usados para transportar la dinamita en autobús). Sin embargo, se olvida de mencionar que otras declaraciones y análisis periciales confirman que sí hubo un suministro de explosivos.

Trashorras se defiende también argumentando que él trabajaba para la Policía y que todo se hizo bajo control de los servicios del Estado, y en esto tiene toda la razón. Si fuera verdad que la dinamita suministrada por Trashorras se hubiera utilizado en los trenes, entonces estaríamos inevitablemente ante un golpe de Estado, puesto que la entrega de esa dinamita probablemente marcada fue realizada bajo estricto control de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

La sensación general que se tiene al leer las declaraciones de Trashorras es que este ex minero busca desesperadamente que le aclaren de qué va toda la película. Durante los dos años largos que ha pasado en prisión, ha visto cómo lo que inicialmente era una colaboración con la Policía se transformaba en una imputación por colaboración con banda armada. Imputación probablemente pactada al principio con la propia Policía, pero que ha ido agravándose a medida que las nuevas revelaciones obligaban a apuntalar la versión oficial con datos cada vez más precisos. Y el único que queda a los pies de los caballos es él, ya que su cuñado Antonio Toro y Manolón se van de rositas.

Trashorras no se atreve a desacreditar definitivamente la versión oficial (sigue insistiendo, por ejemplo, en el supuesto islamismo de Jamal Ahmidan). ¿Pesa acaso sobre él la figura de su esposa, Carmen Toro, a quien también se le ha permitido irse de rositas y cuya situación procesal podría cambiar si Trashorras se lanza a tumba abierta? Es posible. Pero lo que sí hace Trashorras es lanzar un toque de atención, por si alguien ha pensado seriamente en que cargue él solo con todas las culpas.

Nos confirma cosas que ya conocíamos por revelaciones periodísticas anteriores, como las presuntas relaciones de Jamal Ahmidan con ETA. Nos dice cómo la Policía filtró sus primeras declaraciones para que desapareciera toda referencia a los etarras. Nos cuenta también cómo la Policía y el CNI intentaron utilizarle para incriminar a otros presuntos implicados, a los que ni siquiera conocía. Finalmente, Trashorras trata de establecer, con ayuda de su abogado, varias líneas de defensa, por si su esquizofrenia no llegara a resultarle eximente. Lo que Trashorras nos viene a decir es: «Yo no suministré la dinamita y, si la suministré, lo hice por encargo de mi controlador».

Lo cierto es que las cosas se están torciendo para Trashorras. A estas alturas, con una versión oficial cada vez más cuestionada, la jugada de dejar libre al ex minero por falta de pruebas o por la esquizofrenia, ya no sería aceptada por una opinión pública ni por unas víctimas que no están dispuestas a tragar con que los únicos responsables sean los muertos de Leganés. Así que Trashorras se enfrenta a una larga condena en prisión por suministrar un explosivo que no fue utilizado para la masacre, pero que nos han hecho creer que lo fue.

El ex minero asturiano está pidiendo a gritos un pacto. Y para ello cuenta una parte de lo que sabe. Sin embargo, a estas alturas, es posible que quienes le convencieron de avalar inicialmente la versión oficial no estén ya en condiciones de ofrecerle un pacto, ni de cumplirlo.

El papel del Ejecutivo

La posición del Gobierno no es menos comprometida. Las declaraciones de Trashorras colocan la versión oficial en un punto prácticamente insostenible de cara a la opinión pública. Si es verdad que la dinamita de Trashorras se utilizó para volar los trenes, ¿cómo explicar el hecho de que Trashorras trabajara codo con codo con la Policía? ¿Cómo explicar el hecho de que la trama asturiana hubiera sido utilizada en el pasado para suministrar explosivos a otros grupos terroristas? ¿Cómo explicar que la caravana de Asturias a Madrid no fuera detenida por la Guardia Civil, a pesar de ser interceptada? Y si en los trenes no estalló la dinamita de Trashorras, ¿dónde queda la versión oficial?

Si se presta credibilidad a la autoinculpación inicial de Trashorras, ¿por qué se eliminaron de esas declaraciones iniciales las referencias a ETA? Y si Trashorras mentía en cuanto a esos contactos con ETA, ¿por qué no hemos de pensar que también mentía en otros aspectos, por encargo de unas fuerzas policiales que parece que no han tenido ningún reparo en fabricar pruebas falsas?

Las contradicciones de Trashorras, las contradicciones de otros implicados, la demostración de que la Policía colocó pruebas falsas… apuntan en una dirección que está exigiendo de manera perentoria que el Gobierno salga a la palestra: casi todo lo que se nos ha contado sobre el 11-M es mentira, y ya va siendo hora de que alguien nos dé una visión creíble y coherente de los atentados. Ya va siendo hora de que alguien nos aclare, por ejemplo, qué fue lo que estalló en los trenes. De que alguien nos aclare cuál fue el papel de ETA y qué relación tiene ese papel con el proceso de negociación. De que alguien nos aclare por qué casi todos los implicados en el 11-M eran confidentes o estaban controlados por nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

El Gobierno puede seguir escudándose en el silencio. Pero esa postura va a ser cada vez más insostenible ante una opinión pública que empieza a percibir como posible la hipótesis del golpe de Estado. Además, ese escudo de silencio resulta, de todas formas, inútil. Primero, porque Trashorras ha sido el primero en hablar, pero no será el último. Y segundo, porque los medios de comunicación independientes seguiremos arrojando luz allí donde el Gobierno quiera ocultar la verdad.

Durante más de dos años han conseguido que no miráramos a los trenes, pero la función de teatro ya se ha terminado. Y los españoles están volviendo la vista hacia esos amasijos de metal retorcido. Que es justo lo que no querían que hiciéramos. ¿Terminará también Trashorras mirando hacia los trenes?