Un réquiem europeo

En sórdido contrapunto, los argumentos relativos a la necesidad de no someterse a la política que representa la señora Merkel serían pronto adobados con la tesis de que es necesario resistir a los boches. Pues si el repudio del otro tiene a veces matriz en el sentimiento de la propia superioridad en la jerarquía de valores dominantes, también viene generado por el resentimiento, alimentándose tanto de las victorias como de las derrotas, y hasta de una mezcla de ambas, en una síntesis letal de superioridad fingida y rencor auténtico.

Muchos de los que denunciaban que tras los acuerdos políticos comunitarios se escondieran los intereses de la economía de mercado, reconocían sin embargo que, entre mil contradicciones, se estaba forjando un espacio en el que la diferencia, liberada de la connotación de jerarquía, posibilitaba la emergencia de una auténtica comunidad entre pueblos. Reconocerse en la alteridad mediterránea dejaría quizás en Alemania de ser algo exclusivo de sus intelectuales. Y siendo la recíproca cierta, tratados como el de Schengen que posibilitaban tal cosa eran, pese a todo, una promesa de libertad.

Cuando para los españoles o los griegos Alemania vuelve a ser presentada como una comunidad rica y extranjera, objeto de nuevo exilio al precio imprescindible de aprender su lengua, no es ocioso recordar que cabe amar la lengua de Rilke, Einstein o Kant más allá de que sea un vehículo para alcanzar un ganapán en Alemania. Y junto a la lengua cabe amar una cultura hasta tal punto universal que una meditación sobre el destino humano como el Réquiem alemán de Brahms puede con justicia ser considerado ese “Réquiem humano” que el compositor tenía en mente, y al que se refiere en una de sus cartas. Por desgracia un réquiem diferente se escucha hoy en todo el continente.

“Se trata de saber si el hombre será o no un esclavo en la comunidad, si será o no reducido al estado de eslabón de un engranaje”, se preguntaba el general de Gaulle en el evocado discurso de Ludwisburg. La respuesta es hoy bien sabida. Cuando un desembocado torrente financiero pisotea derechos elementales y amedrenta a los Estados que osan garantizarlos, cuando Schengen es decapacitado en lo esencial, cuando severos columnistas sostienen como evidencia trivial que la amenaza para Francia es caer en el bloque del sur, y cuando la gestión del resentimiento o el desprecio engrasa las contiendas electorales, cabe efectivamente decir que un engranaje, generado por el ser humano pero ciego a los intereses de la humanidad, encadena al hombre. La Europa del espíritu ilustrado muere entonces por inanición y el perseverante rumor de la Europa de los templos financieros es una suerte de música fúnebre.

Víctor Gómez Pin es catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona e investigador en la Universidad de París VII.

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