Un Rey constitucional

El discurso es un género autónomo: no es tan breve y recio como una orden o la lectura de un comunicado, ni permite un desarrollo argumental acabado como una conferencia. El discurso es una pieza oratoria en la que se marcan unas líneas o áreas de interés a fin de que se conozca, aunque sólo sea aproximadamente, la hoja de ruta sugerida por el orador. Sólo requiere el enunciado de los asuntos, su breve explicación y una relación plausible de unos con otros, de manera que el conjunto sea una pieza coherente y no un mero puñado de ocurrencias.

Durante el proceso constituyente, algún borrador incluía la facultad del monarca de dirigir mensajes, que desapareció ulteriormente, pese a lo cual se han pronunciado discursos regios en la Pascua Militar, en la apertura del Año Judicial y de las legislaturas, en Navidad y en otras ocasiones. El discurso de Don Juan Carlos con ocasión de su proclamación fue, a partes iguales, esperanzador y circunstanciado. Ayer Felipe VI no tuvo que sortear tantos obstáculos para hacerse entender, aunque, eso sí, fue distinto del que hubiera pronunciado hace seis años. Por una u otra vía, las circunstancias siempre pesan.

Una gran parte del contenido del discurso inaugural de un reinado está integrada por cláusulas de estilo de inclusión obligada. Ahora se han vuelto a hacer presentes algunas de ellas, como la referencia al padre y maestro y a su legado político; al Conde de Barcelona, al que se considera el eslabón que une la Familia Real con la dinastía histórica; e incluso a sus dos hijas, Leonor y Cristina. Por muchas dificultades internas que la Familia Real haya vivido hasta ahora, así como las que puedan sobrevenir, el discurso inaugural del Rey es el momento de exhibir la Corona como factor de unidad de la dinastía. Los medios de comunicación le aplicarán el bisturí del análisis para atisbar las líneas de su reinado. No líneas decisorias, que son propias de los poderes públicos responsables, sino aquellos asuntos en los que el Rey pondrá especial interés al ejercer sus funciones simbólica, moderadora y arbitral.

Se presenta Don Felipe, de una parte, como Rey constitucional, respetuoso de la norma suprema y queriendo enunciar su cometido al modo británico: escuchar, advertir, aconsejar y atender a los intereses generales; y, de otra, como servidor comprometido con los valores democráticos: libertad, responsabilidad, solidaridad, tolerancia, aperturismo y compromiso, así como políticamente neutral, con respeto de la separación de poderes y de la independencia del Poder Judicial.

Entre los problemas internos, resulta lógico que haya seleccionado el social y económico, con protagonismo total a cargo de la ya muy dilatada crisis sistémica, y a sus mayores afectados, que son las personas sin trabajo. En este punto deben prevalecer deberes de solidaridad.

España es una gran nación, dijo Don Felipe, en la que cabemos todos. La Historia lo avala en forma de convivencia de lenguas, culturas y tradiciones. Cabemos todos y todas las formas de sentirse español. El Rey hizo una llamada a lo que nos une por más que las diferencias sean normales y también haya que defenderlas en lo que no tengan de discriminatorio. En síntesis, unidad en la diversidad sin que se rompan los puentes del entendimiento.

No podía faltar la referencia a la mayor queja política de la ciudadanía: la perentoria necesidad de un saneamiento y una regeneración democrática. No se trata de desplazar nuestra responsabilidad a los políticos profesionales y a las instituciones, sino de innovar y regenerar desde dentro, sin aventuras y buscando siempre prudentemente el punto medio. Esta regeneración democrática pasa por el incremento de los derechos y libertades y por la revitalización de las instituciones, por el fortalecimiento de la cultura democrática y por la confianza en las instituciones.

La proyección de España en la esfera exterior hay dos puntos inesquivables: la Unión Europea e Iberoamérica. Fue más breve de lo esperado pero añadió una referencia al Mediterráneo, a Oriente Medio y a los países árabes.

Respeto, sin nostalgia, de nuestra Historia y mirada abierta al futuro con «una monarquía renovada para un tiempo nuevo», para un siglo diferente y transformador, que, de un lado, provoca incertidumbres y temor, pero, de otro, tantas oportunidades de progreso brinda. Debemos cambiar de mentalidad y situarnos en el siglo XXI, siglo del medio ambiente, de los valores éticos, de la mujer, de la paz y de la colaboración internacional.

Felipe VI definió el acto como de trascendencia histórica y de normalidad constitucional. De hecho, su trascendencia es menor que la de la proclamación de su padre, y su normalidad constitucional sufre la merma de la actitud respetuosa pero pasiva de los presidentes vasco y catalán.

No estuvo presente Don Juan Carlos. Según la versión oficial, no quería restar protagonismo al Rey. Yo creo entrever que no ha sido ajena a esta decisión el hecho de que en la suya tampoco estuvo el Conde de Barcelona: si a éste le fue vetada entonces su presencia, ahora el Rey cesante desiste voluntariamente. Con lo cual se sienta un precedente que acaso se convierta en práctica constitucional.

Antonio Torres del Moral es catedrático de Derecho Constitucional.

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