Un Robespierre en el Caribe

Por Fred Halliday, profesor visitante del Cidob (Barcelona) y de la London School of Economics. Traducción: Libertad Aguilera Ballester (LA VANGUARDIA, 13/09/06):

El anuncio de una grave enfermedad intestinal de Fidel Castro y la ocasión del 80. º cumpleaños del dirigente cubano el 13 de agosto me recuerdan una velada que pasé en La Habana hace unos cuantos años, cuando impartía clases en el Instituto de Relaciones Internacionales (IRI), ligada al Ministerio de Asuntos Exteriores cubano. Tras dar una conferencia a diplomáticos y especialistas políticos en relaciones internacionales, cené con el personal de alto rango con el que trabajaba: testigos de cuatro décadas de agitación revolucionaria y drama internacional, familiarizados con los dirigentes y el funcionamiento interno del estado cubano, bien leídos y muy viajados, comprometidos con los amplios objetivos de la revolución cubana, pero escépticos con mucho de lo que se ha hecho pasar por escritos marxistas o radicales en Occidente.

Pese a que conozco Cuba me sorprendió que al derivar el debate hacia lo que ocurriría tras la muerte del Comandante,los comensales expresaran un considerable respeto por la figura del general Francisco Franco. El motivo de su admiración no era un anhelo por el fascismo, el autoritarismo de la extrema derecha o la supremacía de la Iglesia católica en la vida nacional, sino que estaba basado en la creencia de que Franco, tras su muerte, había preparado los cimientos de una transición democrática. La famosa y enigmática cita de Franco, “todo queda atado y bien atado”, era para mis colegas cubanos un indicio de que, mediante la apertura de España al capitalismo europeo, y la instalación de Juan Carlos como la figura que supervisara la transición, había previsto y dispuesto la transición española a la democracia que siguió a su muerte en noviembre de 1975.

Por supuesto, en realidad no hablaban de Franco, sino de Fidel Castro. Todos lo conocían, lo admiraban y simpatizaban con su defensa de los objetivos radicales y nacionalistas cubanos. Pero les preocupaba ver cómo se había retirado de forma creciente y se había rodeado de jóvenes acólitos de la Juventud Comunista que le decían lo que quería oír: que Cuba era el país más admirable del mundo, que el movimiento antiglobalización ganaba adeptos, que el imperialismo estaba en crisis. Mientras que algunos de los dirigentes y pensadores revolucionarios se habían marchado poco después de la revolución (como el líder de la guerrilla Huber Matos, el escritor Carlos Franqui), los próximos al dirigente que podían decirle la verdad habían muerto; Carlos Rafael Rodríguez, el más hábil de los dirigentes del partido comunista, Osvaldo Dorticós, el tanto tiempo presidente, y no menos importante, Celia Sánchez Manduley, que había muerto recientemente de cáncer, y junto a cuya tumba Castro se había mostrado desinhibidamente afectado. El advenimiento de una nueva generación de admiradores y aduladores sudamericanos, con Hugo Chávez a la cabeza, había hecho poco por imbuir de un tardío realismo la visión mundial del líder.

Esta introversión y entropía prolongada de la revolución cubana en los años noventa no es, sin embargo, una ruptura repentina con una fase anterior, utópica, sino que señala, más bien, problemas en la historia de la revolución misma, problemas que los observadores simpatizantes pero astutos señalaron a principios de los sesenta pero que los defensores del Estado cubano raudos en suspender el criterio o de ver la realidad de la vida en la isla tal y como es y ha sido siempre intentan evitar. El primero es la personalidad del líder mismo, un hombre de visión, valor, honestidad y carisma, pero también un demagogo, un hombre contradictorio, intermitentemente vengativo y cruel, con una autoindulgencia verbal grotesca, intolerante y que muestra animadversión por los intelectuales y los homosexuales y una ineptitud administrativa evidente.

Hace mucho que los cubanos saben que en Cuba la solución es también el problema, y que está en lo más alto. Lo que apreciaron los fascinados visitantes Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en 1960, “la unidad dialéctica entre Fidel y las masas”, un fluir enloquecido de declaraciones, cambios de sentido, intervenciones arbitrarias y similares, pronto se convirtió en una mezcla de ineficiencia, arbitrariedad y capricho. Un director estadounidense que realizó un documental de Fidel en su cuadragésimo cumpleaños, en 1966, recogió un incidente en el que el líder cubano visita una fábrica, y un hombre – el gerente de la fábrica resultó después- se le acerca para que le resuelva un problema. El líder escucha atentamente y le promete actuar. El mismo director filmó a Fidel veinte años después, en su sexagésimo cumpleaños. De nuevo, Fidel visita una fábrica y un hombre, el gerente, se le acerca con una petición urgente: es la misma fábrica, y el mismo hombre.

Estos fracasos personales de Castro, de los que la historia, lejos de absolverle, parafraseando su famosa frase del juicio de 1953, sólo ha agravado, se han exacerbado con las decisiones de él y sus socios sobre la administración de la economía cubana. Cuba ha mostrado un avance extraordinario en servicios sociales: salud, educación, reducción de la pobreza. Pero sus logros macroeconómicos totales son un desastre, resultado no sólo del bloqueo estadounidense, como los amigos y apologistas del régimen aseguran, sino también de una serie de políticas nefastas que van desde los experimentos utópicos con la contabilidad no monetaria (fantasía del Che Guevara), y el trabajo voluntario,un precursor de la ineficiente movilización forzada, hasta la reimposición de los controles del Estado y el desmembramiento de los pequeños mercados y de los granjeros en la mal concebida campaña de rectificación de los ochenta. El último cambio catastrófico llegó en el 2003, cuando el régimen redujo drásticamente la circulación de dólares en la economía y se opuso a los inversores extranjeros con un nuevo grupo de controles. Hoy, incluso tras la recuperación del periodo especial, la renta per cápita se estima en 3.000 dólares al año. Los pensionistas reciben 7 dólares mensuales, y con frecuencia sólo pueden permitirse la carne dos veces al mes.

Todo esto no sólo es resultado del crecimiento de una dictadura tras las revoluciones o de la presión imperialista externa. También brota de Castro mismo. Pareciera que su héroe fuese el cabecilla jacobino Robespierre, cuya biografía se publicó hace algunos años en Cuba: austero, cruel, veleidoso en ocasiones, y víctima de la misma revolución que pretendía comandar. Rasgos evidentes sobre todo en la ineptitud del líder cubano para seguir el modelo que la propia Cuba dice admirar: China. Los dirigentes chinos, desde 1978, entendieron que su gente quería hacer dinero y vivir mejor. Castro ha realizado algunos cambios en esta dirección y ha recibido el apoyo financiero de Chávez para aliviar la carga de los cubanos. Pero, a diferencia de los chinos, sigue preso de una hostilidad moral hacia la riqueza y mejora materiales y apela a una mayor pureza moral y a la purga de la sociedad cubana y de los valores consumistas y corruptos. Dice seguir la tradición del líder nacionalista del siglo XIX José Martí, aunque ignora la visión de Martí de que un país de pequeños propietarios es un país rico.

De ahí el chiste cubano de hace unos cuantos años. Castro está metido en una jaula con Bill Clinton, Boris Yeltsin y un león hambriento. Tanto Clinton como Yeltsin intentan lidiar con el león de manera épica, pero se retiran gravemente magullados. Fidel les dice entonces que se lo dejen a él. Se acerca al león y le susurra algo al oído: el león se detiene un instante, pone ceño, y se tumba, muerto. Bill y Boris, llenos de admiración, le preguntan al Comandante qué le ha dicho al león. Fidel responde: “Bueno, lo que siempre digo: socialismo o muerte”. La prueba, como este chiste sugiere, es que la mayoría de los cubanos, aunque muestran respeto por la figura de Castro y están orgullosos de su independencia nacional, están hartos del sistema político, social y económico que tienen, y quieren un cambio, cuanto antes mejor. Se extiende la preocupación en la isla por si a la muerte de Castro seguirán brotes de violencia, entre las distintas fracciones de la isla misma, y entre los exiliados que regresen de Miami y las fuerzas de Estado cubano. Idealmente, se producirá una transición pacífica hacia la democracia en que la independencia de la isla y las ganancias sociales de la revolución se mantengan. Pero esto, como en la Alemania del Este y en la Europa del Este de los noventa, podría ser una ilusión. Si las cosas van mal y se salen de madre, parte de la culpa debe recaer sobre los venenosos y mal informados políticos exiliados en Miami y Nueva Jersey, y sobre la complicidad de los distintos presidentes estadounidenses con dicha comunidad, pero parte será de Castro y de aquellos a su alrededor que tanto tiempo contuvieron el cambio político en la isla, que a tantos enviaron al exilio, y que malversaron la economía. Mucho de lo que no funciona en Cuba no es resultado de las maldades imperialistas, sino de un dogmatismo posrevolucionario, de la estupidez y la arrogancia. En cuanto a Franco, la cuestión de sus intenciones, en cualquier caso marginal a la discusión en Cubahoy, puede que jamás se resuelva. La única persona que podría dar una respuesta fidedigna, Juan Carlos, hoy rey de España, probablemente no lo haga jamás. Pero hace unos cuantos años, tras dar una conferencia pública sobre Cuba para el Departamento de Historia de la Universidad de Barcelona, en la sala de conferencias del Museu d´Història de Catalunya en la Barceloneta, se me acercó un joven de unos veinte años que quería discutir este particular conmigo. Su padre, o eso me dijo, había sido el jefe de la estación de la CIA en Madrid en los últimos años del régimen de Franco, y había conocido bien al dictador. Franco, me aseguró, no tenía ningún deseo de ver la introducción de la democracia en España y quería decir, con la observación del “bien atado”, que el régimen autoritario que había fundado continuaría.Mis interlocutores cubanos estaban, por lo tanto, equivocados en su visión del dictador español, pero, si la historia del joven de Barcelona es cierta, podría contener un ápice de esperanza para los cubanos en los meses y años que sigan al momento en que su autoritario líder salga de escena.